Cuando, hace ya bastantes meses, leí Otrora, la antología de Calambur que recoge una amplia muestra de la poesía de la poesía publicada por Javier Pérez Walias entre 1988 y 2014, me pareció oportuno redactar una reseña para PlanVE, la página web dedicada al ocio y la cultura con la que colaboro hace ya algún tiempo recomendando libros. Me puse, pues, a escribir sobre la antología, pero llegó un momento en que llevaba más de ochocientas palabras sin que la cosa pareciera aún estar cerrada, lo que apuntaba a una columnilla sensiblemente más larga de lo habitual, y al darle vueltas a cómo podía recortar -porque las reseñas demasiado largas probablemente echen para atrás, con lo que fracasan por completo en lo que es su propósito fundamental: hacer llegar al lector información sobre un libro- me di cuenta de que, en realidad, lo que estaba escribiendo no era tanto la reseña, en sí, de Otrora, como la presentación –esta presentación– de la obra de Javier Pérez Walias, autor que ya por entonces figuraba en todas nuestras listas de candidatos a pasar por esta Aula de Literatura.

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Si eso sucedió fue porque si, como afirma Eduardo Moga en su magnífica introducción a la antología, «Otrora es (…) un diorama del mundo, el óleo panorámico de un orbe que no deja de ramificarse, de una interminable concatenación de texturas y geometrías», el libro es a la vez –y yo diría que incluso antes, antes de que uno se asome, a través de él y de la mirada de Pérez Walias, al mundo– un ajustado diorama de la obra poética de Javier, una reproducción a meticulosa escala de la misma, lo que lo convierte en un vehículo extraordinario para aproximarse a la escritura de este autor placentino de ya larga, consolidada trayectoria.

Escribía yo entonces -y así aparece en la reseña- que una buena antología poética es aquella que logra condensar en sus páginas la evolución del poeta, la que hace recuento de su esfuerzo continuado por alcanzar una voz propia, la que es capaz de resumir cómo ha ido cambiando la forma que tiene de ver y contar (o cantar) el mundo, y que, por lo tanto, una buena antología sería aquella que contiene muestras de todos (o casi todos) sus libros, de sus obsesiones y temas recurrentes, de sus influencias literarias y artísticas, de la progresión de su estilo, de sus distintos matices, todo ello aun a riesgo, incluso, de falsear un poco la realidad, de imponer un sentido y un fin claros a procesos que quizá, en muchos casos, no han tenido, en realidad, una lógica ni un objetivo determinados, que han sufrido amagos, devaneos, pérdidas y extravíos, advertencia que yo hacía porque uno tiene siempre la impresión de que, sea el responsable de la antología el propio autor o un tercero, al final no deja de ser una especie de relato, casi siempre, de algún modo, sesgado, ordenado, de la trayectoria poética de un individuo.

Pues bien, Otrora cumple a la perfección todas esas premisas, y quizá por eso se acabó convirtiendo, de forma inesperada, casi involuntaria, en el punto de partida de la presentación de esta tarde. Las cumple de tal manera que yo diría que simplemente hojeando el libro, contemplando –podríamos decir– su contenido a vista de pájaro, es posible constatar algunos aspectos de la evolución poética de Pérez Walias. Por ejemplo, uno de los aspectos que así, a simple vista, más llama la atención ha sido el paulatino crecimiento de los versos de Javier, que, con el tiempo, los libros y los poemas, ha ido pasando de versos breves a versos cada vez más largos, del verso largo al versículo y del versículo, en muchas ocasiones, a distintas formas de prosa poética. La sensación que tuve, al leer Otrora y repasar, después, los libros de Javier, fue que el autor había ido perdiendo, poco a poco la contención, afirmándose en un discurso cada vez más desatado, cada vez más abundante, como si –decía yo en esa columna empleando una metáfora no ajena al imaginario del autor– después de un largo curso por torrentes, gargantas y riachuelos su decir poético hubiese alcanzado un ancho estuario, un vasto mar da palha en el que su poesía, al fin, se remansa y avanza majestuosa hacia el insondable océano de las palabras, a la vasta masa acuática del decir poético.

Sé que todo esto tiene mucho de afirmación a posteriori, de retrospectiva, que es el resultado de contemplar y entender la obra de Pérez Walias desde sus últimos libros, pero tengo también la impresión de no ir del todo desencaminado, pues leyendo los primeros poemas de Javier, poemas de Ceremonias del barro, Impresiones y vértigos de invierno o de Este lado oscuro del cauce, uno tiene la sensación de que muchos de aquellos textos iniciales sobre la naturaleza, el tiempo, el arte, el río, el pájaro o la luz podrían haber crecido, que aplicando las repeticiones y recursos anafóricos que tan a menudo emplea Walias para pautar el ritmo de sus composiciones podrían haber llegado a ser, perfectamente, los cánticos de largo aliento que colman las páginas de sus últimos poemarios.

La poesía de Pérez Walias sería, pues, una poesía en expansión, pero también una poesía en continuo desarrollo, en absoluto ajena a la búsqueda de nuevas formas de expresión. Así, después de superar el culturalismo propio de los años en que comenzó a escribir, en la célebre alternativa, a finales de los ochenta y principios de los noventa, entre la poesía de la experiencia y la poética del silencio o la meditación, Javier habría tomado una tercera vía, habría optado, como señala el también placentino Serafín Portillo en su prólogo a la antología poética de Walias publicada por la Editora Regional de Extremadura en 2004, “por una poética de la intensidad”, una poética que “no busca aprovecha el valor del silencio como centro del poema, sino mediar con él para alcanzar  un discurso en cuyos apretados límites conseguir el máximo de sentido”. Pues bien, cabría quizá decir que si a partir de un determinado momento, puede que desde Este lado oscuro del cauce o de Cazador de lunas, Pérez Walias opta por la intensidad, algunos poemarios más tarde, yo diría que desde Largueza del instante, y, desde luego, también en Arrojar piedras y AlQarafa, su producción vira hacia lo que podríamos llamar extensidad, un nuevo planteamiento con el que el poeta no renuncia a la intensidad expresiva, pero sí a los apretados límites de los que hablaba Serafín Portillo, y cuyo resultado son unos poemas que conceden un largo desarrollo a los temas y motivos que el autor, desde sus primeras obras, de forma recurrente, aborda.

Uno encuentra la explicación a esta tendencia de Pérez Walias hacia la exuberancia verbal, a su –si me permiten– lengua desatada, en su particular manera de mirar el mundo, y es que la mirada de Javier sigue siendo, a pesar de su larga trayectoria y por encima del grado de luminosidad u oscuridad de sus sucesivos libros, una mirada preñada de asombro, de admiración, que se hace especialmente palpable cuando describe la naturaleza, cuando evoca o intenta fijar para los restos un instante o cuando trata de desentrañar, en sus versos, la inescrutable esencia de lo real. Así, a una mirada de tal magnitud, tan cargada de asombro, tan anhelante de belleza, no podía corresponder más que un tono celebrativo, entendiendo lo celebrativo no como una ciega y vana exaltación del presente, sino como la otra cara de la moneda de lo elegíaco, como el modo poético de ver el vaso medio lleno y, sobre todo, como un modo de resistencia contra el poder aniquilador del paso del tiempo y de la muerte, de ahí el afán de Javier por dotar –haciendo, si me permiten, un juego de palabras– a los instantes de largueza, de hacerlos, de algún modo, eternos, imperecederos, por más que ese afán esté, como tantos otros afanes humanos, grandiosamente condenado al fracaso, o, por el contrario, quizá justo porque ese afán está, como tantos otros afanes humanos, grandiosamente condenado al fracaso, lo que, de forma casi paradójica, convierte, de algún modo, en épico cualquier proyecto lírico.

Y, ya para terminar, si el tono es celebrativo y el verbo, abundante, el resultado, sobre todo en los últimos libros señalados, es el de unos poemas largos, mayúsculos, de vocación sinfonía, o de cantata, que reclaman a gritos ser ejecutados, declamados, leídos en voz alta, que se resisten, en muchas a ocasiones, a la simple lectura en silencio y se prestan bien, muy bien, a circunstancias como la que nos reúne a todos aquí esta noche, la de la lectura pública, en el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, de Javier Pérez Walias, este poeta inconformista, exigente, en continua búsqueda, autor, en palabras Enrique García Fuentes, uno de los más reputados críticos literarios de nuestra región, de “una de las obras más coherentes, trabajadas, retocadas y repujadas del ámbito general de la poesía”, y al que cedo, por fin, la palabra.

 

Juan Ramón Santos

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