[PARÍS,] DOMINGO, 22 DE SEPTIEMBRE DE 1991

Trabajar, tener ocupaciones, obligaciones, es —mientras no se abuse de ello, mientras no sea una droga— un excelente remedio contra la ansiedad. Dejé París, hace diez días, angustiada; la semana en Madrid, trabajando y buscando piso, me ha puesto de excelente humor. Ahora ya estoy, en espíritu, en Madrid, aunque físicamente esté todavía —por un mes más— en París. Pienso con ilusión en el piso que he encontrado [en el barrio de Arturo Soria], en la terracita donde podremos desayunar los domingos al sol en invierno, en las plantas que colocaré, en el espacio del que dispondremos —por fin un poco de orden, imposible de mantener en un piso tan pequeño como éste—, en la habitación para invitados, en tener una mesa digna de tal nombre —cosa que nunca hemos tenido— para poder invitar a los amigos a cenar; pienso en quién vendrá a vernos, pienso en lo maravilloso que será, tres o cuatro meses al año, nadar media hora o tres cuartos en la piscina al volver del trabajo…

¿Iremos a Colombia, a la boda de Jean-Claude? Todavía no sabemos si encontraremos billetes a un precio razonable.

¿Me quedaré embarazada?

¿Cuándo terminaré la novela [Último domingo en Londres]? ¿Qué destino le espera?

¿Seré de los elegidos para pasar un mes en el castillo escocés de Hawthornden?

¿Me saldrá bien el proyecto de ese programa de libros para la televisión?…

Tengo unas ganas feroces de trabajar muchísimo este año. Entre otras cosas porque me está empezando a poner incómoda que E. vaya a ganar tanto dinero: no quiero dejarme llevar por la facilidad, por la pereza, por el «para qué voy a pasarme diez horas traduciendo, si lo que yo podría ganar, lo gana E. mucho más fácilmente, y no necesitamos mucho más». Por el contrario, que él gane dinero me tiene que servir de estímulo. No digo que ganar dinero sea mi principal motor profesional, pero sí quiero —y en estos momentos estoy muy lejos de ello— explotar mis posibilidades, explorarlas, avanzar, llegar casi al límite; no quiero pasar por la vida sigilosamente, como una espectadora. Me molesta, por ejemplo, que el agente inmobiliario con quien traté el tema del piso me llamara «señora K.» —el piso me lo enseñó a mí, y yo le había dado mi nombre; y, por separado, más tarde, el de E.— y que declinara sin más mi ofrecimiento de darle mis datos laborales y bancarios, para interesarse únicamente por los de E. Pero es evidente que no me puedo quejar, porque el machismo del caballero en cuestión no se equivoca: acierta al dar por supuesto que mi marido gana mucho más que yo, y que el piso lo podemos alquilar gracias a él y su empresa, no gracias a mí y a la mía.

Detesto la típica actitud femenina de no actuar, de rehuir las responsabilidades y quejarse interminablemente. Debo reconocer (y esto tengo que analizarlo) que lo «típicamente femenino» me exaspera la mayoría de las veces. Mi ensalzamiento, en la época feminista, de la feminidad, las mujeres, etcétera, me parece que era falso de medio a medio, que encubría aversión y desprecio. Aunque es verdad que las mujeres pueden inspirarme una simpatía, una ternura muy especiales.

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