Imagina dos trenes

rodando en la alta noche,

que se cruzan de golpe

camino cada cual de su destino.

.

En cualquier parte,

en medio de un empalme en ningún sitio,

por vías oxidadas, los vagones,

de pronto, se detienen.

.

Miras por el cristal y allí,

en lo negro,

se ilumina una cara justo enfrente.

.

De momento has pensado que es la tuya

reflejando tu insomnio y tu cansancio.

Es una sensación. Dura un instante.

.

Te fijas con cuidado en la ventana

y el rostro que se enciende al otro lado

es, sin duda, de otro.

De una oscura mujer, para más señas.

Es hermosa, te dices, mientras miras

sus ojos en los tuyos duplicados.

.

La escena es momentánea.

Tras un ruido metálico

y muy seco, el movimiento

empieza a separaros para siempre.

.

Ninguno de los dos hacéis ya nada

que impida lo que es inevitable.

.

Con el ruido del tren y el traqueteo

supones que pensabais en lo mismo:

que fue un vano espejismo,

que fue un sueño.


En Desde fuera

 

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