Marta se miró desnuda en el espejo de cuerpo entero colgado justo enfrente de la cama. No estaba nada mal para sus cuarenta y tres años. Sí, las nalgas algo más caídas y dos pliegues junto a la boca que se iban ahondando de año en año; pero ni un gramo de grasa (en general, Marta se alimentaba de verduras y no probaba el azúcar). Y unas tetas no muy grandes, aún tiesas, aún no vencidas por la ley de la gravedad, ley implacable que había ido alargando las de muchas compañeras suyas como si fuesen dos globos llenos de agua. Tenía todavía cara de niña, tanto que las señoras en las tiendas se dirigían a ella llamándola “chica”, aunque a menudo no había una gran diferencia de edad entre ellas. Y tenía también el vello púbico espeso, negro y perfectamente recortado. En las playas nudistas los hombres se paseaban con excesiva insistencia por delante de ella, mirándole casi sin disimulo allí mismo, como gatos alrededor de una pecera. No estás nada mal, se dijo, aunque no se encontraba nada bien. Pero eso era por otros motivos. Se puso la falda corta blanca, una camiseta, los zapatos deportivos, y sacó la raqueta de debajo de la cama. Al salir de casa echó la cerradura antigua y la de seguridad que había instalado poco tiempo atrás, después de que intentase forzar la puerta aquel albañil medio loco.

Marta se sentó en el banco situado entre las dos pistas; había llegado con diez minutos de antelación y, en lugar de aguardar afuera, prefirió ver los últimos pelotazos de las parejas que aún estaban jugando. Aprovechó para atarse bien sus todavía relucientes Nike -sólo las había usado cinco veces y sobre sintético- y sacó la raqueta de la funda. Vio con envidia las evoluciones de una de las parejas sobre la pista. Ella nunca jugaría así: a Marta las bolas la cogían siempre desequilibrada, demasiado cerca o demasiado lejos para echar el brazo hacia atrás -como ahora aquella chica-, agacharse un poco poniéndose casi de perfil, y soltar el brazo y la raqueta como si ésta fuese la prolongación de aquél. O eso decía el profesor que había que hacer, pero Marta bastante tenía con intentar pasar la bola al otro lado de la red. Si se paraba a pensar en la postura, ni siquiera atinaba a golpear la pelota.

La pareja cuyo juego estaba mirando sin mucha atención acababa de terminar el partido. Había ganado el chico, claro, que corrió radiante a la red en espera de su recompensa: su compañera se fue hacia él y le dio un beso demasiado cerca de los labios y medio segundo demasiado largo como para ser un mero gesto deportivo. Marta pensó que haría lo mismo luego, cuando el serbio le ganase a ella, ignorando la mano que él le tendería por encima de la red. La mujer que acababa de perder el partido sonreía sin reservas; la derrota parecía no importarle en absoluto. De haber sido al revés, el hombre ya estaría dando explicaciones: hoy no estaba concentrado, a las cuerdas les falta algo de tensión, he tenido unos fallos de lo más tontos. Pero a las mujeres no les importa perder cuando juegan contra un hombre. Al contrario: casi prefieren la derrota, y soportan fingiendo interés los consejos de su compañero sobre cómo empuñar la raqueta, dónde poner los pies al golpear a la bola, etc. A ellos les apasionan ese tipo de cosas. Perder y ser una alumna atenta es la forma más rápida de hacerse con un hombre.

Mientras los jugadores pasaban la red, alguien puso a Marta una mano delante de los ojos. Ahora tengo que adivinar que es él -¿quién va a ser, si no, si he quedado con él aquí y a esta hora?-.

-Carlos- dijo, por fastidiarle; para acercarse a ella había que ser un poco más original; oye, no es demasiado pedir, un poquito de esfuerzo, que una tiene su dignidad.

Las manos se separaron de sus ojos y cuando Marta se dio la vuelta se encontró con la sonrisa levemente dolida de Zoran.

-Ah, qué tonta, no sé por qué me acordé de Carlos, que me hacía esa broma muy a menudo.

-¿Un amigo? —indagó Zoran con una entonación perfectamente plana.

-Sí, un amigo. ¿Estás listo? Hoy te voy a dar una paliza.

Comenzaron a intercambiar los primeros golpes. Marta, hasta un par de meses atrás, no había jugado jamás al tenis; de hecho el deporte nunca le había interesado, salvo el aeróbic, pero más por mantener una buena figura que por el placer del movimiento y el esfuerzo; y los deportes competitivos, ese afanarse detrás de un balón, ese empeño crispado por ser más rápido o más brutal que el contrario, siempre le habían parecido típicamente masculinos, algo tan ridículo como el gesto de trascendencia que suelen poner los hombres jugando al mus o con el que comentan la táctica de un entrenador de fútbol. Pero después de una separación una hace cosas que antes no le habrían atraído, quizá para demostrarse que la vida es mucho más ancha que ese conjunto de hábitos y rutinas en que con frecuencia se va convirtiendo el matrimonio, para demostrarse también que una misma es distinta, que la vida en común había ido atrofiando muchas habilidades, intereses, posibilidades. La mirada del otro, por cariñosa que sea —y sobre todo si es cariñosa- te cercena y divide. En los ojos del otro sólo cabe una parte de nosotros mismos, y la otra parte se va secando como una planta a la que no da nunca el sol. Por eso ella nunca había querido vivir con un hombre. Si lo hizo una vez, fue por mera cobardía: porque de pronto -se acercaba a los cuarenta- le había entrado el miedo a quedarse sola. Una estupidez. Un error. También está una sola viviendo con un tío. Y encima bajo control. Así les había ido. Pero estaba ya harta de rumiar esa unión catastrófica, no tanto por su desenlace como por el mero hecho de haber tenido lugar.

-Te pegas demasiado a la bola- le instruyó Zoran, y reprodujo con un gesto el defecto que veía en Marta. —Hay que hacer así —gritó desde el fondo de la pista simulando golpear elegantemente una pelota inexistente.

Marta observó la pantomima, imitó a su vez el gesto, en lo que el serbio vio la diligencia, pero no la burla.

-Muy bien —aplaudió.

A Marta le gustaban las piernas de su contrincante. Delgadas pero musculosas, ni demasiado velludas ni demasiado lampiñas. Y el calzón corto, cuando se sentaba después del partido en el bar del club a tomar una cerveza, se le arremangaba un poco dejando ver el braguero abultado. Carga hacia la izquierda, había constatado Marta, recordando que en el colegio las chicas observaban a sus compañeros cuando salían a la pizarra, se fijaban en la posición del bulto que tanto les interesaba, y se comunicaban en voz baja: carga a la izquierda. O a la derecha, pero casi siempre era a la izquierda.

Marta puso todo su esfuerzo en ganar el partido, pero no ganó ni un solo juego. Al final, tras la derrota, se acercó a la red, ignoró de acuerdo con sus planes la mano tendida, y le dio un beso rozando la comisura de los labios: depositar el beso, detenerse unos instantes -huele a sudor, mira, tiembla un poquito- y luego abrir los labios con un leve ruido.

-Enhorabuena, campeón.

-Eh, hm, gracias. Tú has jugado muy bien. Aprendes deprisa.

-Sí, pero siempre pierdo. -Marta le miró con un puchero reprobatorio.

-Bueno, no te desanimes; es todo una cuestión de equilibrio; en cuanto aprendas a colocar bien el cuerpo, lo demás viene solo. Recuérdame que la próxima vez te enseñe cómo poner los pies en el momento de darle a la bola. Y cómo avanzar hacia ella.

-Sí, sapientísimo maestro- repuso Marta, haciéndole dos reverencias orientales con las que Zoran no supo qué hacer.

-¿Tienes tiempo de tomar algo?

-Sí, pero podíamos ir a mi casa; así lo acompañamos con algo de picar.

El serbio dudó un momento.

-Vivo aquí al lado.

-Vale.

Es difícil conversar con alguien sobre cuyos orígenes no puedes indagar. Sin hablar del pasado no hay forma de encontrar puntos de referencia, de situar la propia presencia en un contexto. El presente se agota enseguida y, además, es menos significativo que el pasado y que lo que se intuye como futuro. Pero ¿cómo se le pregunta a un serbio a qué se dedicaba antes de ir a España? Detrás de esa cara de chico algo simple que ha crecido demasiado deprisa puede encontrarse la historia de una familia destrozada por la guerra: padre muerto en un bombardeo, madre prisionera de croatas o musulmanes; quizá también la historia de una víctima directa del horror. ¿Cómo se pregunta a un desconocido —Marta había hablado tan sólo tres o cuatro veces con él tras jugar al tenis- si ha estado prisionero, si le han torturado, si su familia aún está con vida? Aunque si fuese esa la única posibilidad aún habría un camino: el dolor abre la puerta a la compasión, y ésta a la intimidad. Pero ese chico de movimientos torpes fuera de la pista, al que se le cae a menudo la ceniza antes de alcanzar el cenicero, que está repasando los libros de la estantería con expresión plana —la expresión de quien no reconoce y no se sorprende de que sea así- podría ser un criminal de guerra. ¿Qué se pregunta a un soldado serbio: has matado a alguien? ¿Es verdad que violabais a las musulmanas y las obligabais a parir hijos para la Gran Serbia? ¿Cómo te mira un hombre al que estás cortando los testículos?

-¿Te gusta el jamón? —preguntó Marta.

(De “Qué raros son los hombres”, de José Ovejero)

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