Yo,
que bordeé en automóvil las orillas del Neretva,
que apuré en bicicleta las calles húmedas de Copenhague.
Yo que medí con mis brazos los boquetes de Sarajevo,
que atravesé, al volante, la frontera de Eslovenia
y sobrevolé en avioneta la ría de Betanzos.
Yo que partí en un ferry que arribaba a las costas de Irlanda,
y a la isla de Ometepe en el Lago Cocibolca;
yo que nunca olvidaré aquella tienda en Budapest,
ni los campos de algodón en la provincia de Tesalia,
ni una noche en un hotel a los 17 años en Niza.
Mi memoria va a mojar los pies a la playa de Jurmala en Letonia
y en la Sexta Avenida se siente como en casa.
Yo,
que pude morir una vez viajando en un taxi en Lima,
que atravesé el amarillo de los campos brillantes de Pakruojis
y crucé la misma calle que Margaret Mitchell en Atlanta.
Mis pasos pisaron las arenas rosadas de Elafonisi,
cruzaron una esquina en Brooklyn, el puente Carlos, Lavalle.
Yo que atravesé desierto para ir hasta Essaouira,
que me deslicé en tirolina desde las cumbres del Mombacho,
que no olvidaré la noche que dormí en plena calle en Amsterdam,
ni el Monasterio de Ostrog, ni las piedras de Meteora.
Yo que pronuncié un nombre en el medio de una plaza en Gante,
que surqué una vez el Bósforo vestida de promesas,
que nunca volví a ser la misma después de aquella tarde en Auschwitz.
Yo,
que conduje hacia el este hasta cerca de Podgorica,
que recorrí en motonieve el glaciar de Vatnajökull,
yo que nunca me sentí tan sola como en la rue de Sant Denis,
que jamás probaré uvas como las uvas de Corinto.
Yo, que un día recogí
manzanas del jardín de Tolstoi,
quiero volver a casa:
el escondite
que prefiero
de A Coruña

justo en ti.

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