Alguien que no conozco,

alguien, diría,

que en realidad no existe,

se llegará hasta aquí

en una tarde idéntica de julio

tras haber recorrido

la asequible distancia que separa

la callada ciudad de este paraje.

Se desviará después por el mismo camino

y abrirá, como yo, la misma verja.

Bajará muy despacio el tortuoso

sendero que flanquean

bancales de cerezos.

Cruzará el puente.

Escuchará el sonido de las aguas

que corren río abajo confundido

con el fresco batir de la aliseda.

Se sentará un momento bajo el porche

a respirar la sombra del verano.

Tras el umbral, el arco de las rosas

y, más allá, la mesa construida

con la gastada piedra de molino

que un día levantamos con poleas

hasta la posición que la sostiene.

Sobre ella, y sobre el suelo

de lajas de pizarra, la parra donde cuelgan

-verdes y ácidos- racimos de uvas dulces

en septiembre.

La casa, en su penumbra,

ocupará sin duda el mismo sitio

que hace siglos sus dueños eligieron.

Si siguiera subiendo, y si luego dejara

a la derecha algunos huertos,

llegaría al estanque. Estará, como hoy,

el agua quieta, reflejada

en el ocre de los muros

y en el verde brillante de las ramas

de la viña y los árboles frutales

que entera y por completo la rodean.

Podrá anegarse crédulo

en sus aguas oscuras;

contraerse aterido

en las frías corrientes

que disfraza su fondo.

Ya en lo alto, en el extremo norte

de la finca, junto a higueras fecundas

y carrascas y robles y retamas y zarzas,

podrá admirar, casi a vista de pájaro,

una imagen completa del lugar.

No sé qué sentirá cuando contemple,

a solas y en silencio, cuanto ve,

pero acaso coincida con lo mismo

que ya he sentido yo o quienes antes

pasaron por aquí.

Un sentimiento semejante

a lo que un monje podría llamar Dios;

los pintores, color; un arquitecto, luz;

el escultor, vacío; un filósofo, el ser

y un poeta, tal vez,

la verdad, la belleza.

*     *     *

En Mecánica terrestre

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