POR UNA LIBERTAD RESPONSABLE

“Las esclavas sexuales de Boko Haram, indignadas”, dice el título. Debajo, un dibujo representa a cuatro jóvenes negras embarazadas, con cara de pocos amigos, chillando a coro: “¡Ojo con quitarnos el cheque bebé!”. ¿Qué les parece? ¿Es lícito reírse de cualquier cosa? ¿Por ejemplo, del dolor de unas adolescentes raptadas y violadas, y que todavía hoy están en paradero desconocido? ¿Es gracioso presentarlas como unas parásitas, encantadas de haberse quedado embarazadas de sus violadores porque así tienen un pretexto para vivir de la sopa boba? ¿Se imaginan chistes semejantes referidos a las víctimas de ETA, o a los periodistas occidentales secuestrados?…
Lo habrán adivinado ustedes: la portada que acabo de describir es una de Charlie Hebdo. Por supuesto -¿hace falta decirlo?-, el asesinato de los dibujantes es un crimen odioso que debe condenarse sin reservas. A mí, personalmente, me ha dolido sobre todo la muerte de Cabu, de quien recordaba sus deliciosos personajes “Le Grand Duduche”, ingenuo progre adolescente, y “Beauf”, caricatura de un tipo de francés medio, reaccionario y hortera, tan popular que se convirtió en nombre común (“esta playa está llena de beaufs”). Pero después de la conmoción y del repudio al fanatismo, deberíamos pararnos a pensar. Es bonito afirmar que la libertad de expresión es sagrada, pero habría que preguntarse si todo el mundo disfruta de ella por igual, o si por el contrario, se trata de una forma de poder reservada, como otras, a los grupos dominantes y útil para mantener ese dominio. Inmigrantes africanos (casualmente, casi todos musulmanes), madres solteras, mujeres violadas, tendrán menos fuerza social y política si los vemos como ridículos, pedigüeños, peligrosos. Lo ha escrito Todorov en El miedo a los bárbaros: “Hoy día, la petición de una libertad de expresión total es la fachada habitual de la xenofobia”; y del sexismo, podríamos añadir. Es reconfortante, ¿pero es realista?, dividir el mundo en dos: de un lado los demócratas, pacifistas, inteligentes y con sentido del humor (modestamente: nosotros), del otro unos fascistas histéricos que nos odian porque nos envidian, o más sencillo aún, porque encarnan el Mal, como el cáncer o los terremotos. ¿No sería mejor, sin renunciar a la firmeza, matizarla con la complejidad, y sin renunciar a la libertad, ejercerla responsablemente?

Laura FREIXAS

La Vanguardia, 15 de enero de 2015

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