PARA PONER FIN a sus muchos sufrimientos, no sabía si abrazarle o descerrajarle un tiro, como al caballo que se rompe una pata. Era viudo, su hija había desaparecido, tenía los cristales de las gafas empañados y su traje, nuevo, valía menos que llevarlo a la tintorería. 
Por si no fuera suficiente, al cruzar las piernas, Leonardo Leontieff dejaba al descubierto una franja de pantorrilla lechosa, entre el calcetín y el pantalón.
Aquello era repulsivo, pero una poderosa atracción gravitatoria me impedía apartar la mirada. 
-¿Es una adicta? -pregunté por fin.
-¡No, no, qué va! No es ninguna yonqui. Lo está dejando -mintió.
-Le creo, le creo -mentí a mi vez.
Quise hacerle una pregunta: ¿Para qué quiere encontrarla, señor Leontieff? Los dos sabíamos que, fuera de un Precinto, las autoridades no tardarían en localizarla y entonces la neutralizarían genéticamente en los laboratorios de Chopeitia. Es la ley.
Él habría querido hacerme también una pregunta: ¿Tiene usted hijos, señor Clot?
Sí, pero…, en fin, era complicado: dieciocho años y nunca había oído la voz de mi hija.
Como ninguno teníamos a mano una buena respuesta, nos miramos en silencio. 
Mis honorarios (cien al día más gastos y quinientos por adelantado) no le impresionaron. Me entregó un fajo de billetes unidos por una goma ancha y nos despedimos con un apretón de manos. 
Le dije lo que se dice siempre en estos casos, que encontraríamos a su hija, amigo Leontieff, que no se preocupara.
Conté el dinero: mil pavos. Saqué la botella de Loch Lomond del archivador. La guardaba en el cajón rotulado H-P, en la letra I. De «Imprescindible».
Solía serlo.
Me eché un buen trago y fue como sacar la cabeza de debajo del agua. 
Era lunes, las once de la mañana y no estaba sobrio ni bien vestido, pero no me importaba que nadie lo supiera. 
Llevábamos una temporada volando bajito. En aquella época aún compartía oficina y secretaria con Dixie Dickens-Lozano: tres habitaciones en la planta 13 de las Torres Colón y una morena casi sin tetas que siempre estaba enderezándose las costuras de las medias. Respondían a los nombres, respectivamente, de: Dickens & Clot Ltd. Investigaciones y Suzanne Koebnick. En general, Dix hacía adulterios y yo me encargaba de las desapariciones. Suzie-Kay preparaba café, pasaba informes a máquina y de vez en cuando una escoba, y atendía el teléfono y a las visitas. A veces nos relevaba en seguimientos complicados, realizaba vigilancias y obtenía información utilizando identidades ficticias.
Frente a mi ventana se alzaba la siniestra pirámide de Chopeitia Genomics, el edificio más alto de Europa y el mejor protegido del hemisferio. 
Acodado en el alféizar, veía los veleros amarrados en el puerto y el transbordador de bicicletas que unía Génova con Goya. El Canal Castellana atravesaba la ciudad de norte a sur y ya se había convertido en la principal vía de comunicación entre el centro y el resto de la península. También era un lugar apropiado para depositar a los sabihondos, los entrometidos, los deudores y los bocazas, todos con sus correspondientes zapatos de cemento. La policía lo dragaba cada pocos meses, lo que resolvía aproximadamente la mitad de los casos de desapariciones que teníamos pendientes.
Aguas arriba se encontraban los puertos deportivos de los chalets de los Recintos; Aravaca, Pozuelo, Puerta de Hierro: viviendas blindadas y jardines con estanque, como la de Cristina y el vil valenciano, donde estaba mi hija. 
Hacia el sur la ciudad latía como una herida infectada. Casi podía sentir la inflamación, la fiebre y el olor a pus, dulce y deletéreo, brutal y embriagador como el de las orquídeas o el de la carne que se descompone. 
Los días claros columbraba el muelle de carga de Puerto Atocha, las esqueléticas grúas y la sombra de la alambrada del primer Precinto, donde los adictos esperaban la muerte y trataban de entrar en calor quemando neumáticos. 
Daban verdaderas ganas de beber: no digo más.

(De Sangre a borbotones, de Rafael Reig, publicada por Lengua de Trapo.)

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