Cuando el año pasado nos visitó Ricardo Menéndez Salmón, les desvelé mi receta para hacer presentaciones. Nada tengo que añadir hoy a lo dicho entonces, pues creo no haber omitido ningún paso ni olvidado ningún ingrediente, pero me gustaría contarles, por seguir compartiendo con ustedes los entresijos de esta tarea, que pocas cosas me motivan más al enfrentarme a la presentación de un autor que planteármela como un juego o que marcarme un reto, un acertijo o alguna pequeña broma como presupuesto de trabajo, retos, juegos, bromas o acertijos que unas veces mantienen su protagonismo hasta el final y otras se van quedando rezagados y acaban desapareciendo por el camino después de haber cumplido fielmente su misión, la de impulsar el proceso de escritura.       

Pero no siempre las cosas salen bien desde el principio. Así, por ejemplo, cuando comencé a darle vueltas a la presentación de Yolanda Castaño, al repasar su biografía y reparar en que trabaja como presentadora en la versión gallega del concurso televisivo Cifras y letras, se me ocurrió si no sería posible jugar, si no a las cifras, sí a las letras con las catorce de su nombre y apellido, confiando en que, como resultado de tan rudimentaria cábala, quizá saldrían a la luz palabras radiantes, diáfanas, capaces de alumbrar por sí solas la obra de la autora y de proporcionarme material para esta presentación.

Entusiasmado, me puse manos a la obra y, después de mordisquear un buen rato el extremo rojo de un lapicero, me encontré con que los términos que iban surgiendo -nombres comunes como tasca, colada o cañón o topónimos como Calanda o Toscana- nada aportaban a mis indagaciones, y que los pocos que podían tener algo que ver con la poesía de Yolanda Castaño, lo hacían en un sentido diametralmente opuesto al esperado, pues un adjetivo como casta está tan alejado del tratamiento que Yolanda hace del erotismo y la sexualidad en Vivimos en el ciclo de las Erofanías como el adverbio antaño lo está de una autora que, como poco por su búsqueda de nuevos soportes para la poesía, a la altura de esta era cibernética, debemos considerar más que moderna, posmoderna. Por ello fui tachando palabra por palabra y al final sólo me quedó el adjetivo loca, sobre el que aún vaciló unos instantes mi implacable lapicero mientras yo rastreaba a toda velocidad alguna ligazón sostenible entre poesía y locura, antes de trazar la equis fatal, definitiva.

Casi había renunciado a mi propósito, que desde la perspectiva del fracaso comenzaba a parecerme de lo más estúpido, cuando la cita no sé si bien o malintencionada de la poeta Estíbaliz Espinosa con la que se abre Libro de la egoísta, el penúltimo poemario de Yolanda Castaño, y que dice, «No en vano su nombre comienza por YO», me hizo darme cuenta de que la palabra que andaba buscando estaba delante de mis narices, en las dos primeras letras de Yolanda, yo, el pronombre personal de primera persona del singular, ya que en torno al yo gira buena parte o, al menos, la parte más reciente de su producción poética.

Sus dos últimos libros, el mencionado Libro de la egoísta y Profundidad de campo, ambos publicados por Visor, ambos en gallego y castellano, ambos con una imagen de la autora en la portada, son, a mi modo de ver, las dos caras de una misma moneda, pues los dos giran, sobre ejes diferentes, alrededor del yo. Así, Profundidad de campo, el más reciente, sería la cara, la dimensión exterior, lo que ven los demás, la mera apariencia, y Libro de la egoísta, la cruz, la dimensión interior, la identidad, lo que podríamos denominar el reverso tenebroso de no ser porque la reflexión poética en torno a la belleza que desarrolla Yolanda Castaño en ese anverso que es su último libro adquiere también por momentos el mismo matiz sórdido, oscuro, tenebroso.

  Libro de la egoísta trata, pues, sobre la identidad, y lo hace desde una perspectiva fragmentada que hace recordar el célebre drama em gente de Fernando Pessoa y que convierte el poemario en una especie de atlas de la geografía humana de Yolanda, entendiendo Yolanda como topónimo, en su acepción de país, patria o reino del yo plural de la poeta, un reino, un libro, en el que se enfrentan, al menos, la Yolanda que fue, la que es, la que aparenta ser, la que se empeña en ser, la bella, la fría, la calculadora, la que escribe en gallego o la que se traduce al castellano, y cuando hablo de enfrentamiento lo hago en sentido literal, pues a menudo los distintos yos se miran cara a cara, frente a frente, en el espejo –todo espejo es un abismo, advierte la poeta-, arrojándose preguntas que no son tan simples ni tan banales como la de la madrastra de Blancanieves, pero cuyas consecuencias son muchas veces igual de perversas y agresivas, con lo que las distintas partes del libro a ratos parecen asaltos de un mismo combate interior, asaltos en cada uno de los cuales la autora emplea un arma poética distinta, distintas voces, modos diversos y poco convencionales del decir poético como el aforismo, el teatro, el diario o la carta, y en los que va, según sus propias palabras, «recolectando esos minúsculos y dichosos pedacitos de espejo roto que soy» hasta componer una imagen que no es nítida ni uniforme, sino múltiple y quebrada, pero que logra reflejar en buena medida la compleja figura de la poeta.

Llegado este punto, de repente me pregunto si afirmar que la poesía de Yolanda Castaño gira en torno al yo y la belleza no la hará sospechosa de ser frívola y superficial. Por eso repaso lo dicho y creo que queda claro que esa indagación en torno a la identidad de la que he hablado resulta, más que frívola y superficial, grave y profunda, y que, en lo que respecta a la belleza física, aunque pueda parecerlo, su forma de abordarla no es fácil ni complaciente, más bien todo lo contrario, como apunta el siguiente fragmento de Libro de la egoísta, que anticipa en buena medida el “Núcleo central” de Profundidad de campo:

 “(La belleza es un cerrado círculo, un vicio oscuro, un remordimiento.           Como una impostura en cuya defensa se me va la vida.   La conciencia de la usura.             La necesidad de sentirme fraude.)”

Pensando de nuevo en Blancanieves y en poemas de Yolanda Castaño como “Cuentos de hadas”, creo que si Profundidad de campo fuese un cuento, no lo sería en una de esas versiones románticas y edulcoradas de Perrault o los hermanos Grimm, sino en una más popular, más tradicional, uno de esos cuentos crueles y desgarrados en los que no hay lugar para finales felices.

Así, en Profundidad de campo la belleza se presenta como un arma de doble filo, capaz de abrir muchas puertas -y la autora es consciente de ello en versos como ‒«he sido antipática y pretenciosa, / he sonreído por mi propio interés»– y que le permite también esquivar en buena medida la soledad, no en vano se pregunta, «¿si soy guapa tendré / menos posibilidades de estar sola?», pero lo cierto es que en el mismo poema, titulado “(Re)ser(vado)”, también se pregunta, «¿si me fuesen peor las cosas / me querríais acaso más?», y lo hace porque sabe que el que destaca se ve expuesto a sufrir la envidia, el rechazo, cuando no el odio más enconado de los que lo rodean, como se pone abiertamente de manifiesto en el poema “Historia de la transformación” cuando dice, «me escupieron en la cara todas mis propias virtudes en este club no se admite a chicas con los labios pintados de rojo», y cuando, un poco más adelante, enumera, «litros de ferralla alquitrán acecho a escondidas litros de control litros de difamadores kilos de suspicacias levantadas sólo con la tensión del arco de mis cejas deberían maniatarte adjudicarte una estampa gris y borrarte los trazos con ácido». Pero el peligro más hiriente que lleva aparejado la belleza es el de ser valorada sólo por la apariencia, y de ahí versos como «cuando dejo de ser flor, / molesto» o «cuando hablé sólo contemplaron mis labios», lo que la convierte, como repite varias veces en el poema “Freak of nature” en «una muñeca / que sólo quiere ser / una niña real», deseo que se pone también de manifiesto en el poema “Promesa”, cuando evoca la «promesa de poder ser yo / cuando mis pechos sucumban», un ser yo que la autora anhela, que nos devuelve en buena medida a la cuestión central de Libro de la egoísta, y cuyo contenido se atisba en numerosos poemas de Profundidad de campo, unas veces de forma explícita, otras leyendo entre líneas o entre versos, poemas que revelan que el ser en sí, la voluntad, el ser que desea ser a toda costa ese complejo fenómeno llamado Yolanda Castaño, más allá de la belleza, de su mentira y su corrupción, es ese ser cuyo atributo es la poeta, la cantante, la videoartista, la agitadora cultural, la Yolanda Castaño de carne y verso que nos visita esta noche y con la que, de una vez, sin más, les dejo.

JUAN RAMÓN SANTOS

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