De madrugada, cuando sólo se oyen

relojes en lo oscuro,

me lo imagino, a sus ochenta años,

huyendo en un tren ruso que iba al sur,

el sur de ningún sitio que los viejos añoran.

Tolstoi le temía a aquel invierno,

que lo siguió durante muchos años

hasta el lecho de muerte ferroviario,

la noche en que el teclado del telégrafo

transmitía el más breve y más cruel

de todos sus relatos.

Quiso correr más rápido que el frío,

y el tren quedó cubierto para siempre

por los copos de nieve que caían

en la pequeña estación de Astápovo.

Yo he empezado la fuga mucho antes

porque de él aprendí

que en la estación final se debe entrar

a gran velocidad. Así la muerte,

sin tiempo de avisarnos con señales

agitando un farol desde las vías,

de un golpe seco, cambia las agujas.

Joan MARGARIT

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