Cayó la palabra de piedra
en mi pecho aún vivo
ANNA AJMÁTOVA

NUNCA antes había sentido, de manera tan intensa, el dolor
de tener que arrojar palabras por la boca del estómago
como un réquiem,
ni el dolor, al rojo vivo, de los bigudíes de tu pelo, que como
una herida abierta sangran inconsolables durante las auroras
caídas.
Nunca antes había sentido la calentura infantil de un mirlo
ahogándose en sulfúrico
por amar los cráteres enfermos de la luna.

Nunca antes había sentido este olvido tan brutal bajo
la música febril
de una caricia o un beso.
Habría deseado, hasta un número infinito de veces cada
noche, quebrar, con la fuerza de un grano de mostaza entre
los dedos, la dureza de la roca que a menudo me habita y me
golpea, la dureza de la piedra que a menudo nos invade
como una manada de búfalos
tranquila,
a la que urge poner en desbandada ante el acecho de una
tormenta
de felinos rascacielos.

¿Será posible lamer la tierra hasta limpiarla del dolor de las
palabras? ¿Será posible
−me pregunto golpeándome en el pecho−
compartir con millones de seres
la lengua dulce, al menos, de un pájaro de azúcar?

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