Yo no había escuchado nada. Aunque suelo padecer de insomnio, precisamente esa noche dormía profundamente –con ayuda de media tableta de Tranquimazim– y creo que no me habrían despertado ni los golpes ni los gritos. Fue Alicia, mi mujer, quien me despertó sacudiéndome suavemente un hombro.

–¿Duermes?

–Claro que duermo. ¿Qué pasa?

–¿Cómo puedes dormir?

No estaba aún del todo despierto y tenía una sensación desagradable, quizá residuo de un sueño que ya no recordaba, así que me irritó que Alicia se pusiera a conversar conmigo sin la menor consideración.

–Para un vez que puedo…

–Chasqueé la lengua con disgusto. Ella también chasqueó la lengua como un eco y repitió la pregunta.

–¿Cómo puedes dormir?

Entonces me di cuenta de que su voz estaba cargada de reconvención. No era una mera pregunta, era una crítica. Enseguida me sentí culpable, aunque no sabía de qué; mi especialidad es sentirme culpable por todo. Me di la vuelta –suelo dormir hacia el lado opuesto a ella, porque me desvela verla dormir– y descubrí que no estaba tumbada, sino sentada, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas formando un montículo ante su pecho.

–Pero ¿es que no oyes?

Estaba llorando. Se limpiaba los ojos con un pico de la sábana que empuñaba entre las manos y que se iba volviendo azul al contacto con el rimel. Normalmente me molesta que se limpie los ojos con lo que tiene a mano –nuestras toallas están llenas de manchas azules indelebles–, pero tenía tal expresión, mezcla de dolor y de miedo, que no me atreví a mencionárselo. Alicia miraba hacia la puerta de nuestra habitación como si creyese que esa endeble plancha de madera era lo único que nos separaba de algo horrible que estaba sucediendo del otro lado, de algo que podría atravesarla de un momento a otro.

–Eh, cariño, ¿qué te sucede? ¿qué tienes?– le pregunté en tono afectuoso y me senté a su lado, apoyando también la espalda contra la pared, que se me antojó húmeda. –¿Una pesadilla?

–Llevan más de una hora así– respondió aún con la vista clavada en la puerta y la misma expresión de temor, obligándome a quedarme mirando yo también en esa dirección. No me habría extrañado que el pomo comenzase a girar. Por debajo de la puerta entraba una rendija de luz –el pasillo del hotel se quedaba iluminado toda la noche– y yo busqué algún movimiento de sombras, un indicio que materializase la amenaza. Pero no había nada detrás de la puerta. Lo que asustaba a Alicia se encontraba más lejos, y poco a poco comencé a percibirlo.

De algún lugar del edificio llegaban ruidos, como si alguien estuviese desplazando muebles de un sitio a otro. Sonó un golpe difícil de identificar: ¿algo pesado y blando que había caído al suelo? Alicia buscaba en mi cara la confirmación de que a mí también me parecía terrible lo que sucedía. Hice un gesto de extrañeza y seguí escuchando. Podía ser una pelea; patas de muebles rechinando contra el suelo al ser empujados; golpes difíciles de atribuir a un acto concreto, cosas que caían; la única voz que se oía era de mujer; parecía quejarse, a ratos llorar, a ratos maldecir. El miedo de Alicia se me contagió. Me levanté a comprobar que el cerrojo estaba echado. Lo estaba, aunque tan sólo se sujetaba al marco de la puerta mediante dos tornillos diminutos –en realidad, debía de llevar cuatro, uno en cada esquina de la pequeña plancha de metal, pero los otros dos se habían perdido–.

–¿No vas a bajar?

–El cerrojo está echado, no te preocupes.

Volví a meterme en la cama.

–Deberías bajar a ver.

–Alguien llamará a la policía. Estas cosas son frecuentes.

–No es eso. Digo que tendrías que bajar.

–Alicia, ¿qué es lo que nos han dicho desde que hemos llegado? Tana es una ciudad peligrosa, todos lo dicen. No nos atrevemos a salir a la calle por la noche… ya has visto la gente que se ve por ahí en cuanto oscurece…

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