“Leche, cacao, avellanas y azúcar”. Con estos cuatro ingredientes y una pegadiza tonadilla los señores de Starlux decidieron publicitar en los ochenta la Nocilla, la célebre crema untable de cacao que habían inventando años atrás, a finales de los sesenta, tratando, al parecer, de realzar sus valores nutricionales y de que las madres dejaran de considerarla una simple y prescindible golosina. Dos décadas más tarde, esa marca, Nocilla, vendría a ser rescatada para dar también nombre a una nueva generación de jóvenes autores españoles -no sé si, como en el anuncio, fuertes, alegres y deportistas- que, según algunos críticos, venían a romper con la tradición, con lo que se venía entendiendo en este país por Literatura, y entre los que destacaban, entre otros, Vicente Luis Mora, Lolita Bosch, Eloy Fernández Porta, Javier Calvo, Agustín Fernández Mallo o el escritor que nos acompaña esta noche, Manuel Vilas.
Como el propio Vilas ha manifestado en más de una ocasión, cada vez que, de forma recurrente, se le pregunta por la así llamada generación Nocilla, aquello no fue más que un reclamo publicitario, un invento de la industria editorial para, a través de los suplementos literarios, crear polémica, mover el cotarro y vender libros, que es, después de todo, de lo que se trata. Buena muestra del carácter artificioso de la operación es el hecho de que, dejando aparte la coincidencia generacional, es decir, el haber nacido, aproximadamente, en los mismos años, no resulta fácil destacar cuatro ingredientes que, como los del anuncio de Nocilla, logren condensar toda la esencia de la nueva, impetuosa generación. No se puede dudar de la fuerte presencia, en sus obras, de la cultura pop y del uso de la fragmentación como forma de acercarse y retratar una realidad esencialmente compleja y fragmentada, pero más allá de estos dos primeros ingredientes es difícil, quizá, sumar muchas más coincidencias. Algunos han dicho que es común a todos la crítica al poder de la imagen y los media y la superación del concepto de las dos Españas -supongo que será así-, y otros han subrayado también, como característica, la interdisciplinaridad, aunque en este caso no estoy seguro de no sea sino una variante más de la fragmentación, una mera forma de seguir haciendo zapping desde los distintos géneros literarios. En definitiva, el fenómeno llamado Generación Nocilla consistió apenas -como viene defendiendo Manuel Vilas- en la llegada al panorama literario nacional de una hornada de escritores nuevos, jóvenes, nacidos en torno a los mismos años, y que, como casi podríamos decir que era su deber, se esforzaban por ofrecer a sus lectores su personal punto de vista sobre la realidad, una realidad que, por otra parte, y como es natural, había cambiado y que exigía, por ello, una nueva manera de abordarla por escrito. Por ello, después de todo, como suele suceder cuando se emplean las siempre artificiosas y pedagógicas etiquetas generacionales, al final lo que tenemos es un puñado de escritores individuales cuyos temas, obsesiones y formas de expresión debemos afrontar de manera independiente, que es lo que pretendemos hacer esta noche con Manuel Vilas.
Como hemos señalado, Vilas -que no sólo no pretende romper con la tradición española, sino que al reivindica por encima de otras influencias literarias más poderosas hoy en día- comparte con los otros miembros de su generación la importancia concedida a la cultura pop y el uso de la fragmentación como recurso expresivo. Por lo que respecta al pop, su presencia resulta necesaria en la obra de un autor que considera que “Elvis cambió el mundo tanto como pudo hacerlo Freud con el psicoanálisis”, y por ello no es raro que músicos como Lou Reed, Bob Dylan o Johnny Cash o grupos como los Who o los Rolling Stones aparezcan una y otra vez en sus poemas y en sus narraciones, como tampoco es raro que estos transcurran en mcdonald’s, en hoteles o al volante de un coche, en autopistas y carreteras secundarias, escenarios propios del pop y de muchas de sus ya míticas canciones. Si, por otra parte, nos referimos a la fragmentación, podríamos decir que es casi la forma natural de retratar un mundo complejo, a menudo inescrutable, siempre desconcertante y que cada vez conocemos de forma más superficial y fragmentaria, a golpe de mando a distancia o saltando de hipervínculo en hipervínculo.
El resultado, en narrativa, son libros a medio camino entre la novela y la colección de relatos en los que no hay un planteamiento, un nudo y un desenlace, sino un conjunto de textos dotados de una sutil coherencia interna, organizados en torno a una serie de temas que funcionan no ya como hilo conductor sino como puntos de atracción gravitatoria que otorgan una suerte de unidad flotante al conjunto, que puede adoptar luego la apariencia de una monografía o conjunto de actas de un presunto, disparatado congreso sobre la realidad de nuestro país, como es el caso de España -la novela, quizá, más celebrada de las publicadas hasta la fecha por Vilas-, o de recopilación de análisis clínicos de un no menos presunto psiquiatra, como sucede en su último libro, Setecientos millones de rinocerones. Las de Vilas no son, desde luego, novelas al uso. Siguen una deriva impredecible, muchas veces delirante, que me recuerda, en ocasiones, a las historias de César Aira o Sergio Pitol, no tiene inconveniente en introducir en sus relatos a personajes y escritores famosos como Luis Cernuda, Fidel Castro, José María Aznar o Juan Pablo II, que podrán interpretar su propio papel o, simplemente, dar nombre a un personaje cualquiera, con una vida y un carácter cualquiera, como tampoco tiene inconveniente en formar él mismo parte de ese elenco, multiplicándose en cantidad de individuos diferentes llamados Manuel Vilas, o en cambiar, dentro del mismo relato, sobre la marcha, el nombre o incluso el sexo de los protagonistas, como sucede en el fragmento titulado “Vacaciones”. Por todos estos motivos es frecuente que se le califique de experimentalista, aun cuando Vilas se considere realista. “Lo que pasa”, ha dicho en alguna ocasión, “es que la realidad se ha vuelto loca, y entonces es normal que la naturaleza que quiera reflejarla sea un poco loca. No vivimos en un mundo racional sino en uno inverosímil, de una profunda irrealidad, donde nadie sabe lo que está pasando ni lo que va a pasar”, y por eso es normal que en sus obras prescinda de recursos que podríamos llamar clásicos del quehacer literario, como son la coherencia o la verosimilitud, y lo hace sin que por ello salte por los aires la entera maquinaria del relato, algo que, a mi parecer, sólo resulta posible si el que escribe dispone, para atrapar al lector, para no dejárselo escapar por más vueltas caprichosas que dé su historia, de una prosa rotunda y vehemente como la que practica Manuel Vilas.
Pero además de prosista Manuel Vilas es, yo diría que antes y, quizás, que sobre todo, poeta. De hecho, lleva escribiendo y publicando poesía desde principios de los ochenta, aun cuando sus libros más celebrados sean los cinco últimos, El Cielo, Resurrección, Calor, Gran Vilas y El hundimiento, publicado el año pasado tras ganar el premio Generación del 27. Al respecto de este último, decía Luis Bagué Quílez en su reseña en Babelia, que en sus páginas “reaparece al completo el parque temático de Vilas: la memoria como desguace privado y vertedero público; los fotogramas de la España negra con Buñuel, Goya y Cervantes como santísima trinidad; los encuentros en hoteles de una noche, las melopeas a base de red, red wine, la aleación entre el sexo y la muerte, y las andanadas que cuestionan el legado de la Transición e indagan en las acequias del capital”, resumiendo así de manera acertada, en varias constelaciones, el universo poético de Manuel Vilas, un universo al que da unidad una peculiarísima voz poética, la de un individuo frío, hedonista y amoral, quizá también, a ratos, bipolar, capaz de protagonizar eufóricos, whitmanianos cantos a la vida y a sí mismo como los que pueblan su penúltimo poemario, Gran Vilas, o de expresar el más hondo y desesperanzado abatimiento como sucede en su última entrega, El hundimiento, un sujeto que escribe, en todo momento, con entera libertad, sin cortapisas, con una suerte de avasalladora suficiencia y ánimo de provocar, entendiendo la provocación como una forma de exploración, de plantearse, de forma honesta, los límites morales y estéticos de la existencia y utilizando la literatura, con una finalidad reconocidamente política, como medio para iluminar las zonas oscuras de nuestra sociedad. Sólo así se entienden versos como

¿Qué has hecho tú por mejorar el mundo? Yo te diré “nada,
has hecho nada”. Cuanto peor es el mundo mejor es mi poesía.
Me gusta que el mundo sea así, la casa del terror y del pecado

del poema “Nueva York”, en Resurrección, o la insultante indiferencia que su protagonista muestra a menudo hacia el que vive y sufre a su lado, en la playa o junto a su mesa en el McDonald’s, porque ponen de manifiesto el egoísmo absoluto, el hedonismo radical de la sociedad en la que vivimos, apenas ocultos bajo una hipócrita capa de piedad y corrección política, porque, por más que critiquemos el consumismo, y el capitalismo, y que nos apene la situación de los pobres, o de los refugiados, en el fondo sabemos, como ha afirmado Vilas en alguna entrevista, que en el capitalismo se está bien, y por eso, sintiéndolo aparentemente mucho por los pobres y los refugiados, no estamos dispuestos a cambiar de forma de vida.
En definitiva, merece la pena leer a Manuel Vilas, porque entre bromas y veras, entre delirios y provocaciones, sus narraciones y poemas dicen mucho sobre el mundo feroz, roto, fragmentado en que vivimos, por eso y porque, para qué engañarnos, uno se lo pasa en grande con su despiadado e impredecible sentido del humor, dicho lo cual, para que acaben de convencerse y, si no lo han leído aún, lo lean, les dejo con nuestro autor, Manuel Vilas, a quien Agustín Fernández Mallo, otro nocilla que pasó también por esta Aula hace ya algunos años, definió como el Tarantino de las letras españolas.

Juan Ramón SANTOS

Anuncios