Antónia se agacha en la calle, y el ruido de la orina amarronada va empapando el suelo. Cae un sol de justicia y todas las ventanas de todas las casas están cerradas por dentro, no hay nadie en la aldea, y las plazas vacías parecen viejas fotografías.
Rosa está con su abuela, y le da mucha vergüenza es­tar allí, en medio de la calle, con ella. Separa un poco los pies cuando la orina le toca las suelas de los zapatos, pero no puede separarlos tanto como querría, porque Antónia se aga­rra a su vestido para mantener mejor el equilibrio.
En situaciones como ésta es cuando más echa de me­nos a su abuelo. Si estuviera vivo, las cosas serían distintas. En ese momento le viene a la memoria el día que se tiró al pozo.
Rosa tenía casi cinco años cuando su abuelo, con aliento de aguardiente, le dijo que enseguida volvía, que no tardaba nada. Entonces se dirigió al pozo cojeando y se dejó caer de cabeza. El cuerpo se golpeó contra las paredes de piedra, pues era verano y había poca agua. Rosa se quedó parada, sin saber qué hacer, pero después de unos minutos con el cuerpo temblando bajo el sol, fue hasta el brocal y lo llamó. Cuando la abuela la encontró, aún lo estaba llaman­do. El viejo flotaba en el fondo, con un brazo torcido sobre la cabeza y parte de la camisa arrancada, tras quedar engan­chada en las paredes del pozo.
Al parecer, la muerte siempre aflora a la superficie.

..

Al fondo, una nube de polvo anuncia el paso de la guardia. El cabo conduce con el brazo fuera y un cigarro en la boca. A su lado, el sargento Oliveira silba al tiempo que se da palmadas en los muslos, creando una suerte de percu­sión. Paran en el arcén, bajo el calor de las primeras horas de la tarde, cerca de un olivo grisáceo cuya sombra apenas le basta a sí mismo. El cabo sale del coche y se apoya en la puer­ta. El calor del metal hace asomar a sus labios unos tacos. Se aparta de un salto y escupe a un lado. En el suelo hay una zorra muerta, y el guardia le da la vuelta con la punta de la bota. No hay sangre y casi no hay insectos, sólo unas pocas hormigas sobre los ojos y la boca del animal. Acaba de morir, piensa. Ni siquiera huele mal. La coge por la co­la, mete la cabeza por la ventana y dice:

—Acaban de atropellarla.
—¿Eres tonto o qué? Saca eso de aquí.
El guardia mantiene el equilibrio con la mano iz­quierda y lanza la zorra por encima de un olivo. El cadá­ver choca contra una rama, queda prendido entre las hojas unos segundos y se desploma sobre una valla de alambre de espino. El sargento Oliveira baja del coche y se en­ciende un cigarro, apoya una bota en el neumático trase­ro y los brazos sobre la rodilla. Cuando acaba de fumar, los dos guardias entran en el coche y se dirigen hacia la aldea. Pasan por el cementerio, conduciendo muy despacio hasta la plaza del jardín. La oficina de correos acaba de abrir y Manuel Moita se dirige hacia allí. Tiene ochenta y tres años, alzheimer, y va a la oficina de correos varias veces al día para saber si le ha llegado correspondencia. Los em­pleados son pacientes y lamentan tanta insistencia, que le viene de la soledad y la enfermedad.
Los guardias sonríen al verlo. El cabo pita, y el sar­gento Oliveira saluda con señas al viejo, que se asusta y se arrima a la pared. Entonces, entre la confusión de su cabeza parece reconocer aquellos rostros y los saluda también; lue­go reanuda el paso, pero en el sentido contrario. Ya no recuer­da que se dirigía a la oficina de correos, y regresa a casa.

..

Antónia todavía está en cuclillas, agarrada al vestido de su nieta, cuando el coche de la guardia se acerca a ellas. El cabo quiere parar y salir.
—Deja en paz a la vieja —le dice el sargento.
—Está meando en la calle.
—Pero ¿no sabes quién es? Hace dos años que estás
aquí ¿y aún no has oído hablar de Antónia?
—No.
—Un día te lo cuento.
—Cuéntamelo ahora.
—Para el coche ahí, a la sombra.
El sargento enciende un cigarro y echa el humo por la ventana.
—Hace unos años hubo una serie de asesinatos aquí, en esta zona. Todas las víctimas tenían objetos corrientes cla­vados en el cuerpo. A un hombre lo encontraron con una
cuchara de palo clavada en el cuello; a una mujer, con tro­zos de un cántaro de barro clavados en los muslos…, cosas así. El capitán estaba obcecado con los crímenes y sospecha­ba del marido de Antónia, Gago, que era ganadero. Siem­pre que el capitán lo veía por los campos, lo metía en el jeep y se lo llevaba al puesto. Allí le daba una paliza. Una vez lo tiró al suelo y pasó con el coche por encima de su pierna. El hombre se quedó cojo para el resto de su vida y ya no pudo trabajar más. Gago estaba desesperado, siempre anda­ba asustado. Hasta que un día se tiró al pozo de su casa. Es­taba con su nieta, que lo vio todo. La chiquilla no tenía más de cinco años. A la nieta y a la abuela les quedó una pensión miserable, y viven de eso y de cuatro hortalizas que crecen en el huerto. Pero ahora la vieja ya casi ni puede trabajar la tierra, y yo creo que pasan hambre. Todo fue un gran malen­tendido, sobre todo porque dos meses después de la muerte de Gago se descubrió al asesino, o mejor dicho a la asesi­na. Era la propia mujer del capitán. Una historia de locos. Imagínate: sólo mataba para atraer la atención del marido. Por eso utilizaba objetos cotidianos. Cuando se casó con el capitán, como pasa en todas las relaciones, entre ellos ha­bía mucha pasión. El capitán de vez en cuando le regalaba flores del campo y la llevaba a buenos restaurantes a comer carne de caza o mariscos. Pero, como suele ocurrir, la cosa se fue diluyendo en la rutina hasta que no quedó relación ni nada. Así que de esa forma la mujer consiguió que el capi­tán volviera a pensar en ella; consiguió que sólo pensara en encontrarla, que se obcecara con ella. Pasó de no hacerle ni caso a ser otra vez su razón de vivir. Sin él saber, claro, que el objeto de su obsesión era su propia mujer. Pero eso a ella no le importaba, porque volvía a sentirse deseada. Estaba loca de remate. Es lo que tiene la soledad. Cuando el capitán se enteró, ni pestañeó. Sacó la pistola y se voló la cabeza. Había trozos del capitán hasta en el ventilador del techo.


Después de oír la historia, el cabo arranca el coche y chasquea la lengua.
—Es hora de volver a casa —dice.
Al fondo, Antónia y su nieta caminan cogidas de la mano. Junto a la carretera hay una estatua de la Virgen con las manos juntas en oración. A los tres años, Rosa creía que
la estatua tenía las manos en aquella posición porque aplau­día. Ahora, claro, ya no lo cree.

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