Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda. Imaginemos que este hombre no regresa jamás de su ensimismamiento, y que ella tiene que internarlo en una clínica para enfermos mentales al norte del país. Nuestro libro comienza a la mañana siguiente, cuando esta mujer regresa en tren a su domicilio tras haber finalizado los trámites de ingreso, y el hombre que está sentado a su lado, un hombre joven, de nariz prominente, ojos saltones y alopecia prematura, que viste un traje azul marino y lleva sobre las rodillas una peculiar carpeta de color rojo, se dirige a ella con esta pregunta tan peregrina:
-¿Le apetece que le cuente mi vida?
Vaya pregunta. Al oírla, nuestra mujer, de aspecto más elegante y distinguido, mayor en edad, aunque menuda en estatura y, como suele decirse en estos casos, de semblante agradable y ojos vivarachos, se queda petrificada. El hombre se ríe de una manera que a ella le parece abierta y franca, y le aclara que es una broma, una manera como otra cualquiera de romper el hielo, porque el viaje hasta Madrid es muy largo.
-Mi nombre es Ángel Sanagustín -dice-, soy psiquiatra y trabajo en la clínica donde usted acaba de ingresar a su marido; la he visto por allí esta mañana. No sé si el doctor Crespo le ha hablado de mí, trabajo en las aplicaciones del discurso escrito al diagnóstico de los trastornos de personalidad; pedimos al paciente que cuente un episodio de su vida por escrito, analizamos su narra ti va y a continuación podemos diagnosticar. Lo haremos con su marido, y además con mucho gusto, porque los textos de los coprófagos son muy entretenidos, y acaban siempre haciéndome reír. Esta carpeta tan llamativa es un libro que estoy preparando sobre la esquizofrenia y los trastornos paranoides, que incluirá textos de mis pacientes. Igual tengo que pedirle permiso para añadir algo de su marido; las narrativas de los coprófagos son las más curiosas; luego, si quiere, le leo alguna. En el caso de los coprófagos todo lo que rodea al paciente pierde valor, los estímulos externos sufren un proceso de devaluación no selectiva, y el paciente queda fascinado por su cuerpo y por sus excreciones; sus textos dan vueltas y vueltas a la misma cosa hasta que al final caen en picado, se estrellan contra su propio pensamiento. Todos los esquizofrénicos acaban estrellándose contra su propio pensamiento. La esquizofrenia en sí es un trastorno del propio pensamiento. La coprofagia es una simple manifestación de este trastorno. Su marido debió de tener el primer brote psicótico alrededor de los veinte, veinticinco años. La esquizofrenia no avisa. El paciente cambia su comportamiento de manera repentina y radical; se vuelve desconfiado, huraño, discutidor, y se aísla de la gente; a veces se siente observado por desconocidos, cree que la gente habla de él, y que la radio y la televisión dan noticias sobre su vida; sufre alucinaciones audioverbales, oye voces y se muestra inquieto o agitado. También puede ocurrir lo contrario, que se muestre bloqueado psíquicamente, que no pueda articular palabra debido a una percepción alucinatoria, a un vacío mental o a una idea parásita. Los síntomas de la esquizofrenia son muy variados y por eso ha sido muy difícil diagnosticarla. Los enfoques psiquiátricos más especulativos, aquellos con menor base científica, siempre han rehusado enfrentarse a la esquizofrenia, porque es una patología que no se deja sistematizar así como así. Al señor Freud no le interesó en absoluto, y el señor Jung se limitó a estudiar los trastornos sociativos, que, como la coprofilia, son simples manifestaciones de la enfermedad. Definitivamente, el psicoanálisis no sirve para estudiar la esquizofrenia. Tenga usted en cuenta que, aunque no conocemos las causas, hoy casi nadie discute que se trata de una enfermedad con un sustrato biológico. Las causas de la esquizofrenia hay que buscarlas en la anatomía, en la neuropatología, en el sistema neuroendocrino o en el psiconeuroinmunológico. Los desencadenantes de la enfermedad son electrofisiológicos y bioquímicos; sabemos que están implicadas las monoaminas, los aminoácidos y los neuropéptidos. En realidad los seres humanos no somos más que un millón de impulsos eléctricos por segundo y unas cuantas reacciones químicas. Usted,por ejemplo, me está mirando ahora fijamente a los ojos, como suelen hacer las hembras humanas cuando conocen a alguien. Sin saberlo, está desencadenando en mí una serie de reacciones: los machos percibimos esa mirada directa como una amenaza. No, no se ría, es verdad; su mirada aumenta la conductividad eléctrica de mi piel y la hace transpirar porque el sudor contiene sal y la sal conduce la electricidad. Mire, mire cómo tengo la piel. Y ahora usted, al reírse, ha abierto los pliegues mucosos que hay en su boca, ha movido una docena de músculos ubepidérmicos, y ha vertido sobre mí una generosa cantidad de bacterias. No, no se preocupe; no me importa; no soy hipocondriaco; es más, me gusta que me contagien. Mis palabras están cruzando el aire a una velocidad de mil doscientos kilómetros a la hora, Mach I se llama, la velocidad del sonido, y están haciendo vibrar unas sutiles membranas en su oído, que envían señales a su cerebro. Yo le puedo estar resultando simpático o antipático, entretenido o pesado; pero eso que usted denomina con esos nombres no son sino impulsos eléctricos que se producen en su cerebro. Nuestro cerebro es una maravilla. No conocemos ni la décima parte de su potencial. Gracias a las posibilidades evolutivas de nuestro cerebro hemos sobrevivido a una serie de cambios culturales que yo me atrevería a calificar de brutales, producidos además en unos pocos cientos de años. Un ejemplo: si alguien leyera todo lo que yo estoy diciendo, al llegar a este punto habría leído ya más de lo que leyó un campesino medieval en todas sus generaciones. Entre ese hombre y nosotros han transcurrido quinientos, seiscientos años, lo cual no es nada en términos evolutivos. En fin, lo que quiero decirle es que no somos nada más que electricidad y bioquímica. En realidad, eso que yo estudio, la personalidad, la entidad psicológica, no existe; parece mentira que un psiquiatra diga eso, ¿verdad? Pero fíjese que si algo he aprendido estudiando la esquizofrenia es que la personalidad no es otra cosa que lo que nos cuentan de alguien, lo que alguien nos cuenta de sí mismo, lo que nosotros nos contamos de alguien o lo que nosotros nos contamos de nosotros. Lo que hacemos, lo que sentimos, lo que experimentamos es simplemente un impulso electromecánico que sólo adquiere sentido cuando lo contamos. Esto se ve muy bien al analizar las narrativas de los pacientes esquizofrénicos, luego, si quiere, le leo alguna. Los pacientes con esquizofrenia hebefrénica, por ejemplo, presentan una tendencia no diré irreprimible, pero sí muy marcada a narrar la propia vida. Estos enfermos tienen una particularidad, y es que lo hacen cada vez de modo diferente, de manera que su personalidad no consiste en otra cosa que una sucesión de relatos superpuestos como las capas de una cebolla. Cuando nos queremos dar cuenta, no tenemos personalidad propiamente dicha que estudiar, sino una colección de cuentos, una narrativa tras otra, debajo de las cuales no hay persona. Dirá usted, claro, por eso se llaman esquizofrénicos, porque tienen la mente escindida.

(De Ventajas de viajar en tren)

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