Empecemos (por aclarar el chiste) diciendo que la Poesía postpoética actúa por experimentación; es, en esencia, un laboratorio. Mejor dicho, dado que es una actitud, aspira a ser un laboratorio. De la misma manera que, como decía Deleuze, la filosofía debe encargarse de construir conceptos, o de la misma manera que el ingeniero debe construir puentes, el político bienestar, el científico representaciones plausibles, el banquero superábit, el caminante mapas y el juguetero ingenuos monstruos, el postpoeta lo que debe construir son artefactos poéticos que fluyan desde y para la sociedad contempóranea. Lo que intentaremos desenmarañar en todo cuanto sigue es qué tipo de artefactos son éstos, y no cómo son; o, en otras palabras, dar un marco y un paisaje los suficientemente amplio e indetallado, pero despejado, del estado de las cosas, de las relaciones entre esa poesía que podemos denominar ortodoxa y el contexto social y cultural que la rodea y nos rodea, para poner de manifiesto determinados arcaísmos a los que, por voluntad propia, ésa se ve sometida. Y es que esa poesía que damos en llamar ortodoxa, y que ya aclaramos desde ahora que para nosotros constituye un porcentaje muy alto de lo publicado tanto en soporte papel como en soporte digital y lo expuesto en actuaciones en vivo o performáticas, hace mucho tiempo que dejó de ser un laboratorio, un lugar de continua investigación, para mutar en un museo de naturalezas muertas, cuando no en un decadente meublé. Pensamos que la conexión de la poesía con las otras artes (incluidas las ciencias) es condición indispensable para despertarla de su letargo, letargo tan prolongado que la reapertura de sus ojos no podrá darse sin pasar necesariamente por su renacimiento.

AGUSTÍN FERNÁNDEZ MALLO, Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma

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