EL CULTURAL, 2/09/2011

Ricardo SENABRE

Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) es uno de esos pocos nombres que garantizan a priori la calidad de un texto, como acreditan diversas obras anteriores del fuste de Campo de amapolas blancas o El espíritu áspero. Dotado de una sólida formación intelectual que vertebra sus historias y llega hasta los últimos detalles de su prosa, el autor va construyendo poco a poco una obra novelesca de exquisito refinamiento, en la que reflexión y relato aparecen imbricados en una composición que no permite fisuras. Conversación es un conjunto de cinco historias de diversa extensión, desde el cuento inicial, “Kalé heméra”, hasta la última pieza, “Reparación”, que alcanza las proporciones de una novela corta. En todos los casos, la “conversación” del título se traduce en un monólogo que un narrador dirige a un oyente -único o múltiple- tan mudo como el lector. El primer relato, atenido más que los otros a las fórmulas de la narración tradicional, es una breve y delicada historia evocada por un profesor -con algunos detalles tal vez autobiográficos- que recuerda sus comienzos docentes. Pese a la aparente simplicidad del cuento, la creación del personaje femenino es de una sorprendente profundidad. En “Corzo”, donde el narrador toma la palabra en nombre de un grupo, la historia es un tejido de modalidades temáticas y novelescas distintas de corte truculento con las que el autor parece haber querido experimentar: hay una herencia misteriosa, un bosque impenetrable y amenazador -tanto como la misma indescifrable esencia de la historia-, una vieja casa escondida donde se produjo un incendio mortal, un personaje de extraña identidad, una sorpresa final…

El autor, aficionado a recobrar en algunos relatos personajes de otros anteriores, pone el cuento “Aquiles y la tortuga” en boca de Saúl Olúas, supuesto escritor aficionado a los palíndromos -de los que su propio nombre es un ejemplo-, a quien antes se le habían atribuido novelas con títulos tan reveladores como Amad a la dama, La sed de sal o Sale el as, y que aquí encabeza el relato con una cita propia que es también otro palíndromo: “Acaso los siervos obréis solos acá”. Olúas cuenta a sus oyentes una larga historia -trufada también, sin duda, de experiencias personales- cuyo meollo, más que los percances que la componen, radica en una suma de reflexiones y sugerencias acerca de la vocación, así como de las bases culturales e ideológicas que pueden llevar a buen puerto cualquier empresa humana -como la industria textil– por muy material y crematística que parezca. Y hay otras asociaciones conexas muy del gusto del autor -y del personaje que narra-, como el misterioso poder del lenguaje y las inesperadas relaciones y significados que los encuentros fortuitos de elementos verbales pueden provocar. Más abstracto aún es el contenido de “Monólogo del enemigo”, donde el extraño e implacable enfrentamiento de dos sujetos durante años desemboca en una teoría sobre la amistad y el odio, sustentada en el análisis de las relaciones humanas como resultado de dos procesos, que el narrador denomina oral y moral, todo lo cual diluye en cierto modo el carácter narrativo de los sucesos narrados y produce una súbita torsión de la historia hacia el pensamiento, del relato hacia el ensayo.

Hay en estos monólogos continuos sin un solo punto y aparte -únicamente “Corzo”está dividido en dos capitulillos- un propósito de plantear ciertas dificultades narrativas, de bordear los límites del relato; una actitud que bien podría calificarse de experimental si despojamos el adjetivo de resonancias excesivas. Y donde esta actitud se manifiesta con mayor claridad es en la narración que cierra el volumen, titulada “Reparación”, una de esas piezas que, por la maestría de su construcción y por la multitud de motivos temáticos que sugiere o despliega, dan la medida de un escritor sobresaliente. Recluido en un sillón desde un tiempo indeterminado, un sujeto, que recuerda inevitablemente a algunos de Beckett, monologa frente a un oyente. Sus únicos recuerdos se refieren a la observación de un almacén cercano de imprecisa finalidad al que todos los días acudía un empleado que ocasionalmente recibía algunas visitas. Nunca sabremos nada de esos personajes, ni siquiera si existieron o son tan sólo creaciones de una mente desvariada que parece haber perdido todo vínculo con la realidad. Pero todas estas palabras que sostienen un vacío obligan a reflexionar acerca de la soledad, de la memoria, de la creación imaginativa y del poderío del relato para crear mundos autónomos, como ya había apuntado una de las directrices de la literatura unamuniana. He aquí unas muestras narrativas para lectores de verdad.

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