En cualquier sesión del Aula de Literatura podríamos dividir al público asistente en tres categorías en función del conocimiento previo del autor que nos visita: los que no han oído hablar jamás de él, los que lo conocen de oídas pero no lo han leído, y los que no sólo conocen al escritor, sino también su obra. Curiosamente, en el caso de Javier Rodríguez Marcos deberíamos añadir a nuestra clasificación una cuarta, en apariencia contradictoria categoría, la de los que no conocen al escritor a pesar de haberlo leído, una categoría extraña que es pertinente añadir hoy porque estoy convencido de que más de uno de ustedes habrá leído al autor sin conocerlo, sin ser conscientes de estar leyendo a Javier Rodríguez Marcos, y ese curioso fenómeno se debe a que Javier practica, entre otros, un género de escritura en buena medida invisible, la del periodismo, un tipo de escritura en el que, por lo general, sólo reparamos cuando el periodista se equivoca, saltándose a la torera la gramática o la sintaxis, o elige un titular inadecuado, o cuando emplea un vocabulario, o un estilo, que se nos antojan excesivos y que enseguida tildamos de literarios. En cualquier caso, tengo la impresión de que Javier Rodríguez Marcos -que tiene una larga trayectoria como periodista cultural en diarios con ABC o El País- en realidad se siente cómodo con esa invisibilidad de la que hablamos, y creo que, de hecho, como vamos a ver, también como poeta aspira a ser invisible.
Centrándonos en su obra poética, comenzaré diciendo que resulta complicado referirse a ella sin hablar del viaje, tema que constituye, según José Andújar Almansa, responsable del prólogo de Antología sumergida, «el nudo metafórico que condensa todo su mundo literario». En torno al viaje gira, de forma fundamental, Naufragios, su primer libro, además de no pocos poemas de sus dos siguientes obras, Mientras arden y Frágil, pero también está presente en su narrativa, pues Javier es autor Medio mundo, un libro de viajes, y un accidentado viaje es también, después de todo, lo que nos cuenta en Un torpe en un terremoto, su último libro publicado.
En toda la obra de Javier Rodríguez Marcos aparece, pues, de forma más o menos central, el viaje, unas veces como tópico general y, otras, podríamos decir que desmenuzado, abordando sus diversas etapas de forma separada. En este sentido, la primera etapa de todo viaje sería el momento crítico, decisivo, de partir, de marcharse, un instante que llega a convertirse en una especie de subtópico en la poesía de Javier, sobre todo en Naufragios, donde le dedica un poema que precisamente lleva por título “Irse” y que dice:

Abandono la tierra que conoce mi infancia,
abandono el paisaje familiar y abandono
la casa que en invierno construye la memoria,
tomo impulso en el aire y doy mi pelo al viento,
veo llegar cada tarde mis restos a la playa.

A la vista de éste y otros poemas, diríamos que irse es para el autor un abandono, un arrancarse, pero también, como revela, por ejemplo, el poema “Reino”, una pequeña traición a los suyos, pues el viajero, al partir, rompe con su pasado, con sus orígenes, con su familia, sobre los que se impone una necesidad imperiosa de marchar que, a los ojos de los demás, puede parecer súbita, o repentina, pero que en realidad lleva tiempo fraguándose en su interior. Esa fase preliminar, ese periodo que antecede a la partida y en el que el viaje se vislumbra como un sueño, como una brumosa promesa de futuro, es también objeto de numerosos poemas de Javier Rodríguez Marcos, entre ellos “Reconstrucción”, donde, al evocar, entre recuerdos, la casa familiar, exclama

¡Cuantas veces viajamos
sin salir del calor de esas cuatro paredes!

pero también en “En el mes de marzo, cuando florecía el ciruelo de un patio vecino”, que comienza diciendo

desde estos mismos balcones del sueño
imaginé viajes que acabaron en nada,
como la propia vida.

Esta última idea, la de que la vida y los viajes acaban en nada, subyace en buena medida en su obra. Y si tantos viajes, y no sólo los soñados, acaban en nada, ¿qué sentido tiene a fin de cuentas viajar?, ¿por qué viajar se muestra como necesario en la poesía de Javier? Antes de responder a esa pregunta, hemos de decir que, según el autor, para viajar no es necesario tener una meta o un destino precisos.

El destino da igual, en este viaje
todo vuelve a empezar, la meta es irse,

advierte en el poema “Desde el tren”, y en el prólogo del libro Medio mundo, a la pregunta de «¿qué se gana con ir por ir?», responde: «posiblemente nada. Es posible que viajar sea una equivocación, pero también es comprobar, como apuntó alguien, que todo el mundo se equivoca». A mi modo de ver, en ese comprobar que todo el mundo se equivoca, está, en cierta medida, el sentido o la justificación última del viaje, en la posibilidad de comprobar «por propio pie y con los propios ojos -como dice al final de ese mismo prólogo- que da igual estar aquí que allí, porque siempre pensaremos que en otro tiempo y en otro lugar seríamos más felices». Ésa es la sabiduría, ése es el amago saber que se obtiene del viaje, el que lleva al protagonista del poema “Viajero” a afirmar,

“Soy un cosmopolita (…)
Me siento desgraciado en todas partes”

una conclusión que, paradójicamente, hace posible el regreso, que permite al viajero poner pie en tierra con la certeza de que cualquier lugar podrá ser ya su lugar en el mundo, pues todos los lugares son equivalentes y en cualquiera de ellos se puede ser igualmente feliz o infeliz, igualmente dichoso o desgraciado.
Me doy cuenta ahora de que tras esta fugaz excursión por el viaje en la obra de Javier Rodríguez Marcos quizá alguien podría pensar que su poesía es esencialmente metafórica o simbólica, que la vida aparece en ella de forma refleja o que el poeta se asoma a la realidad de soslayo, a hurtadillas, cuando nada más lejos de la verdad y de las intenciones del autor, que manifiesta en el texto preliminar de Poética y poesía que «cada poeta debe dar cuenta de su tiempo porque si no habrá cosas de ese tiempo que quedarán por decir». Lo cierto es que Javier se enfrenta de forma directa a la realidad, y a este respecto, hablando de su poesía, Antonio Gallego, en su introducción al libro mencionado, destaca su «extraña capacidad para desentrañar con sobriedad y claridad meridianas (…) las cuestiones más esenciales de nuestro existir», entre las que señala «el paso corrosivo del tiempo, la reflexión ante la muerte» o «la tensión entre naturaleza y ciudad». Javier es, pues, un autor que mira el mundo, que mira a su tiempo y que escribe sobre ello, y en este sentido, otro de los temas recurrentes en su obra poética es, justamente, el proceso que lleva de la observación del mundo a la escritura del poema, un proceso cuyas etapas están claramente delimitadas por el día y la noche y cuyo punto de inflexión parece situarse en el crepúsculo, en las primeras tinieblas, porque en ese instante, según nos revela el poema “Vigilia”,

se comprende todo lo que antes,
como oculta la música a la música,
la luz oscurecía.

Es el momento en el que el poeta podríamos decir que rumia, que asimila todo lo que ha visto a lo largo de la jornada, en el que acuden a su mente los más inesperados detalles de lo percibido, que, como enumera el poema “Extraño”, pueden ser «el puñado de niños que construyó su casa / con trapos y cartones», o «los locos que se iban camino de la noche» o «el ruido de los trenes de largo recorrido», y es en esa hora púrpura, como dice en algún poema, en ese rumiar el día, que suele tener como marco una ventana, cuando acaba brotando el impulso poético, pues, como advierte el poema “Vigilia”,

sólo entonces
se sabe que la vida se derrama
como lluvia que enciende las palabras
y alumbra con su breve luz las cosas,
restituyendo una mirada nueva
al hombre que las mira, hasta que un día
hace brotar la llama de la palabra llama,
hasta que nace vida de la palabra vida.

En este tránsito de la realidad al poema, del mundo al papel, la palabra juega un papel fundamental, algo obvio que destaco porque sobre el papel de la palabra poética tratan no pocos poemas de Javier Rodríguez Marcos, que afirma en el mencionado prólogo de Poética y poesía que, sobre todo en Frágil, su objetivo fue «dar valor a lo que Umberto Saba llamaba las palabras trilladas. (…) Buscaba escribir -dice un poco más adelante- algo que a alguien en una situación extrema, a alguien que no lee poesía, por ejemplo, no le pareciese ridículo», pues, como dice un poco más arriba, en ese mismo lugar, dice Javier: «cada vez me da más vergüenza usar en los poemas palabras que nunca usaría en una conversación». En este sentido, ya en la “Otra poética” de Frágil, el autor se había propuesto

(…) Evitar
las imágenes, algunas imágenes,
las que sean poéticas.

Escribir
como el que hiciera cuentas
en los márgenes del papel usado.

(…) Evitar
las poéticas y los infinitivos
y las palabras grandes,
porque cualquiera sirve.

Evitar,
evitarse.

Porque cada palabra
corre el riesgo de ser
la palabra de más.

Esa palabra de más que tanto preocupa al poeta es en muchas ocasiones, como advierte al principio de ese mismo poema, la palabra «yo». Tengo la manía, dice Javier en una nota al relato “Nosotros, los solitarios”, de «usar la palabra yo con más frecuencia de lo aconsejable», y en ese sentido, en todo el recorrido poético que lleva desde Naufragios hasta Frágil hay un deseo reiterado de dejar de ser yo, de ser otro, otro cualquiera, alguien a quien se observa desde la ventana.

Cualquier vida, no ésta,
en un tiempo distinto.
Cualquier lugar, no aquí.
Alguien que no sea yo.

dice en el poema “Inscripción” haciendo expreso ese deseo, y en otro poema, “Vanitas”, no sin un cierto alivio, concluye

Ahora soy el que quise:
nadie.

Un “nadie” que, al mismo tiempo, y ya para terminar, deja abierta la posibilidad de llegar a ser cualquiera, de llegar a ser todo el mundo, y ése puede que sea, en definitiva, el género de invisibilidad que busca Javier Rodríguez Marcos, y el que debería, quizá, perseguir todo poeta, llegar a ser un molde, un vacío, un hueco que cualquiera, especialmente aquellos que, algún día, lean sus poemas, pueda ocupar, en el que pueda sentirse cómodos y utilizarlo, aunque sólo sea unos instantes, como un mirador desde el que otear el mundo.

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