Había perdido toda esperanza de ver a España otra vez campeona en una Eurocopa. Nos faltaba fe en nosotros mismos.

En noviembre de 2007 habíamos pasado la fase eliminatoria al ganar a Irlanda del Norte. Hizo falta la lesión de Torres para que Luis Aragonés, ese formidable cabezota, ese camandulero repleto de soberbia, alineara por fin juntos a Cesc, Iniesta, Silva y Xavi. Funcionó, aunque nos quedamos muy cortos en el área, tal y como yo había dicho que pasaría.

Al final un solo tiro de Xavi consiguió refutar aquel dogma de fe sobre el que se construía el juego del equipo: que había que llegar con el balón atado a los cordones de las botas hasta la línea de gol. ¿Ah, sí? Pues a más de veinticinco metros disparó Xavi, el balón rebotó en la cabeza atónita de Craigan y se metió en la portería de Taylor: ¡Gooooool! ¡Gol de España, señores!

Tengo que confesar que yo era partidario de Raúl, he sido y soy raulista, y no me da ninguna vergüenza, y se me hacía antipático Luis Aragonés: nunca había soportado que le llamaran «el sabio de Hortaleza» ni esa voz de hipnotizador con la que hacía creer que sus palabras significaban siempre más de lo que en realidad decía, que aquello tenía su intríngulis, como si hablara en cursiva.

Pocos lo admitimos sin empacho, pero fuimos legión los que entonces pensábamos que, con Luis, otra vez, España se buscaba a sí misma en vano, intentaba alejarse de su propia sombra, dejarla atrás y seguir andando a solas, como el sonámbulo que pisa los cascotes de un sueño que ya se le ha desmoronado encima, que se ha hecho añicos sobre su cabeza, catapún.

Así que en junio pensé que no nos clasificaríamos. Me dispuse a asistir a otra derrota y a echarle la culpa a Luis Aragonés, el seleccionador; o si no, como de costumbre, al destino, a la fatalidad o al empedrado.

Qué raro: contra todo pronóstico, la suerte no se mostró en contra desde el principio. Al menos no caímos en el Grupo de la Muerte, con Italia, Francia y Holanda. Acabamos en el grupo D, con Grecia, Suecia y Rusia.

Nos estrenamos contra Rusia, el 10 de junio, jugamos al contragolpe, con aquella partitura que tantas veces había interpretado el Atlético de Luis Aragonés en los setenta, y el 4 a 1 terminó para siempre con la discusión nacional sobre el seleccionador (pero no con mi nostalgia de Raúl ni con mi alergia al míster). Estaba claro, pese a todo: el 7 de España ahora era Villa, el Guaje de la cuenca minera, mi paisano. Punto redondo.

Hay otra España, se decían unos a otros los patriotas por la calle, quizá con menos convicción que ganas de creérselo. ¡Hay otra España!

Después nos enfrentamos a Suecia, el 14 de junio, y ganamos 2 a 1. Como Rusia también ganó a Grecia, ya entrábamos en cuartos de final, de donde era tradición que nunca lograríamos pasar: ese maleficio de los cuartos que nos ha perseguido siempre.

Desde por la mañana, en la calle se oía decir que había otra España, que podíamos, oé, oé, oé, y ese día del partido decisivo contra Suecia se multiplicaron las comuniones y se vaciaron las máquinas expendedoras de eucaristías: todos querían ver la retransmisión desde Innsbruck en estado de gracia.

Así empezó todo, este es el comienzo.

(De Todo está perdonado, publicada por Tusquets Editores)

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