Para Chavi, qué menos

 

Mamá se había pintado los labios. Lo noté al volver del Instituto, nada más entrar en casa. Parecía contenta y estaba casi guapa, a lo mejor ella pensaba que no me iba a dar cuenta. Llevaba una blusa amarilla y una falda negra bastante corta.

Desde el divorcio, mi madre había dejado de arreglarse. Parecía que se había propuesto que todo el mundo se diera cuenta a simple vista de que ella era la parte agraviada, de que a ella se le debía algo, de que ella era la que necesitaba ayuda humanitaria de emergencia. Por eso iba vestida de acreedora, con vaqueros viejos o faldas por debajo de la rodilla, la cara lavada y el pelo recogido con una goma. En la película del divorcio, mamá había preferido un papel protagonista, aunque fuera como víctima, en lugar de aceptar un papel secundario como mujer feliz. Con tantos primeros planos dramáticos, en poco tiempo consiguió agotar la paciencia de los espectadores. Se quedó sin amigas: cambiaron de canal. Al final mamá apenas salía de casa y nunca sonaba su móvil.

Mi padre, en cambio, es un hombre que tiene todos los bolsillos descosidos: es incapaz de mantener algo en su interior durante mucho tiempo, nada consigue llenarle del todo, porque siempre se le escapa por el roto de algún bolsillo, como si quisiera llevar agua entre los dedos o apretarla en el puño.

No sé si echaba de menos la vida que llevábamos antes del divorcio, en la prehistoria. No lo creo, la verdad: a mí no me afectó nada.

En los últimos tiempos, desde el año 2 AD (Antes Divorcio), se peleaban a gritos. Mamá no era feliz, eso saltaba a la vista, y le echaba la culpa a papá. Si ella no tenía amigas, la culpa era de papá. Si no le interesaba nada, la culpa era de papá. Si iban a una fiesta y se aburría, la culpa era de papá. Mi padre le decía: sal por ahí, lee, vete al cine, cambia de trabajo, estudia algo…, pero mamá no hacía nada, porque la culpa era siempre de papá. A partir del año 1 AD mi madre comenzó a acusar a mi padre. Le decía: me has anulado. Haz algo, respondía papá, haz lo que quieras. Mi madre decía que lo que quería era separarse, que si se libraba de él iba a ser muy feliz. Mi padre le decía que lo intentaran de nuevo. Y así todo el tiempo: mamá diciendo que quería separarse y papá tratando todavía de arreglar las cosas.

Hasta que llegó el día D: mi madre volvió a gritar que no aguantaba más, que quería separarse, y mi padre dijo que vale, que de acuerdo, que era lo mejor.

En cuanto comenzaron los tiempos DD (Después Divorcio), mi madre se convirtió en la víctima. Lo primero que hizo fue decir que papá la había abandonado. Que la había dejado tirada como una colilla y además en el momento en que ella necesitaba más ayuda. Dejó de arreglarse, ya no se pintaba ni se ponía maquillaje. Luego dejó de salir de casa. Al final también dejó de cocinar, a partir del año 2 DD comíamos de lata, pedíamos pizza por teléfono o cenábamos sándwiches, cada uno en una bandeja, sin hablar, siempre con la tele puesta.

Papá se instaló en un apartamento en Arturo Soria. Arturo Soria es un barrio abominable, algún Plan Urbanístico lo debe haber recalificado como área residencial para padres divorciados.  Los domingos, en los restaurantes, el setenta por ciento de las mesas están ocupadas por un hombre de cuarenta y tantos con un número variable de hijos. En el otro treinta por ciento, el hombre está acompañado de una mujer más joven que hace un esfuerzo extraordinario por caer bien a los niños. Es triste de ver. Papá me había expuesto a una media docena de estas mujeres simpáticas hasta el agotamiento. Las peores, sin ninguna duda, son las que pretenden ser tus amigas, confidentes incluso, las que te hablan de tu propio padre como si no lo fuera. La señal de alarma salta en cuanto empiezan a preguntarte por las novias con ese insoportable tono de complicidad, como si ellas fueran de tu edad y, sólo por ser mujeres, pudieran darte alguna información privilegiada.

Por suerte, ninguna duraba mucho: mi padre tiene los bolsillos desfondados.

La última de entonces se llamaba Yolanda y llegó a poner un cepillo de dientes en el baño, pero ya había desaparecido hacía un mes.

Mamá y yo nos quedamos en casa, la casa de Viriato. Mi padre es ingeniero de telecos, trabaja en una compañía de móviles. Mi madre era traductora, trabajaba en casa, con un atril al lado del ordenador. En su estudio tenía una estantería con diccionarios y un cenicero de cristal que siempre estaba lleno de colillas. Se pasaba el día trabajando o tirada en el sillón viendo la tele y leyendo mamotretos sobre los templarios.

Hasta ese día del año 2 DD en que llegué a casa y la encontré arreglada.

–¿Vas a salir? -le pregunté.

–¿Yo? No, ¿por qué? -parecía que mi pregunta le hubiera sorprendido.

Pensé que a lo mejor había salido antes, a comer, y que en seguida se cambiaría de ropa. A lo mejor había conocido a alguien, un amigo, un novio. Alguien que la hiciera feliz o, si no, por lo menos alguien a quien echarle la culpa de todo.

(…)

Rafael REIG

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