Supongo que estas cosas son de aquellas
que justifican que la vida
se escriba algunas veces con mayúsculas:

las nubes musculosas
camino de los bordes de la tarde,
la silenciosa muchedumbre de los pinos,
una barca adherida al horizonte,
las olas susurrando al infinito
al morir en la playa, y ese sol
eterno fumador empedernido
que con la lumbre de este día que se apaga
está encendiendo un nuevo día en otro sitio.

Pero de qué te sirve todo esto
si estás ahogando en el silencio un grito
y el corazón (cerrado por reformas)
latiéndote en el pecho con la testarudez de un niño
te sube aquél poema japonés hasta la boca
que dice lo que sientes ahora mismo:

qué me importa el desorden
de mis cabellos
en el lecho postrada
si conmigo no yace
ni me los peina
el que después de amarme
me los peinaba.

(De Partes de guerra)

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