Algunos sábados por la mañana, mientras preparo el desayuno mirando de reojo la así llamada Plaza del Concejo, donde vivo, noto cómo de repente la luz se condensa, el aire se detiene y las hojas de la acacia suspenden, por un instante, su azaroso balanceo. Es una sensación fugaz, casi imperceptible, que apenas dura unas décimas de segundo, pero sé que es cierta, que es real, que no es, en modo alguno, fruto de una alucinación o un espejismo. Para que se hagan una idea, recuerda un poco a las célebres escenas de lucha de Matrix, esas en las que la acción se queda detenida mientras la cámara se desliza haciéndonos cambiar de perspectiva. Sin duda es un fenómeno extraño que -estoy seguro- a más de uno haría pensar en un pliegue en el espacio-tiempo, pero a mí, después de cerca de diez años viviendo en ese lugar, ya no me sorprende, pues sé que lo único que sucede, en realidad, es que el poeta Álvaro Valverde regresa, rozando la velocidad del sonido, de comprar la prensa con sus correspondientes suplementos culturales.

Si comienzo contándoles esta anécdota insustancial, y que se pretende simpática, es, en primer lugar, porque, sinceramente, yo no sé qué pueda contarles de nuestro vecino, el poeta Álvaro Valverde, que no haya sido dicho ya, en este mismo lugar o en otras salas o auditorios de la ciudad, por antecesores míos, presentadores mucho más perspicaces y con mucho más criterio que yo, como Gonzalo Hidalgo, Serafín Portillo o Jordi Doce, pero también porque siempre me ha parecido que hay un, cuanto menos, curioso contraste entre esa, podríamos decir, velocidad vital de Álvaro -que no sólo se maniesta en el apresurado ritmo de sus ya célebres paseos- y la lentitud de su poesía, y me refiero, al hablar de lentitud, tanto al proceso creativo en sí -diez libros de poesía en treinta años son signo de una escritura demorada, paciente, sin prisas- como a la actitud meditativa, reflexiva, lenta, a fin de cuentas, del sujeto que protagoniza sus poemas.

En este sentido, como se ha dicho en numerosas ocasiones, la poesía de Álvaro Valverde se inscribe en la llamada poesía meditativa o de la meditación, una poesía a medio camino entre la experiencia y la reflexión, en la que, como él mismo ha señalado en “Leyéndome a mí mismo”, texto escrito para el ciclo “Poética y Poesía”, de la Fundación Juan March, “el tamiz de la segunda [la reflexión] traspasa a la primera [la experiencia] y lo que nos ha ocurrido (lo que es suceso) queda filtrado por la contemplación (el pensamiento)”, siendo su resultado, como también señala acto seguido, “un poema que no se queda detenido en un mero nivel primario (simple, anecdótico), y que permite, además, superar de buen grado el peligro que acecha a la poesía exclusivamente reflexiva […] donde el hermetismo, la frialdad o la incomunicación impiden cualquier otro acercamiento que el puramente intelectual”.

Su poesía es, pues, fruto, a partes iguales, de una observación inicial y de una reflexión posterior, a menudo una reflexión intensa, encaminada a sacar a la luz el secreto envés de lo real, la secreta trama que sostiene el mundo, y a la vista de este proceso creativo, articulado en dos fases, podríamos pensar que el objeto de ese paso apresurado se sitúa en la primera, y que consiste en el acopio o acarreo de material vital, vivido, de sustancia “real” sobre la que meditar, sobre la que trabajar e ir construyendo luego, poco a poco, sus poemas.

Siguiendo este camino, y divagando aún un poco más en torno a la relación entre paseo y quehacer poético en Álvaro Valverde, podríamos decir incluso, jugando con el título de su primer libro, que en sus intensas caminatas el poeta se dedica a marcar su Territorio, un juego de palabras sin duda fácil, aunque no exento del todo de sentido, que nos lleva a destacar lo que se ha acabado convirtiendo en una suerte de leitmotiv de su obra, la noción de lugar, su particular poética del espacio, en la que la poesía se concibe, entre otras cosas, como instrumento para demarcar un territorio personal, no caracterizado necesariamente por la continuidad geográfica, que sirve, utilizando la cita de Claudio Magris que abre una de las secciones de A debida distancia, “para saber dónde se está y por tanto quién se es”, que le sirve al poeta, pues, a fin de cuentas, como instrumento para indagar también acerca de sí mismo.

Esa personal noción de lugar que caracteriza su obra, según afirma el propio Álvaro en el ya mencionado texto de “Poética y poesía”, “está indisolublemente unida a un territorio concreto: el que constituyen mi ciudad natal, Plasencia, y sus contornos: los valles del norte de Extremadura”. Sin embargo, como ya hemos advertido, la continuidad espacial no es característica esencial de su territorio poético, y, de hecho, esas calles y paisajes de Plasencia y alrededores, tan familiares para nosotros, no lo colman del todo. De él forman también parte, desde sus primeros libros, elentos traídos desde fuera, desde otras latitudes, imágenes que, puestas en diálogo, en sus poemas, con las de su lugar de origen, acaban por construir, por semejanza o contraste, un territorio poético mucho más rico y complejo que el estrictamente natal. Por lo que respecta a estos otros lugares del poeta, Gonzalo Hidalgo Bayal dice en “Leyendo a Álvaro Valverde”, publicado por Cuadernos Hispanoamericanos, que “tanto da que el poeta esté en Nápoles, en Cadaqués, en Brujas, en Madrid o en luminosas ciudades del sur: cada uno de esos lugares remite inexorablemente al origen. Y no es sólo que todos los lugares sean a al postre el mismo lugar o el único (…) -sigue diciendo Gonzalo-, sino también que vaya el sujeto donde vaya no deja de ser el mismo sujeto y no dejará de establecer conexiones (…) entre lo uno y lo otro y certificar que ir y volver sí son la misma cosa”.

lecturalavaroEn esa indagación de lugares distantes, lejanos, con los que completar su territorio, el libro que presentamos esta noche, Más allá, Tánger, constituye un paso adelante en la trayectoria de Álvaro Valverde. Frente a esas imágenes de Nápoles, Cadaqués, Brujas o Madrid que mencionaba Gonzalo, pero también de Lucerna, Venecia, Gijón o Cambridge, su anterior libro, Desde fuera, mostraba, en los siete poemas que integran la sección titulada “Sur”, dedicada a las ventosas costas de la provincia de Cádiz, una vocación marcadamente meridional. Son poemas en los que, de alguna forma, ya se intuye, al otro lado del estrecho, Tánger, poemas que, por su luminosidad, por la fuerte presencia del levante o por el claro protagonismo del que, en varios, gozan las azoteas, anticipan en buena medida estos últimos, y por eso no es raro que en uno de ellos, “Postal del Sur”, tenga su origen el título de su más reciente poemario.

Pero el paso adelante que Álvaro Valverde da con Más allá, Tánger no es solo geográfico, sino también estilístico, y es que el viaje poético de Álvaro ha venido siendo también, desde hace tiempo, el viaje hacia una mayor sencillez sintáctica, hacia una mayor claridad, hacia una mayor ligereza, hacia una mayor concisión en muchos casos, y, en ese sentido, los poemas de Más allá, Tánger continúan esa senda, ese camino hacia la transparencia cuyo referente inmediato estaría en los poemas de “Sur” a los que hemos hecho referencia, pero también, quizá aún más, en las concisas piezas de “Imaginario”, la sección dedicada, asimismo en Desde fuera, a la obra pictórica de Godofredo Ortega Muñoz, y en la que el poeta se acerca a los descarnados paisajes del sur de Extremadura con una contención cercana al haiku, contención que se repite en varios de los poemas de Más allá, Tánger, también próximos al haiku, teniendo todo ese proceso como resultado, a fin de cuentas, una colección de cincuenta poemas tan claros y luminosos como la ciudad que el poeta pretende retratar.

Haciendo un inciso antes de seguir hablándoles de Más allá, Tánger, les diré que en alguna ocasión me ha surgido la duda de si, con tanto insistir en la idea de territorio, en la noción de lugar o en la poética del espacio, no se estará dejando en un inmerecido segundo plano el que, a mi modo de ver, como sucede con la poesía en general, con la épica y la lírica, con la elegiaca y la celebrativa, es el tema fundamental de la obra de Álvaro Valverde: el tiempo. A este respecto, invocando la autoridad del buscador de Word para respaldar mi tesis, les diré, como simple curiosidad, que mientras que, en su poesía completa, el término “lugar” aparece un total de 105 veces, la palabra “tiempo” lo hace 152, y que si la palabra “viaje”, lugar común de muchos de sus poemas, se encuentra hasta en 75 ocasiones, los términos “memoria” y “olvido”, no menos importantes, y rotundamente ligados al tiempo, lo hacen en 106 y 51 respectivamente, aunque también podemos invocar, como argumento a favor, el poema “Del tiempo”, de Mecánica terrestre, una suerte de resumen o enumeración de lugares comunes en la poesía de Álvaro, que él mismo concluye revelando que incluso los tópicos más espaciales -valga la redundancia-, como “el sosiego y la sombra de los muros de Yuste”, “el rumor de las aguas de una oscura garganta” o “transitar por las calles de Plasencia en verano”, vienen a hablar, a fin de cuentas, como el título del poema ya anticipa, del tiempo.

La poesía de Álvaro Valverde se caracterizaría, pues, por su vocación de abordar el tiempo desde el espacio, por el intento de amarrar la memoria a unos lugares que, como escenarios vivos del pasado, forman parte de la identidad del poeta. Buena muestra de ello sería otro lugar común en la poesía de Álvaro, el jardín, que, según Gonzalo Hidalgo, en el texto mencionado antes, “es el espacio propio, propicio y apacible, en el que se reconoce la memoria, el ser que ha sido, donde se funden los motivos del locus amoenus y el tempus fugit en una suerte de tempus amoenus (…) que es el tiempo de la contemplación y de la meditación y a menudo el instante de la revelación; pero también es el sitio cerrado, inaccesible, secreto, clausurado, prohibido, en el que se enseñorean las ruinas y crece la maleza”. Otro ejemplo de esa estrecha relación entre espacio y tiempo, entre el lugar y la memoria, ligada además a otro importante lugar común, las ruinas, sería la hermosísima imagen del poeta inglés Thomas Ernest Hulme hecha suya por Álvaro tanto en el poema “Travesía del Colmenar”, de Plasencias, como, mucho antes, en “Estela”, de Ensayando círculos, poema que pueden leer ustedes en el cuadernillo y que termina con los versos

Viajero que ahora pasas,

ten presente

que estas ruinas fueron

andamios una vez,

hombres silbando.

Dicho esto, cabría preguntarse, volviendo a Más allá, Tánger, qué tiempo pretende recobrar Álvaro Valverde con ese salto al otro lado del estrecho, o, lo que viene a ser lo mismo, dada la estrecha vinculación entre las nociones de tiempo y espacio, qué lugares pretende rescatar para cubrir un hueco -utilizando la imagen de uno de sus poemas- en el puzle incompleto de su territorio poético.

Para responder a esta pregunta hemos de sumergirnos en la temática del libro, un libro unitario y con una fuerte carga narrativa que, a lo largo de sus cincuenta poemas -casi cincuenta capítulos-, nos cuenta la historia de un viaje, de un reencuentro, de un regreso a Tánger para rescatar, para la memoria, los escenarios de un tiempo perdido. Pero Más allá, Tánger, a pesar de la transparencia, de la aparente sencillez de sus poemas y de esa fuerte carga narrativa, es un libro complejo e intensamente poético. En primer lugar, porque el relato de ese viaje de regreso, tema fundamental del libro, encierra en sí muchos otros viajes anteriores, el viaje a Tánger del suegro del poeta huyendo de la victoria nacional, el doloroso retorno, muchos años después, con su familia, dejando atrás un territorio esencialmente feliz, el de la infancia, y algunos otros viajes posteriores, apenas mencionados al hilo de algunos versos, que apenas habrían servido para mitigar un poco la saudade. Pero la complejidad no acaba ahí, en ese juego de veladuras, de viajes de ida y vuelta entre Extremadura y Tánger, pues, dispersos entre los poemas que formarían parte de -por decirlo así- la narración mayor, la de los episodios del reencuentro, hay multitud de poemas breves, o no tan breves, que dan cuenta de las impresiones del poeta al llegar a la ciudad africana, poemas cargados de color, de luz, de aromas, junto con pinceladas etnográficas y referencias a los baluartes del mito cultural que aún sigue siendo Tánger que confieren al libro una enorme riqueza temática, y, además, si nos centramos en los -podríamos decir- poemas mayores, podemos ver cómo en ellos, enriqueciendo la narración, se suceden las piezas en presente y en pasado y, lo que es más importante, se suceden también dos voces poéticas, la del propio Álvaro y la de su mujer, Yolanda, unas veces en forma de monólogo, otras, cuando habla a veces el poeta, en una suerte de diálogo, haciendo de Más allá, Tánger un libro poliédrico, caleidoscópico, coral.

A este respecto, al hablar de la obra de Álvaro Valverde, nos hemos dejado en el tintero, entre otras muchas cosas, dos aspectos muy característicos de su poesía, como son el uso del monólogo dramático y de poemas escritos en segunda persona del singular, a modo de diálogos del autor consigo mismo o con el lector. Pues bien, estos dos recursos, tan ampliamente utilizados por Álvaro en libros anteriores, resurgen ahora en Más allá, Tánger con una intensidad inusitada. La técnica, precisa y ajustada tras muchos años de empleo, es la misma, pero su sentido es, creo, más profundo y, de algún modo, más real o verdadero, en el sentido que se da a lo real y verdadero normalmente, en el día a día, más acá de la Literatura. Centrándonos tan solo en el monólogo dramático, si en la obra de Álvaro Valverde la técnica suele surgir, en palabras de Jordi Doce, “al hilo de otras vidas, en general de escritores y artistas en los que el yo del poeta descubre afinidades o paralelismos”, si el recurso, según las palabras del crítico, es “empleado con vocación casi siempre autobiográfica (o como espejo donde rastrear huellas de uno mismo)”, cuando el monólogo dramático aparece en Más allá, Tánger me atrevería a decir que no hay afinidad, paralelismo o espejo alguno en el que se mire el poeta, sino la más pura y sincera identidad, esa que algunas parejas, no todas, logran al cabo de los años, cuando los pasados de uno y otro se funden, se confunden, haciendo que sintamos como propios recuerdos de momentos y lugares no vividos, pero que han sido, sí, vividos por el otro y compartidos en incontables ocasiones. Eso hace que cuando Álvaro habla por boca de su mujer en Más allá, Tánger, sea difícil hablar de artificio o de impostura, pues de algún modo habla de sus propios recuerdos, de sus propias sensaciones, de recuerdos y sensaciones que, de algún modo, ya son suyos, y eso hace, permítanme para acabar, quizá, la cursilada, de Más allá, Tánger, dentro de una obra, la de Álvaro Valverde, tan esquiva normalmente al tema amoroso, su más largo e intenso poema de amor.

Dicho lo cual, y volviendo al principio de la presentación, porque siempre es bueno, y eficaz, en estos casos ensayar círculos, les advierto, ya por último, que quizá la única manera que uno tenga de caminar a la par del poeta sin perder el aliento sea leyendo sus versos. Por eso les aconsejo que no pierdan ahora la ocasión de pasear con él, tranquilamente, en este libro por las calles de Tánger, pues si pretenden hacerlo más allá de las páginas, por las bucólicas riberas del Jerte, por ejemplo, les aseguro que les va a resultar difícil.

Anuncios