Al dejar atrás la aduana y entrar en el gran vestíbulo del aeropuerto de Pekín, entre la multitud de gente, vi a una persona de baja estatura que me hacía señas y daba alegres saltitos, sonriendo con alborozo. Vestía una camiseta de la selección española de fútbol, su pequeña melena estaba cortada a tazón, gastaba gafas de miope y en su rostro punteaba un acné juvenil. Podía parecer un chico adolescente. Pero no: era una chica. Se llamaba Xiao Yishuang, tenía veintisiete años y era la persona que habíamos contratado como intérprete y guía para nuestro viaje por China.

Corrió hacia mí y me dio dos besos.

—Soy Xiao —dijo.

—¿Cómo me has conocido?

—He buscado fotos tuyas en internet. Hay muchas. ¿Eres muy famoso?

—No tanto.

Se tocó la camiseta.

—¿Has visto?… La Roja.

—¿Ha llegado Boix?

Señaló hacia atrás.

—Está allí sentado.

el017117Pere Boix, mi compañero de viaje, había aterrizado tres horas antes, proveniente de Zurich, donde pasa una buena parte del año, mientras que yo llegaba de Londres. Pere, algo más joven que yo, es amigo mío desde mucho tiempo atrás y su empeño y tenacidad me habían convencido de emprender viaje con él por China. Yo había estado en el país en dos ocasiones anteriores, en breves viajes periodísticos, una en el año 1978 y otra en 1987; pero ahora se trataba de recorrerlo en el curso de un par de meses. Nuestro interés, sobre todo —o casi diría que mi interés en particular—, era navegar todo lo posible el río Yangtsé, el cuarto curso de agua más largo de la Tierra, tras el Amazonas, el Nilo y el Missouri-Mississippi. Tengo una especie de fijación con los ríos, aunque nunca seré capaz de explicar bien por qué. Creo que, más que nada, me comunican una sensación profunda de vitalidad: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…».

Comenzaba un intenso y largo viaje, en el que, además, nacería una historia de amor.

Pero todo a su tiempo.

Salimos del aeropuerto en taxi a una ancha y recta avenida. El primer encuentro con Pekín, veinticinco años después de mi última visita y treinta y cuatro desde la primera, me ofrecía el paisaje de una ciudad muy distinta a la que yo recordaba. El tráfico era agobiante y avanzábamos rodeados de vehículos. En mi primer viaje, a poco de terminar la llamada Revolución Cultural, el último coletazo del maoísmo,1 no existían los automóviles privados y la gente se desplazaba en vetustos autobuses de fabricación rusa, o en carromatos, o sencillamente andando. Después de treinta años de comunismo, Pekín era entonces una urbe pobre, de extensos barrios con casas humildes y bajas, muchas de ellas de madera; una ciudad abrumada por la marea del afán de igualitarismo social.

Nueve años después de aquel primer viaje, volví a Pekín y encontré una ciudad invadida por millones de bicicletas, una suerte de plaga de insectos de metal que rodaban por todas partes: calles, aceras, parques… Ibas caminando por la ciudad y a tu alrededor sonaba sin cesar el tintineo de sus timbres. Entre las muchachas de entonces se habían puesto de moda las minifaldas y, al contemplarlas dándole a los pedales, aprendías mucho de los gustos en lencería de las chinas: en ese tiempo predominaban la sencillez del algodón y el color blanco.

Ahora veía numerosos vehículos particulares de reciente matriculación, en su mayoría japoneses, y autobuses modernos y potentes. A los lados de la ancha avenida, de doble dirección y con varios carriles en cada banda, crecían altos edificios de viviendas y en la lejanía punteaban los rascacielos. Y entrando ya en el cogollo de la ciudad, la autopista se convertía en una red de puentes y amplias avenidas que salían hacia los cuatro puntos cardinales, como una pesadilla de la Metrópolis de Fritz Lang. Y no se veían bicicletas por ninguna parte.

Nos llevó más de una hora llegar al hotel, un confortable hostal en el distrito de Dongcheng, dentro de lo que llaman el «segundo anillo» o «segundo cinturón» de la ciudad, que probablemente se corresponda con lo que hace más de un siglo se conocía como la «Ciudad China». A finales del XIX, el centro de Pekín lo ocupaban cuatro zonas o «ciudades» separadas por murallas: la Ciudad Prohibida (sede de los emperadores y de su servicio), la Imperial (corte y nobles), la Tártara (administrativos, ricos comerciantes, extranjeros, embajadas…) y la China. Esta última era un barrio popular de casas bajas, poco higiénico y muy pobre.

Hacía calor y, bajo el cielo marrano y gris, el aire parecía pringar. La contaminación casi se masticaba.

El aspecto de la zona resultaba algo provinciano, lo que sin duda le confería encanto. Creo que el de Dongcheng debe de ser de los pocos distritos de la capital que aún conserva un cierto aire a lo que pudo ser el Pekín anterior a las hondas reformas maoístas e, incluso, quién sabe, anterior a la devastación que supuso la revuelta de los bóxers (1899-1901). A mí me recordaba las descripciones que, en esos días, trazaba Pierre Loti en su libro Los últimos días de Pekín —en donde relata la ocupación por fuerzas extranjeras del territorio chino, conquistado primero por los bóxers chinos a comienzos de 1900, ocupado poco después por una fuerza multinacional y en buena parte destruido en aquellos meses por ambos contendientes—: casas de madera de una planta alzadas en laberínticos callejones, sin aseos propios ni agua corriente; comercios pequeños que exhiben sus productos en la vía pública; comedores al aire libre; olores a especias y a fritanga en aceite de girasol, tufo a soja y a pescado viejo… los rescoldos de la ciudad antigua y abigarrada que sin duda han de apagarse en pocos años por el empuje del imparable desarrollismo que vive China. Escribía Pierre Loti, nombre literario de Louis Marie Julien Viand, en aquellos días:

Callejuelas siniestras, ahora dormidas… En intramuros, todo son ruinas y escombros… consecuencia del deterioro, de la desintegración de esa China que es treinta siglos más vieja que nosotros.

 

Javier REVERTE, Un verano chino

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