Una de las más pregonadas, y deliciosas, facultades de la lectura es la de permitirnos viajar sin movernos del sillón. Entendido en sentido amplio, el viaje a través de los libros puede llevarnos no sólo a territorios lejanos, sino también a otras épocas o a contemplar el mundo desde otras miradas, pero si nos atenemos a la dimensión puramente espacial de esta virtud, ningún otro género cumple tan ajustadamente ese papel como la llamada Literatura de viajes, una literatura a la que -lo reconozco- me he asomado pocas veces, y no por falta de interés sino, supongo, por pura envidia, porque siempre he deseado conocer otros lugares, ver mundo y, como es difícil viajar tanto como uno quisiera, tengo la sensación de que leyendo ese tipo de libros lo único que conseguiría, al final, es ponerme los dientes largos.

Uno de los lugares que siempre he querido conocer con detenimiento es Irlanda. Por eso, y por acercarme, además, a los libros de Javier Reverte -quizá el más conocido escritor de viajes de nuestro país-, hace varias semanas decidí leer una de sus últimas entregas, Canta Irlanda. Un viaje por la isla esmeralda. En el libro, Javier Reverte hace un amplio recorrido por la isla, partiendo de Dublín y pasando por lugares tan interesantes como Belfast, las Islas Aran o Cong, en el condado de Mayo, la localidad donde se rodó una película legendaria, El hombre tranquilo, de John Ford. Pero en su camino Javier Reverte no sólo describe paisajes maravillosos, sino que trata también de retratar el alma irlandesa, y para ello, aparte de reproducir curiosas conversaciones con locuaces paisanos, se hace eco de las que son, quizás, las más elevadas expresiones del genio irlandés, su música y su literatura. Así, en cada capítulo, el autor recoge fragmentos de las canciones tradicionales que se pueden oír cualquier noche en cualquier pub y que a menudo evocan, en sus letras, episodios de la dura historia de Irlanda, pero también introduce en ellos fragmentos literarios de autores tan relevantes como James Joyce, William Butler Yeats u Oscar Wilde que nos ayudan, además, a ampliar la visión que el viajero va teniendo de la isla y de sus gentes, así hasta completar un amplio, interesante paseo por su música, su geografía y su literatura.

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