Un poeta, hacia 1900, ya no podía conformarse con entregar un puñado de versos: tenía que ofrecer sus propias heces fecales, el oro verdadero de su mierda. En otras palabras, tenía que entregar también el producto de su cuerpo, no solo la obra de su cerebro. Tenía que ofrecerse a sí mismo, Rubén Darío lo entendió de inmediato. El poeta tenía que inmolarse a la vista de los lectores y darles, con cada soneto, su sangre y su carne. Había que dejarse descuartizar hasta la última víscera, como hizo Darío, y que los lectores caníbales devoraran el guano sus sesos, su páncreas, su hígado y la carne rosada de sus pulmones.

Por eso el príncipe de los poetas decidió hacerse alcohólico sin remedio ni vuelta atrás.

El alcohol, se dio cuenta Rubén, podía convertirse en un magnifico expediente para lograr un auténtico albatros, incapaz de caminar a causa de sus alas, pero majestuoso en las regiones aéreas.

Algunos lo intentaban mediante la deliberada excentricidad (como Valle-Inclán), otros aspiraban éter o se inyectaban morfina, otros probaban con la mendicidad, la ceguera o esos hospitales de Verlaine (como Sawa).

Rubén (y muchos tras él) optó por el alcohol.

Entre ellos, José Nepomuceno, que ni siquiera pretendía ser poeta.

Son efectos del alcoholismo: pérdidas de memoria, arañas vasculares, tristeza repentina, fallo hepático, ganas de estar muerto, hemorragias, desnutrición, encefalopatía y remordimientos avasalladores. Las reacciones que provoca el consumo intensivo y prolongado van mucho más allá de la resaca, las náuseas y la sensibilidad al ruido. Puede provocar alucinaciones, inconsciencia, evacuaciones involuntarias, distorsión del sentido del tiempo y cambios de carácter, de empleo y de domicilio. A menudo aparecen temblores, episodios epilépticos, convulsiones o una sensación delirante de terror invencible. En un que momento u otro, Rubén Darío experimentó todos estos efectos. José Nepomuceno Belinchón también.

Cuando tenía trece años, su abuelo, el coronel Alberola, le había emborrachado con coñac, entre grandes risotadas, al estilo aragonés.

A los quince era un bebedor compulsivo: desayunaba aguardiente y seguía bebiendo hasta que le vencía el sueño.

El consumo desmesurado de alcohol no es incompatible con el ejercicio de la literatura, por supuesto, como demostró Rubén.

El único problema era que José Nepomuceno solo quería escribir novelas de no menos de trescientas páginas, a las que él denominaba estudios o experimentos sobre la realidad social contemporánea.

Un poema es cosa de poco momento. A Rubén Darío, cuando escribió la «Salutación del optimista», le colgaba un hilillo de saliva de las comisuras de los labios. Escribía y recitaba en voz alta, hipando con estrépito en los acentos rítmicos:

-Ín… ¡hip…! Ínclitas razas ubé… ihip!… ¡ubérrimas! Sangre de Hisp… ¡hip, hip…! ¡Hispania, me cago en diez! Fecunda, eso es.

Entre «siéntense sordos ímpetus de las entrañas del mundo» y «la inminencia de algo fata» hoy conmueve la tierra», tuvo que detenerse para vomitar. Volvió a sentarse, se tomó otro coñac, como quien coge aire para bucear mi largo de piscina, y llegó hasta el último soneto sin levantar la pluma del papel:

-Y así sea esperanza la visión permanente en nosotros… ¡Ínclitas! Y otra vez la misma vaina… ¡listo! -Y añadió-: Ahora sí que tengo sed.

Se metió las cuartillas en el bolsillo del pantalón y siguió bebiendo hasta que perdió el conocimiento y cayó desplomado.

Cuando se despertó era de día, estaba descalzo, sin cartera, y se había orinado encima. Rescató las apelotonadas cuartillas, algo borrosas por la humedad, se puso en pie y pronunció:

-Tengo sed. Tengo bastante sed.

Por fortuna, las tabernas estaban comenzando a abrir sus puertas.

Una novela, en cambio, es algo muy diferente, difícil de compaginar con la dedicación intensiva al alcohol.

Sobre todo una novela como la que se había propuesto ese José Nepomuceno: una novela realista naturalista, que exige la paciencia y la lentitud de un paquidermo, en lugar de las enormes alas del albatros.

Belinchón, cada vez que se emborrachaba, dejaba de escribir. En cambio, Rubén, una vez instalado en Madrid, escribía sin dejar de beber coñac Martell tres estrellas o whisky con soda.

Visitaba con asiduidad a Juan Ramón Jiménez, que se escandalizaba de su dipsomanía y ponía mucha atención para no tocarle.

-No puedo darle la mano -confesaba luego el poeta español, que tenía aspecto de nazareno o de hipnotizador-. ¡A saber dónde habrá puesto antes el chorotega esa mano! Habrá tocado mujeres, charcos, dentaduras, vómitos, paredes sucias… ¡qué sabe uno! ¿Cómo le voy a dar la mano y luego acariciar yo a mi esposa Zenobia? ¿Y si nos contagiamos toda la familia de sífilis ó de hemorroides?

-¿Ez que laz almorranaz ze contagian? -le preguntó Valle-Inclán ceceando, nadie sabe si aposta.

-¡Puede ser! De todas formas, para ti el problema se reduce a la mitad… Je, je -respondió el hipnotizador nazareno con su habitual maldad, y añadió, por si acaso-: Como eres manco, con perdón…

Ese mismo año de 1899, Valle-Inclán y el poeta (cursi) Amado Nervo llevaron a Rubén a pasear a la Casa de Campo.

Allí encontraron a una mujer joven que les regaló una rosa roja a cada uno. Era Francisca Sánchez del Pozo, una de las hijas del guarda del parque, Celestino Sánchez.

-Estoy muy enamorado -dijo en seguida Rubén.

-¡No digaz zandezes, indio! -le regañó Valle-Inclán.

-¡Ah! ¡El amor! ¡Oh…! -exclamó el poeta (cursi)-. Niño ar-quero, clepsidras, nenúfares…

-Nervo, no zea uzté gilipollaz.

-¿Qué chunche cosa es gilipollas acá? ¿Una verdura? Suena a hortaliza… -preguntó Darío.

-Es una gravísima ofensa, para que lo sepa -explicó Nervo enfurruñado.

-Tengo sed -gimió Darío-. Tengo mucha sed…

-¡Cráneo privilegiado! -celebró Valle-Inclán.

Y se metieron los tres en un ventorrillo al que acudió luego Mariano de Cavia, en su estado habitual de «marianocaviez», corno era entonces costumbre en Madrid llamar a las tajadas de campeonato.

Rubén, con la tenacidad de los bebedores, volvió todas las tardes a la Casa de Campo y acabó presentándose en el domicilio de los Sánchez, en la calle Cadarso. Les contó alguna verdad (que era poeta y diplomático, por ejemplo) y una colección de medias verdades, mentiras evidentes (que iba a divorciarse y a casarse con su hija, por ejemplo). Los Sánchez eran casi quince hermanos y cuando llegó Rubén estaban comiendo patatas o algo semejante, pero en toda la casa solo había cinco sillas. La mayoría comían de pie o sentados en suelo, como si fueran animales de corral.

-Yo le juro, don Celestino, que me voy a divorciar. Muy deprisa, ya verá. Mi matrimonio fue forzado… -iba diciendo el príncipe de los poetas.

-Claro, claro. El señor diplomático y poeta se va a divorciar va a casar con mi Paca y a hacerla una señora -se burló Celestino- ¡Corriente! Si es lo más natural…

-Don Celestino, yo le juro…

-Hijo, no hace falta -terció Juana, la sensata madre-. De verdad que no es necesario. Haced lo que mejor os parezca, hijos.

Lo que les pareció más oportuno fue instalarse en un piso alquilado de la calle marqués de Santa Ana.

Paca tenía veintitrés años y era analfabeta. El príncipe de los poetas y la mujer que no sabía leer permanecieron juntos hasta el final a pesar del delirium tremens y de la incurable afición de Darío a las putas y a los líos de faldas.

Al ario siguiente nació su primera hija, Carmen. Murió de viruela; Rubén no llegó a conocerla. En 1903 le nombraron cónsul en París y nació su hijo Rubén Darío Sánchez: Phocás, el campesino, como le llamó su padre:

Phocás, el campesino, hijo mío que tienes,

en apenas escasos meses de vida, tantos

dolores en tus ojos que esperan tantos llantos

por el fatal pensar que revelan tus sienes…

Tarda en venir a este dolor a donde vienes,

a este mundo terrible en duelos y en espantos;

duerme bajo los Ángeles, sueña bajo los santos,

que ya tendrás la Vida para que te envenenes…

Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas,

perdóname el fatal don de darte la vida,

que yo hubiera querido de azul y rosas frescas;

pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida,

y te he de ver en medio del triunfo que merezcas

renovando el fulgor de mi psique abolida.

Phocás murió en Navalsauz, el pueblo de los Sánchez. Tenía dos anos.

En 1905 publica Rubén los Cantos de vida y esperanza, su obra maestra.

Era el último y deslumbrante fulgor de su psique abolida por el alcohol, el canto de uno de esos cisnes que tan a menudo sacaba en sus poemas. Ese verano recibió en San Esteban de Pravia, en Asturias, una carta de Antonio Machado, a quien el libro le había producido una fuerte impresión.

José Nepomuceno Belinchón leyó la carta, arrugada sobre la mesa en la que se había desmayado Darío.

A partir de 1905, la caída de Darío se acelera. Al fulgor del relámpago sigue la oscuridad de la tormenta. Tiene arrepentimientos casi cómicos, se viste de cartujo, se da golpes de pecho, abjura de toda tentación… y sufre recaídas inmediatas y prolongadas. Su salud empeora sin cesar. Está en la ruina, a pesar de sus nombramientos diplomáticos. Ha tenido otro hijo con Paca, otro Rubén Darío Sánchez, al que apoda Güicho.

Paca, su «lazarillo de Dios», sigue a su lado, le acompaña en camino que los dos saben muy bien a donde conduce. En 1914, antes de zarpar en su último viaje, el príncipe de los poetas escribe a su amante que no sabía leer, un poema estremecedor que termina así (con la acentuación más coloquial en el pronombre):

Hacia la fuente de noche y de olvido,

¡Francisca Sánchez, acompañamé…!

Europa estaba en guerra y Rubén no tenía un duro. Desesperado había decidido emprender una gira pacifista para recaudar fondos.

-No vayas, Tatay, te engañarán -le suplicó Paca.

-No, m’hijita, a mí nadie me engaña. ¿Usted creyó que: guanaco? ¡Ojo billar! Voy, tomo los rieles y vuelvo.

-No vayas, Tatay, por favor, no vayas.

-Pásame esa chunche botella, mami, tengo sed.

-¿Vas a beber más?

-¿Piensas que estoy picado? ¡Epa! No se confunda usted, señora Paca.

-Quédate aquí, por favor.

Rubén ya no la escuchaba. Con visible esfuerzo, había conseguido levantarse para alcanzar él mismo la botella. Tenía mucha sed.

En el puerto de Barcelona, cuando deciden embarcar a Rubén, ya llevaba varios días completamente borracho y bebiendo. La última noche la pasaron Güicho y Paca con él en su camarote. Rubén bebía; Paca y Güicho lloraban. Llevaba poco equipaje: un crucifijo de marfil que le había regalado Amado Nervo, un libro, su reloj Ingersoll, fotos de niños muertos y el recuerdo de un buey que vio en su infancia, en Nicaragua.

La mañana del 25 de octubre de 1914 zarpó el Vicente López de Barcelona. Rubén estaba tan borracho que no pudo salir a cubierta a despedirse de Paca y de su hijo.

Nunca más volvió a verlos. En Nueva York consiguió por fin ponerse seriamente enfermo y le hospitalizaron. Cuando le dieron de alta se encontró en la calle, solo y de nuevo sin un céntimo. Sobrevivió gracias a la ayuda de un mendigo y poeta colombiano, Juan Arana Torro1, que pedía para él por las calles heladas de Manhattan.

Consigue regresar a Nicaragua. Sabe que va a morir en el suelo en que nació. Tiene fiebre, delirios y dolores intensos. Sueña que se reparten trozos de su cadáver. Llama a voces a Paca: «Francisca Sánchez, ¡acompañamé!», grita. El aliento de un buey, allá lejos, llega hasta él y le empaña el corazón y le humedece los ojos:

Buey que vi en mi niñez echando vaho un día,

bajo el nicaragüense sol de encendidos oros.

En Nicaragua, a pesar de todo, Rubén Darío es una figura nacional. Ante la inminente herencia, reaparece su mujer legítima, Rosario Murillo, la garza morena, acompañada de su inevitable hermano Andrés, el muy querido cuñado.

El doctor Debayle intenta en vano restablecer su salud: no hay nada que hacer, solo consigue prolongar un sufrimiento inútil.

Mientras tanto, en España, Francisca y Güicho se encuentran en la miseria. Cambian de casa porque ya no pueden pagar el alquiler. Paca trabaja en una fabrica de uniformes militares. Güicho llora de hambre.

Andrés Murillo llega a un acuerdo para vender el cerebro del poeta a un museo argentino. Pide que le adelanten algo de dinero.

Rubén Darío agoniza. Tiene los dedos engarabitados en el crucifijo de marfil de Amado Nervo.

-Siento en el bajo vientre como una placa de fuego -afirma antes de caer en la inconsciencia.

Una vez muerto y desventrado, sin órganos internos, embalsamaron el cadáver y le vistieron de levita y guantes negros. Un pelotón de policías vestidos de gala custodió la capilla ardiente, que luego se trasladó al Palacio Municipal. Se le rindieron honras fúnebres de presidente de República. El féretro fue llevado a hombros por quince hombres y un grupo de jóvenes nicaragüenses se vistieron de canéforas para acompañar al cortejo.

El albatros exiliado en tierra había levantado el vuelo.

Cuando José Nepomuceno Belinchón conoció la noticia, en Madrid, lloró inmóvil, sin llevarse las manos a la cara, sin restañarse las lágrimas, sin decir una sola palabra.

Luego se levantó de pronto y dijo:

-Tengo sed.


Es probable que Rubén Darío se acordara del cuadro de Vincent Van Los comedores de patatas, de 1885. Sin embargo, en la pintura de Van Gogh es sentados, salvo una niña.

17. Phocás (o Focas, el jardinero) fue un mártir cristiano. Vinieron a buscarle, aunque al parecer le habían confundido con otro del mismo nombre (por raro que parezca). Recibió a sus verdugos y les dio hospedaje y, durante la noche, cavó su propia tumba. Por la mañana aclaró la confusión, pero pidió que, de todas formas, le mataran. Fue decapitado y le enterraron en la sepultura que él mismo había cavado en su jardín. Se le invoca contra las mordeduras de serpiente.

Nació en Lima, de padres colombianos. Mató a un rival amoroso en un desafío y fue encarcelado. Huyó y se largó a correr mundo. En Colombia vendió ungüentos mágicos y crecepelos y dio conferencias sobre «el peligro amarillo». Se hacía pasar por un «enviado celestial» y comercializaba su pomada Lolita, fabricada, según afirmaba, con el sudor de los ángeles. En Nueva York auxilió a Rubén, quien le llamó en un poema «lo único que me queda en el mundo». Ante la policía del puerto, al entrar en Estados Unidos, se declaró «explorador y aventurero». Le preguntaron si sabía leer y escribir, y respondió que sabía escribir, pero no leer. «Escriba lo que sepa en esta pizarra», le pidieron. Escribió unos garabatos. «¿Qué pone ahí?», le preguntaron. «¿Cómo quieren que lo sepa, no les acabo de decir que no sé leer?» Le recluyeron en un manicomio, del que salió para mendigar por las calles. Escribió 9.999 sonetos, 68 poemas épicos, 1.700 ca-lambures y 31 odas a la naturaleza. Al final de su vida se retiró a Barranquilla.

(De Manual de Literatura para caníbales, de Rafael Reig.)

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