Todos duermen. Sus ojos dos caracoles
resguardados del fulgor de lo oscuro. Y sueñan,
seguro que sueñan, se escapan, de mí,
que tanto les amo.
Sus manos, muertas ahora y blandas
-como culebras ahogadas en un charco-
de día desgarran el vientre del mundo,
sus manos armadas de diez cimitarras;
son jóvenes, sí, son jóvenes,
y por eso no agradecen ni recompensan. Para ellos la vida
es un huerto sin dueño.
En el nombre de Dios les damos las migas
que escapan de bocas felices, ah, tan felices,
y ellos devoran su parte
aun sin hambre, pues no aprendieron a elegir
o rechazar, ellos, que sólo saben
de órdenes y amenazas.
Soy yo quien apacigua sus pasiones
y temores -a veces con sangre, otras basta una mirada-
yo el capitán de este buque encallado
en pantanos sin fondo, yo
capitán de esos cuerpos que pecan
entre sábanas tibias
de mugre, de ansia, y yo velo,
con los ojos cerrados también, para oler
ese flujo de miembros, la carne que huye en el sueño
a una infancia que nunca tuvieron.

(Yo tampoco. Yo tampoco.)

Recorro el pasillo en silencio. En cada cama dos,
tres cuerpos. En cada cama un racimo
de futuros ciertos y crueles.
Mi garganta se cierra, mis manos no tiemblan
cuando acarician los cabellos sucios
de esas sucias vidas, las suyas. No tiemblan,
se abren, como una pregunta, también
como una dádiva.
Esos niños míos, todos míos,
yo capitán, timonel, les llevo, arrastro,
más allá de esta ciénaga, les beso,
sí, les beso en la boca
en el nombre de Dios.

Podría decirse que se mueren de tanta sorpresa.
Es, claro, una manera de hablar.
Pero es que lo he visto tantas veces.
Llegan, pintados, feroces,
presentando el pecho como escudo,
blandiendo la voz como un arma arrojadiza.
Son hermosos, más que nosotros, y lo saben.
Como también saben que su brazo
es más fuerte que el nuestro.
Setenta yardas son una distancia infinita;
se saben, se creen, inmortales
a setenta yardas.
Unos pasos más y la lanza
saldrá de su mano con su mortal mensaje.
Sonríen de odio, viéndonos ya heridos,
vencidos,
muertos.
De ahí su sorpresa,
de ahí esos ojos, siempre los mismos,
girando asombrados, la nariz dilatada, la boca
a punto de enunciar la pregunta.
Yo creo que ni les duele. Cuando su vientre revienta
no es dolor lo que sienten.
Lo sé, lo he visto tantas veces:
solo quisieran una explicación, que alguien les diga
por qué se están muriendo si aún estábamos tan lejos.
Es por eso que continúan corriendo,
que tienden sus manos hacia nosotros,
sin siquiera ocuparse de recuperar las vísceras
que cuelgan de su cuerpo.
Son tantas preguntas las que quisieran hacer,
que no les caben en tan pocos segundos.
Todo ese esfuerzo para luego caer en el polvo,
su sangre mojando la tierra sedienta. Y se mueren,
-quizá aterrados, el mundo ahora un auténtico enigma-
mueren sin saber qué es un rifle para matar elefantes.

(En Biografía del explorador)

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