Y ahora subo las escaleras, salgo a la terraza y siento el aire seco de la madrugada que limpia mi cara del entresueño producido por el alcohol y la hora tardía. Un murciélago zigzaguea por encima de las cabezas de mis amigos, como si los inspeccionase inquieto desde lo alto, y vuelve a desaparecer en las sombras. Es de noche, en Madrid, en mi terraza, estamos bebidos, en ese momento que tanto me gusta en el que la gente discute sin mucho tino, en el que todos están más alegres o más tristes de lo que se permiten a diario, sin llegar a ser violentos ni a romper a llorar ni a cantar. La noche (más bien el amanecer, porque hay un filo rosado que bordea el cielo allí, al otro lado de Madrid, más allá de la estación de Atocha, de Vallecas, de los paralelepípedos alineados sobre lo que, desde aquí, parecen los confines de la ciudad) se ha vuelto lenta, como nuestras lenguas, como nuestros párpados, todos los movimientos ligeramente ralentizados; la mano de Fran atusando sus propios cabellos mientras dice: «No sé, tío, no sé», probablemente porque ya incluso se le ha olvidado de qué estaban hablando y sólo le queda esa pesadumbre que arrastra de un día al siguiente, y que se le escapa en cada broma o que a veces, cuando se pone melancólico, pretende que es pesar por el estado del mundo y no el luto por sí mismo, por las propias ilusiones difuntas, que lleva desde hace tanto tiempo.

—No, otra vez no —Javier arroja la servilleta sobre la mesa, empuja la silla y su propio cuerpo hacia atrás, hace ademán de levantarse, pero aguarda, porque los discursos
de Fran le exasperan y al mismo tiempo le permiten responder con su propia rabia; la suya, al contrario que la de Fran, no es una rabia dirigida contra el mundo, sino individual, contra cada una de las personas que lo componen. Por eso, mientras que Fran suele expresarla lentamente, sin aspavientos, casi volviéndola hacia sí mismo, porque el mundo no está allí para recibirla, Javier, que vive su malestar como una afrenta personal, da voces, resopla, insulta, ataca al contrincante; para él cada discusión es un combate de boxeo—. Otra vez no, ya nos lo sabemos.

—Es que todo es una mierda, puro capitalismo. Tenemos un rey fascista, un Gobierno fascista…

—Así no se puede discutir. Si empiezas con esas gilipolleces mejor no seguir.

—Nuestra economía es fascista.

—Y lo dices tú que trabajas para el Banco de Santander. Olé tus huevos.

—Por eso, conozco el sistema desde dentro. Todos delincuentes.

—Pues salte, nadie te obliga a trabajar para el Santander.

—Ya…

—Y no me vengas con el colegio de tus niños o la universidad. Porque eso ya lo oigo desde que te conozco. Viva la revolución, pero colegio privado para los chicos, y
el inglés en Londres y el máster en…

—El inglés en Nueva York, prefieren la capital del imperio. Mis hijos saben lo que quieren.

—Pues Nueva York. Mejor me lo pones. Vete a la mierda. Y cuando puedas decir algo coherente, vuelve.

Fran se asoma con una media sonrisa al fondo del vaso. ¿Qué haría si dejase su empleo en el banco? ¿Cuál sería su estrategia para continuar siendo pasivamente infeliz?Me encantan nuestras discusiones inútiles, el gusto por la repetición, que nos recuerda quiénes somos. No conversamos para llegar a una conclusión, sino para escuchar al otro rebatir cualquier argumento nuestro, saber que que podemos contar con él, que no nos va a dejar solo con nuestras contradicciones.

Hemos superado los cuarenta, los seis, asomados ya a ese caer, hundirse desde lo alto si es que alguno llegó a lo alto, asomados también a las posibilidades, a una promesa de cambio. Cuarenta, bien mirado, no es tanto; a veces aún levantamos la cabeza y nos preguntamos: «¿Porqué no?, todavía estoy a tiempo», y husmeamos como perdigueros un rastro entre los matojos que han ido creciendo en los caminos abandonados, porque hace años que transitamos la misma carretera, sin atrevernos a meternos en un desvío. Y después de atisbar esa posibilidad continuamos rumiando con placidez nuestras vidas, ni muy felices ni muy infelices: moderadamente satisfechos, hacemos la digestión de nuestros sueños.

Cuarenta es la edad maldita, no la adolescencia, como se supone, tampoco la vejez. En la adolescencia sientes una rabia creativa que no te ata a la silla ni al recuerdo de tiempos supuestamente mejores e incluso el miedo que sientes es un combustible que te mantiene vivo, que te hace buscar la puerta de salida o de entrada, y si te deprimes piensas que no eres tú el responsable de ese desaguisado que es el mundo: cuando eres adolescente son siempre otros los culpables. Mientras que un anciano ha tenido el tiempo de irse cargando de culpas y de ir asumiéndolas, de conformarse con las propias limitaciones… Ahora, justo cuando estaba pensando esto, Javier ha insultado a Fran porque lo que dice no tiene sentido, y no hay nadie más convencido del sentido
de las cosas que Javier, y le echa en cara que es tan radical porque así no tiene que actuar: «Como todo es una mierda, ¿para qué vas a mover un dedo?», le dice, y horada el aire con el suyo. Me dan ganas de abrazarlos a todos, de consolarlos, de quererlos por encontrarse tan perdidos. A esta hora las luces de los edificios cercanos se han apagado, también el campanario de San Cayetano, y la única luz cercana es la que emana de mi terraza: somos la balsa de la Medusa en el oscuro océano de nuestra embriaguez.

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