Como puede que haya dicho en alguna otra ocasión -entre autores y libros uno lleva hechas no pocas presentaciones y cada vez teme más repetirse-, me incomoda el uso del sustantivo «creación», o del verbo «crear», cuando se habla de Literatura. Me parece inadecuado, de entrada, porque la obra literaria no surge por las buenas, de la nada, ya que el escritor, cuando escribe, lo hace utilizando una materia, la lengua, que no ha inventado él, sino que es fruto de la inagotable actividad de los hablantes a lo largo de los siglos, y porque lo hace, además, en constante diálogo con una tradición literaria que, obviamente, ya existía antes de que a él se le antojase sentarse a garabatear en un papel en blanco o a llenar de palabras un nuevo documento de Word. «Crear», en el estricto sentido de hacer brotar de la nada, es atributo estrictamente divino, y los hombres -entre ellos los escritores, por más que a alguno le pueda pesar- a lo más que llegamos es a «hacer», no a «crear». Pero no es una especie de escrúpulo teológico, o de temor de Dios, el que hace que expresiones como «creación literaria» o «el creador de novelas como» me incomoden incluso en sentido figurado. Supongo que el motivo, más bien, es que me irritan la exageración, la impostura y la pose, y eso hace que, cuando se habla de escribir, me estomague cualquier intento de divinizar el quehacer literario. Pienso más bien, como dice Rafael Reig, que «al fin y al cabo, la literatura no es más que un tipo que está en su casa y se pone a escribir en pijama» para que al final otro señor en pijama lea lo escrito en su propia casa, y, aunque soy consciente de que una de las virtudes de la Literatura es la de elevarnos por encima de nuestras posibilidades, de nuestras humanas limitaciones, creo que no por eso hace falta ponerse estupendos, y que conviene no olvidar lo que al fin y al cabo somos todos, los unos y los otros, lectores y escritores: gente en pijama.
Con estos tan poco elevados antecedentes, comprenderán ustedes que un poeta como Miguel d’Ors que, al dirigirse en un soneto a su tatarabuelo Francisco Lois, carpintero en Paraños (Pontevedra), le confiesa humildemente, hablándole de usted en un tercerto,

(…) que mi empeño trabajando el verso,
si se sabe mirar, no es tan diverso
del suyo trabajando la madera,

no podía sino despertar todas mis simpatías, por poner las cosas en sus sitio y por utilizar, además, un símil, el de la carpintería, que siempre me ha resultado especialmente querido. En este sentido, Miguel d’Ors ya había advertido, en el epílogo de la antología Punto y aparte, que «poetizar tiene algo que ver con pensar mediante imágenes, manejar las connotaciones de cada adjetivo, cada verbo y cada nombre, adjuntar al sustantivo un calificativo que lo haga como aparecer ante los ojos del lector, desplazar ligeramente un acento hacia aquí o hacia allá, perpetrar aliteraciones, dar tormento a la gramática para obligarla a cantar, urdir el hechizo de los paralelismos y las enumeraciones, apagar el tono o levantarlo cuando es conveniente o entablar un diálogo latente con otros poetas. Cosas que, como se ve, pertenecen, más que a la Poética, a la artesanía».
Pero no es sólo esta concepción artesanal de la poesía la que despierta mis simpatías por Miguel d’Ors, sino también que el autor se nos presente en sus poemas como -permítanme de nuevo la expresión- un «hombre en pijama», es decir, un ser humano vulnerable, de carne y hueso, alguien consciente de sus limitaciones, aferrado a unas cuantas certezas y a muchas incertidumbres, que ha descubierto que la vida acaba siendo mucho menos de lo que cabía esperar pero que, al mismo tiempo, es capaz de encontrar en ella hueco para la felicidad, un hombre, a fin de cuentas, como cualquiera de nosotros, sus lectores. Pero veamos esto poco a poco. Comencemos de forma ordenada, por el principio.
La evocación de la infancia como un tiempo esencialmente feliz, lleno de sueños y esperanzas, en contraposición a una edad adulta triste, gris y, en buena medida, frustrada, es un tema recurrente en la poesía de Miguel d’Ors.

Sólo cerrar los ojos y allí estaban
la «Kon-Tiki», los sioux, Mowgli, Hillary y Tensing,
sequoias y pirañas (…)

comienza diciendo el poema «Se está apagando el fuego», en el que, como en otros de su producción, podemos acercarnos a los mitos y a los sueños de su niñez, una niñez llena de películas, libros de aventuras y hazañas de exploradores, pero ligada también a unos paisajes y unos lugares que más tarde el poeta evocará de forma repetida en su obra como hitos de un territorio esencialmente feliz, en parte perdido, entre ellos el monte Coirego, el río Almofrey, las carballerias de Cotobade o el Bar «Savoy», de Pontevedra, «donde -como dice en el poema «Testigos»- tantos / helados de turrón tomó mi infancia».
En esta evocación emocionada de la niñez aparece también con cierta frecuencia la figura bondadosa de sus abuelos, en poemas como «Los abuelos», «Era el abuelo», o el ya mencionado «Testigos», donde retrata a su abuela «preguntando los precios de las vacas» en la feria de Cuspedriños. Destaco este aspecto porque, más allá de la anécdota, la referencia a los antepasados -podríamos decir, incluso, a «lo antepasado»- es otro elemento recurrente en la obra del poeta, que se presenta en sus versos como estación de paso, como lugar de llegada de una larga cadena de vidas, peripecias y casualidades -muchas de las cuales hace explícitas en el poema «En mí», de Sociedad limitada- y, a la vez, punto de partida hacia vidas futuras, las de sus nietos, por ejemplo, que también protagonizan varios de sus poemas.
Como decíamos, frente a la evocación alegre y luminosa de la infancia, la edad adulta se presenta en la obra de Miguel d’Ors como una etapa triste, gris, en buena medida frustrada.

Ser hombre es este frío, y un gesto de ceniza,
y ser un no y un nunca, y un azul abatido

dice en el poema «Retornos», y en «The end», dando por cancelados los años-technicolor de la infancia, concluye:

Esto es la vida. Inútil
que te cuentes mentiras:
no sonará, borrosa, una trompeta
aliada. No llegará John Wayne
con el Séptimo de Caballería.

Da la impresión, enlazando con lo anterior, de que, junto a los sueños incumplidos de la infancia, es la clara conciencia del pasado, de todo lo que ha tenido que suceder para que el poeta esté en este mundo y sea quien es, la que da pie, en buena medida, al sentimiento de fracaso del autor, a la sensación de no haber cumplido las expectativas, y de ser, como concluyen los versos de «Poeta», en Átomos y galaxias,

uno, vaya por Dios,
del que esperaban mucho
y quedó en miguel d’ors

un «miguel d’ors» escrito en minúsculas, en unas minúsculas cargadas de un irónico -aunque, a veces, también tierno- desprecio que sirven para degradar el nombre propio y rebajarlo a la condición de nombre común, lo que le permite al Miguel d’Ors con mayúsculas -quien quiera que sea- tomar distancia de sí mismo y entablar, en una interesantísima serie de poemas que salpica toda su producción, un ingenioso y sarcástico diálogo con el otro, con su otro yo, el intruso, el individuo de carne y hueso, sujeto -como dice en el poema «Reproche a Miguel d’Ors»- a un horario y un escalafón, al que culpa de haber traicionado, junto con los sueños de la infancia, las expectativas de padres, abuelos y antepasados.
Pero este Miguel d’Ors que alguna vez soñó con ser otro, con ser un yanomani o un aguerrido vaquero de Wyoming, y que tantas veces se lamenta y se culpa de ser -como afirma literalmente en alguna ocasión- el «fracaso perfecto», es un tipo lúcido, realista, con los pies en el suelo, que sabe, como dice en «Contraste», que los otros, aquéllos a quienes sonríe el éxito, no son felices, como tampoco lo es él, y que si estuviese en Wyoming y fuese «lunes y lluvia, como siempre», sus sueños estarían en otra parte, y que si fuese un yanomani y viviese «en paz con los vecinos y las lluvias» y fecundase a su «fiel india bajo / la mirada propicia de los astros», ninguna de esas cosas tendría para él el menor atractivo, pues d’Ors sabe bien que la vocación natural del hombre común, de ese hombre en pijama que somos todos, es la insatisfacción, y sabe también, como nos revela en su poema «Mis aventuras de Jeremiah Johnson», que «explorar, luchar, tener miedo, subir, / caer, vencer, defenderse de los ataques indios», lances de esa vida de aventuras que alguna vez pobló sus sueños, es lo que, a fin de cuentas, no ha dejado de hacer en toda su vida de «padre de familia / y funcionario», y que esa gris vida cotidiana en la que al final nos vemos envueltos es toda una aventura que exige de nosotros el mayor de los corajes.
Sin embargo, y a pesar de lo que diga, Miguel d’Ors no es siempre el tipo ceniciento y anodino que insiste en retratar en sus poemas. No es raro, por ejemplo, que de cuando en cuando desenfunde sus pistolas -que disparan versos, no se asusten- y arremeta contra el status literario -como sucede en «Gradus ad Parnasum»-, contra la sociedad de consumo -como en «Made in Pakistan»- o contra la sociedad, a secas -como en «Los placeres prohibidos»-, como tampoco resulta raro, y además es frecuente, que, dejando a un lado libros y poemas, se calce sus botas y salga a recorrer el monte, que es donde sale a la luz, como en ninguna otra parte, su vocación íntima de hombre de acción, y buen ejemplo de ello es una noticia del diario ABC de mayo de 1991 en la que se narra cómo este poeta montañero anduvo perdido tres días en los riscos de Sierra Nevada, a dieciocho grados bajo cero, y cómo para sobrevivir tuvo que reforzar sus ropas de abrigo con ramas secas y hierbas y comer y beber lo que buenamente pudo, convertido en héroe a fuerza de necesidad, en un héroe, dicho sea de paso, que -según dice la noticia- pasó la primera de sus noches de extravío «en un árbol, cantando, rezando y recitando “El Polifemo” de Góngora», lo que demuestra, en una situación sin duda extrema, que la poesía salvar, no salva, pero, al menos, nos da consuelo.
Y, ya para ir terminando, si esto es así, si una de las virtudes de la poesía es dar consuelo, ¿qué consuelo podemos encontrar en la poesía de Miguel d’Ors? Pues bien, aparte de ese consuelo de tontos que nos da el saber que todos sufrimos los mismos males, la misma inseguridad, la misma insatisfacción permanente, lo que, en buena medida, la poesía de Miguel d’Ors nos trasmite es que el mundo, que a menudo nos parece tan horrible, está plagado de belleza, de lugares hermosos como los que nos regala con generosidad en su «Pequeño testamento», y que la felicidad, que nos obstinamos en escribir con mayúsculas, volviéndola inalcanzable, es un misterio cotidiano, repartido en de multitud de momentos breves, intensos, fugitivos a los que hay que estar muy atentos, porque la felicidad, que es caprichosa, puede esconderse en una excursión al monte para coger níscalos, o en una tarde de agosto, mientras empujas a tu nieto en un columpio, o en una cena de aniversario a base de patatas fritas y tomate de tetrabrik, y, si no estamos atentos, se nos puede escurrir entre los dedos sin que nos demos cuenta.
Dicho lo cual, y ahora, sí, termino, sólo me queda invitarles a que disfruten de la lectura de Miguel D’Ors y a que luego, cuando regresen a casa, se cambien de ropa, se pongan sus pijamas y se sienten a disfrutar, calentitos, de los magníficos poemas de este cuadernillo número sesenta y tres del Aula de Literatura.

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