Una vez más hemos tenido que aguantar esa matraca de las listas de los mejores libros de 2010. Lo más sospechoso es que en esas listas no suele haber ninguna sorpresa. Desde Coetzee a Vargas Llosa, siempre es la crónica de una lista anunciada, libros que todo el mundo conoce y la misma y monótona martingala. En mi vida de lector, en cambio, sucede todo lo contrario: los libros que más huella me han dejado no aparecieron precedidos por clarines, fanfarria y redobles de tambor, pasaron casi inadvertidos al leerlos y, sólo a la vuelta de los años, me doy cuenta, por ejemplo, de que he olvidado por completo El lobo estepario, de Herman Hesse, pero aún recuerdo El gato y el ratón, de Günter Grass. No falla, es impepinable: siempre es en una tarde gris de noviembre cuando nos damos cuenta de cuál fue la noche más feliz del verano pasado, aquella que vivimos sin saberlo, aquella en la que parecía que nada extraordinario nos había ocurrido. Quizá deberíamos hacer ahora la lista de los mejores libros de 1982 o de 1990, pero de todas formas, ¿para qué?

En Macbeth por lo menos contaban con unas brujas y Banquo podía interrogarlas (en palabras traducidas por Astrana Marín): “Si podéis penetrar en los gérmenes del tiempo y predecir qué semilla cuajará y cuál no, habladme a mí, que ni solicito vuestros favores ni temo vuestro odio”. Nuestras tres brujas son ahora unos suplementos literarios que bailan en corro y hacen cabriolas en los kioscos. Lo que pasa es que dudo mucho que quienes colaboramos en ellos seamos tan desinteresados como Banquo. O amedrentados o postulantes, en general no tenemos otra que resignarnos a que la lista sea la que ya estaba dictada desde el principio, la que tenía que ser y quod erat demonstrandum.

Por lo demás esas listas son una forma (ni siquiera sutil) de disciplina social. Las hay de todo: las diez mejores vestidas, los cuarenta principales, los diez más ricos y hasta los diez culos más perfectos. Nos dicen qué ropa se lleva, cómo decorar nuestra casa, lo que debemos comer, qué series de televisión son las que ve la gente encantadora y, faltaría más, qué libros tenemos que leer si queremos ser “uno de los nuestros” y salir a la calle con la cabeza muy alta. Si no prestas atención y, en lugar de Pérez-Reverte, te pones a leer a Sven Hassel, pongamos por caso, es como si llevaras pantalones de campana y la camisa remetida por dentro del calzoncillo. El que lee a Blasco Ibáñez y no a Georges Perec parece que haya pedido langostinos y, de postre, tarta al whisky y una copa de anís Castellana.  Recitar a Espronceda en vez de a Gamoneda es como ir por ahí tarareando a Ismael y la Banda del Mirlitón. Así no vas a ninguna parte.

Por eso las listas de libros son en realidad cartas a los Reyes Magos. Les pedimos que nos concedan nuestro deseo: ser uno de esos tipos que salen en los anuncios, inocente y feliz, creativo y original, alguien a quien le siente bien la ropa, que coma ensaladas con brotes de alfalfa, que vaya en bici y dedique el tiempo libre a disfrutar con su familia y en contacto con la naturaleza (en un 4×4, no faltaba más). A cambio, prometemos lo que haga falta: dejaremos de fumar, beberemos vino a sorbitos, nos meteremos en redes sociales, usaremos un iPod, cenaremos sushi, leeremos El sueño del celta y, si necesario fuera, también a Piglia e incluso a Vila-Matas, prometido, pero hazme uno de los elegidos que van pisando fuerte, no me abandones como carne de cañón.

Tenemos tanta fe (o tanta sumisión) que creemos que, si leemos los diez mejores libros de cada año, si cumplimos lo que mandan las listas y la publicidad, lograremos por fin convertirnos en uno de esos tipos que salen en los dominicales y hasta pasaremos las vacaciones en hoteles con encanto. Damos un poco de lástima.

Al menos para mí, leer es como sembrar (a voleo, por supuesto). Un libro es una bomba de tiempo: no explota nada más leerlo, tiene un efecto retardado. Y misterioso también: ahora mismo no sé si el mejor libro de mis catorce años fue, como me gustaría, el inevitable y decoroso El guardián entre el centeno o, a mi pesar, el impresentable y lacrimógeno La vida sale al encuentro. Doy un poco de lástima.

Leer es plantar una semilla y afirma la conocida parábola del lector que hay libros que caen en las cunetas y son devorados por los pájaros (a mí me ocurrió con Unamuno o con Jorge Guillén); otros, en pedregales, y crecen sin raíz hasta que los abrasa el sol (sólo me quedan cenizas de Boris Vian); otros, entre abrojos, y las espinas acaban ahogándolos (así con Camus o Hemingway) ; y sólo algunos caen sobre la buena tierra lectora y, al cabo de mucho tiempo y trabajo, y tras otras lecturas, dan su fruto (Galdós, García Hortelano, Zola).

Ars longa, vita brevis: tarda tanto en dar flor y fruto la semilla de un libro que yo no sé si me dará tiempo a comprobar cuáles han sido mis mejores libros de 2010. “Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar”, decía Borges en un poema (Límites) que tuvo tiempo para escribir dos veces. De estas calles, “una habrá (no sé cuál) que he recorrido ya por última vez”. De los libros que he leído este año, uno habrá (no sé cuál) que quizá ya no podré darme cuenta de que me habría cambiado la vida.

Rafael Reig

(Publicado en ABCD Las artes y las letras)

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