Aquel hombre de mirada antigua

y poemas entre las manos

apareció, de domingo, con un beso

que guardaba para depositarlo, una vez más,

sobre tu frente

hilvanada por el azul de los glaciares.

Apareció con esos ojos tibios

capaces de divisar fronteras más allá

de los muelles,

más allá

de las galerías del mar.

Regresó para reposar desnudo

sobre las arenas,

para beber el agua de lluvia que queda presa

entre las rocas y raíces, entre los sintagmas,

los libros

y los recuerdos.

(De Versos para Olimpia)

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