Hace algún tiempo escribí un relato de esos breves y raros que, me temo, sólo les gustan a dos o tres amigos -y hablar de tres quizá ya sea una exageración-, titulado “Stricto sensu”, que apenas dice, «el arquitecto tenía tal respeto por la etimología que jamás se atrevió a orientar ningún edificio hacia poniente» y que, aunque yo no fuera consciente al escribir, habla, de alguna manera, del arquitecto y poeta Joan Margarit. Digo que no era consciente porque, aunque al escribirlo no pensara de forma expresa en él, había leído tiempo atrás su antología Arquitecturas de la memoria con entusiasmo suficiente como para que sus poemas se quedasen prendidos de mi memoria, pero también lo digo porque sé que el juego entre lectura y escritura conduce a menudo a estos felices azares, que acaso no son tales azares, sino el fruto del extraño juego entre el olvido lector y la intuición escritora, lo que hace que no resulte descabellado pensar que, al urdir ese pequeño texto, anduvieran sus versos rondando, de incógnito, por mi cabeza.

¿Y en qué sentido es Joan Margarit ese arquitecto tan celoso de la etimología, del origen y el sentido preciso de las palabras? Debo reconocer que para contestar ahora a esta pregunta no me queda más remedio que traicionar el stricto sensu del arquitecto del relato, interpretarlo como una metonimia rara e impropia y entender palabra o, más concretamente, palabra poética, donde dice etimología, y sólo así podré afirmar que la respuesta está en la propia condición de poeta del arquitecto Joan Margarit, condición que le sujeta al no escrito aunque severo mandamiento de no tomar la poesía y la palabra poética en vano, un mandamiento cuyo rigor, cuya dificultad, además, en su caso, en tanto que poeta en catalán y en castellano, se multiplica por dos y exige de él respeto no a una, sino a dos lenguas, a dos etimologías, a dos tradiciones literarias diferentes.

Pero quizá el mejor ejemplo de su enorme respeto por la palabra poética sea su decisión de borrar casi literalmente del mapa buena parte de su poesía más temprana, la anterior al libro Luz de lluvia, rescatando apenas los pocos poemas que recoge en el libro El primer frío bajo el revelador título de “Restos de aquel naufragio”, una labor de poda despiadada y, sin duda, dolorosa que pone de relieve su rigor y su alto nivel de exigencia como escritor y como poeta.

Curiosamente, debido a esta radical obliteración, llevada a cabo cuando el autor se acercaba ya a los sesenta años -aspectos que yo de entrada desconocía-, cuando leí por primera vez los versos de Joan Margarit en la antología antes mencionada tuve la sensación de estar escuchando a un anciano prematuro y, de hecho, así lo anoté, extrañado, a lápiz en algún margen, al encontrarme enseguida, al cabo de pocas páginas, con versos tan contundentes como

Hoy al llegar la edad del frío

-la edad de valorar los libros ya leídos

y las calles tranquilas­-

o

Recuerda cuando aún desconocías

que la vida no tendría piedad contigo,

versos que, pensando en un poeta joven, a mí se me antojaban demasiado tempranos, casi extemporáneos, acaso un punto impostados, aunque cabe alegar en mi defensa, para justificar el error, que mi desconcierto se debió también a la tendencia a entender las antologías como una suerte de autobiografía en verso del poeta, lo que lleva a pensar que, después de saltarse el índice y el estudio introductorio, la página cien equivale a los treinta años, la doscientos, a los cuarenta, la trescientos a los cincuenta, y así sucesivamente, y, por ello, no dejaba de resultarme raro que, ya en la página ciento cuarenta y cinco -con treinta y cuatro años y medio, según mis desafortunadas cuentas-, se manifestase el autor tan firmemente instalado en la que él denomina la edad roja.

Curiosidades y malentendidos aparte, lo cierto es que la reflexión poética en torno a la vejez es uno de los aspectos más interesantes y emotivos de la obra de Joan Margarit, desde poemas tan reveladores como “En el restaurante”, de Los motivos del lobo o “El oráculo”, de Aguafuertes, pasando, entre otros pormenores, por la súbita cercanía a la niñez de “Voces infantiles”, en Casa de misericordia, hasta llegar al lúcido estoicismo con el que el autor se enfrenta a su final en “El viejo y la muerte”, del libro Misteriosamente feliz, aunque yo, personalmente, me quedo con la vasta serenidad del poema “Astápovo”, en el que evoca la legendaria huída hacia la muerte de León Tolstoi y cuyos últimos, espléndidos versos dicen

Yo he empezado la fuga mucho antes

porque de él aprendí

que en la estación final se debe entrar

a gran velocidad. Así la muerte,

sin tiempo de avisarnos con señales

agitando un farol desde las vías,

de un golpe seco, cambia las agujas

y que tanto me recuerdan a estos otros, hermosos versos, de mi admirado Fernando Pessoa:

La muerte es la curva del camino,

morir es tan sólo no ser visto.

Pero la muerte juega otro papel crucial en la vida y en la obra de Joan Margarit, cruzadas ambas, de forma tajante, por la pérdida de seres muy queridos y muy cercanos, un sentimiento, el de la pérdida, que está en el origen de versos terribles, dolorosos, como los que, en el poema “Cerdeña 548”, delatan

el silencio de piedra que abandonan

al morirse los niños en las casas,

o en el de un libro bello y no menos terrible, como es Joana, cuya intensidad sólo se comprende del todo cuando uno ha leído antes, en Aguafuertes, un poema tan duro como “Tchaikovsky” y otro tan tierno y hermosamente cotidiano como “Los ojos del retrovisor”, y que aún resuena, con esa mezcla de brutalidad, ternura y desolación, en “Perdiz joven”, de Cálculo de estructuras, o en “Relato de madrugada”, de Misteriosamente feliz.

Con estos antecedentes, a nadie le debería extrañar que el color gris y la lluvia -esa forma licuada de la grisura- proliferen en los versos de Joan Margarit, que en Luz de lluvia le dedicaba una elegía al alba evocando a «un poeta gris de un país gris / en una ciudad gris con un gran puerto», ni que la intemperie reine en sus poemas, ni que el mundo aparezca a menudo como un lugar inhóspito. Pero el poeta es consciente de esa cruda intemperie, y justo por eso emprende el camino de regreso a la Arquitectura para levantar, por medio de palabras y de versos, un refugio para esa parte intangible de nosotros a la que no hay ladrillo ni teja ni hormigón que logre dar amparo, un refugio precario, sin duda alguna, y cruel, como reconoce Margarit en el epílogo de Casa de misericordia, en el que afirma que, aunque un poema apenas sirva para ayudar a soportar el dolor y las carencias, es todo lo que tenemos, y que, si la realidad es triste, «mucho más triste es la intemperie sin los versos», y del reconocimiento de esta insuficiencia, de esta precariedad, «es de donde hay que partir -dice el poeta literalmente- para intentar llegar a los suburbios de lo que llamamos felicidad».

Y, dicho esto, ¿qué consuelo, qué refugio contra la intemperie, puede ofrecernos la poesía no siempre complaciente de Joan Margarit? Pues el consuelo de saber que, a pesar de todo, se puede llegar a ser misteriosamente feliz, que se puede alcanzar esa felicidad arrabalera con el goce silencioso de la música, o en el langor doméstico de una “Tarde de lluvia”, o desde la sabia plenitud que da la edad y que el poeta manifiesta en versos deslumbrantes, celebrativos, como

Sé que soy feliz,

que he tenido la vida que merezco,

del poema “Noche oscura en la calle Balmes”, o en estos otros, del “Soneto en dos ciudades”:

qué suerte no haber sido un hombre triste

ni tú una mujer triste (…).

Qué suerte estas dos hijas. Este hijo.

Qué suerte poder ver tras los cristales

una ciudad, la nuestra, que no existe,

un poema en el que, además, surge de pronto ese plural, ese nosotros, que aparece, de un modo u otro, en muchos otros lugares de la obra de Joan Margarit y que resume otro hermoso y consolador tema de su poesía, el del amor, el de un amor cómplice, forjado en el dolor, en la alegría, en el largo tiempo compartido, que alcanza cotas de intensidad insospechadas al abordarlo desde la perspectiva de la ausencia, como en los versos de “Filósofo en la noche” en los que el poeta, solo en la habitación de un hotel, reconoce que

sin tus frascos, sólo me torna el espejo

del baño el progreso lento de la edad,

o en los de este otro “Hotel”, del libro Misteriosamente feliz, donde descubre que el amor es también

(…) añorarte

en el cristal -que se hace cada vez más oscuro-

de un hotel donde ignoro a qué he venido,

quizá tan solo a estar lejos de ti.

Lo que nos reconforta, en definitiva, en los poemas de Joan Margarit, es que en ellos encontramos compasión, una compasión entendida -ahora sí- en un sentido estrictamente etimológico, como «pasión compartida», y en ese sentido los de Margarit son poemas que hacen padecer, aunque también gozar, y quizá por eso Luis García Montero afirma que la suya es una «poesía cordial», habitable, cercana, capaz de crear un territorio en el que el poeta y el lector, como el compositor y el intérprete, se encuentran sin intermediarios, se reconocen, y es que, como Margarit afirma en los versos del su poema “Leer poesía”, aunque

la poesía, que puede ser primero

un paisaje al que a veces se ha llegado de noche,

acaba siendo siempre un espejo

donde uno ha de leer sus propios labios

Dicho lo cual sólo me queda recomendarles que busquen calor, resguardo y consuelo, más aún ahora, con la que está cayendo, en esta casa que, sin ser independiente, ni original, ni suntuosa, es bella, sólida y acogedora y que ha construido, con sus versos y con sencillez sólo aparente, el poeta-arquitecto Joan Margarit.

Juan Ramón SANTOS

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