¡Oh, qué generosidad la suya, señor Director! Le ruego que no malinterprete mi silencio, tomándolo por ingratitud o indiferencia. Soy consciente del honor que me hace dignándose
echarle un vistazo a mi currículum desde lo alto de su sillón apoteósico. Napoleón leyendo el currículum de la polilla.
Veamos. La tierra es redonda. Dos y dos son cuatro. París es la capital de Francia. Esto es un currículum. En él figura una fecha de nacimiento. No figura fecha de defunción. Conclusión: estoy viva.
Bravo, Sherlock Holmes. Además, me está usted viendo con sus propios ojos. ¿Sabía usted que Bernardette Soubirou vio con sus propios ojos a la Virgen de Lourdes? Me alegra poder añadir un granito de arena a su cultura. Y por cierto, ¿sabe usted dónde están ahora Napoleón, Bernardette Soubirou y la polilla? Le daré una pista. Están en el mismo sitio que Alejandro Magno y el esclavo que le lavaba los pies.
«Estado civil: soltera», lee usted. Está escrito, ergo est. Bravo, Santotomás de la burocracia. Pues ya ve, estoy casada. Sí, señor Director; con mi derrota. Encerradas en casa, las dos solitas, disfrutamos de una larga luna de miel. Me acaricia el pelo mientras yo lloro en su regazo; y si alguien llama, preguntando por mí, coge ella el teléfono y contesta que no estoy. ¿Qué otra cosa contestaría la ballena si alguien llamara preguntando por Jonás?
Su secretaria me tomó desprevenida. Hacía tanto tiempo que no llamaba nadie… Todo está inmóvil en mi casa, silencioso, como sobrecogido. La cama, muerta ya, patas arriba; la mesa con las sillas refugiándose bajo sus faldas, como polluelos cuando se acerca el lobo; el sofá acurrucado en un rincón abrazado a los cojines… Tienen miedo. Yo lo perdí hace tiempo: el miedo, al fin y al cabo, no es más que la otra cara de la esperanza. Se acabaron, para mí, las tentativas, las dudas, los anhelos; los fingimientos, la literatura. Prefiero la renuncia a la derrota, y el silencio desnudo al disfraz de la palabra. Había depuesto las fracasadas armas, y me abandonaba a la verdad única, última, tan simple… cuando de pronto el timbre del teléfono. Como un despertador sonando en un cementerio.
Le noto un poco incómodo, señor Director; sospecho que se está usted preguntando si soy muda o si sólo soy tímida. Me permito sugerirle una tercera posibilidad: no soy. Pero dejémoslo. Me ha servido usted una taza de café y he observado su mano. Cuadrada, musculosa, de uñas cortas. Un hombre con una mano así jamás podrá entenderlo.
Delante de mí, esta tarde, caminaba una mujer con el carrito de la compra. También sus manos eran sólidas, compactas. Manos de quien no duda, de quien vive sin más, manos que hacen cosas. Ahora estarán cortando patatas en rodajas, zanahorias en primorosos cuadraditos, con poderosas tijeras estarán partiendo el pollo… Esas manos tantearon en el bolsillo a la busca de una llave, la encontraron, abrieron una puerta, la cerraron. Naturalmente me dejaron fuera.
Empieza a hablarme, ahora, exhibiendo una sonrisa de valla publicitaria. Sospecho que me quiere vender algo. ¿Qué será…? Déjeme adivinarlo. ¿Cepillos de dientes? ¿Cordones para los zapatos? ¿Acciones de una fábrica de armas? ¿No? A ver, a ver… ¿Un puesto de monaguillo en la Iglesia Adventista? ¿Matrimonio? ¿Una enciclopedia de jardinería en diez volúmenes…? Sea lo que sea, no compro. No tengo con qué pagar: no me queda ni un céntimo de fe.
Mire, señor Director, no insita. Le juro que ya lo he intentado, se lo juro. Me levantaba por las mañanas. Decía buenos días, y buenas tardes, y hay que ver qué frío, y deme por favor un hueso para el caldo. Redactaba currículums y los mandaba a las empresas: pieza suelta busca engranaje que la acoja. Por las noches me desvestía y me acostaba. Pero ¿usted sabe…? No, usted no sabe qué desiertos tenía que cruzar a pie, qué océanos atravesar a nado, para hacer cualquier cosa. Pegar un sello, por ejemplo, es tan arduo como mover una montaña. Hay que cogerlo con los dedos, humedecerlo con la lengua,
colocarlo en el ángulo superior derecho del sobre y presionar. Parece fácil, hasta que uno se pregunta: ¿por qué en el ángulo superior derecho, y no en el inferior izquierdo, o detrás o en la pared o en la suela del zapato, si al fin y al cabo nos vamos a morir igual?
Y usted ahí, hablando, hablando, hablando… ¿De qué puede estar hablando, me pregunto, si de lo único que importa no hay nada que decir…? ¿Me estará ofreciendo un puesto? Oh, no puedo creerlo, no soy digna. Un puesto en este… ¿ministerio? ¿fábrica de tornillos? ¿burdel? ¿orfeón benéfico? ¿familia numerosa…? lo que sea, que usted tiene el honor de dirigir. Un puesto, en fin, entre los vivos. O sea, entre los futuros muertos. Gracias, no tengo prisa.
Ustedes que la tienen, ¡pasen! Muerta de risa les contemplo desde mi ventana. Les veo pasar: hombres de Estado y mendigos sin brazos. Cortejos nupciales y cortejos fúnebres. Obispos bajo palio y ratas. Y usted, señor Director, echándole al reloj ceñudas ojeadas. Lleva usted en la muñeca a su asesino. ¡Pasen, señores, pasen! Vamos a llegar al mismo sitio, aunque yo no me muevo. No quiero tomarme esa molestia. Ya vendrá.
Está viniendo. Se acercan, reptando, las paredes. Oigo cómo respiran, con una respiración maligna, ávida, jadeante. Se han vuelto esponjosas y oscuras, como hinchadas de sangre. También se acerca el árbol que hay junto a la ventana. Ya hace días que me tapa la luz. No tiene hojas, sino espinas: púas duras y afiladas como puñales. Ayer, por vez primera, una de ellas reventó el cristal. Ahora sé que ya no falta mucho.
Permítame, señor Director, que se lo diga francamente: su perseverancia me fastidia. Vamos, ¿por qué no se calla? Usted que es tan amable, tan servicial, tan fino, no querrá negarme ese favor: devuélvame el silencio. Déjeme abandonarme al fin al abrazo que ahoga. Ah, usted no conoce esa dulzura… Blandas como labios, me aprisionarán suavemente las paredes, y a través de los cristales hechos trizas vendrán a desgarrarme, colmillos amorosos, las espinas… ¡Cállese de una vez, le digo! Me enfurece su insolvencia de vivir, su ridícula pretensión de que yo también viva.
¿Por qué se calla ahora…? ¿Qué espera? ¿Qué pretende de mí? ¿Por qué me mira como si viese, como si estuviera viva, como un ser humano mira a otro? Le morderé si me tiende la mano, ¡se lo advierto! Déjeme en paz, ¿no ve que estoy llorando…? ¿Por qué acerca la mano? ¡Cuidado! La aferraría con la ferocidad de un náufrago, me agarraría a su cuello y le hundiría, tengo llenos de piedras los bolsillos. No me intente salvar: ¿no ve que es imposible? ¿no ve que usted también se está muriendo? ¿Por qué hace ver que no lo sabe? ¿O es que lo sabe…? Y entonces, entonces, señor Director, si usted lo sabe, dígamelo, no sea cruel, se lo suplico, me arrodillo, se lo ruego: ¿Cómo puede vivir? ¿Cómo se puede?

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