Esta casa mira al norte hacia las lagunas de helechos,
esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los
que piden limosna.

Juan Carlos Mestre

Crece la mañana como crece el pensamiento bajo esta lluvia.

Crece la mañana y, a veces,
en el recuerdo, la luz es como un ácido amarillo que se esparce.

Esta luz tenue que ―todavía― cae, casi sin fuerzas,
hacia este otro lado del jardín, sobre mi rostro.

Por las madreselvas de la casa.

El instante otorga agua de mar al pez herido cuando llora
y al pájaro en su vuelo de aceite,

así las voces sufren
porque llega el rumor del silencio
y se pierden
como se perdieron los grillos de la conciencia
más allá,
en los vértices de los rincones.

Hasta en la más limpia desnudez encontraremos algún motivo
para el desaliento
alzaste la voz desde el otro lado de las alambradas
o de la puerta.

Y yo te contesté con un gesto tímido de mi mano.

Sobre el pálpito amarillo de las cometas
los niños cabalgan y resoplan nerviosos junto a las nubes
y el húmedo columpio de los frutales
queda preso
en una prisión (ya lejana)
de horas baldías y barrotes ignominiosos.

Un instante
no es tiempo para dejar atrás el páramo infeliz y despoblado de
………….la tristeza

susurraste ―entre dientes― para que sólo yo te escuchara,

porque allí,
al sol, igual que una lagartija, ahora descansa el cansancio
………….de una arboleda
rota.

Tu mano bebe del zumo que dejó la lluvia en los cristales.

El soplo de luz cuando mancha los limones y los manteles
otorga vida a la casa
como un reguero de azufre que se esparce
cada vez más
y más
deprisa.

Tus ojos beben del zumo que dejó la lluvia en los cristales
y en las paredes persisten las caricias
de tus dedos
………………………indelebles.

Pero el instante es un soplo de presente que se esparce

cada vez más

y más

despacio.

Y la quietud
…………………..y la presencia,

como la fruta,

nacieron
para calmar la necesidad de los que ofrecen con las manos
………….vacías,
para calmar la sed de los surtidores en los amaneceres
………….sin pestañas,
de los que buscan ser redimidos
por una alameda de ángeles o por un erial abierto
para la escaramuza de sobrevivir
―en ningún otro paraíso―

o por la naturaleza muerta de las luminarias en los acordeones.

Tu corazón bebe del zumo que dejó la lluvia en las alcobas.

En la pared desnuda, al fondo del pasillo, junto a la cocina,
colgaste el último óleo sobre tabla:
un jarrón con violetas
y un pañuelo blanco de lino con iniciales.

En el jardín cerrado,
ha crecido, de pronto, un bosque rojo de acerolas
para consuelo de la multitud

y ante el vómito del desastre

y los valles poco iluminados de la muerte.

(De Largueza del instante)

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