Valeria Falcón, una mujer de nombre aéreo, espectacular, y aspecto endeble, anodino, cruzaba a buen paso la Puerta del Sol. Se dirigía, como todos los jueves sobre las siete de la tarde, hacia la casa de Ana Urrutia, una vieja actriz que, igual que Greta Garbo, supo retirarse antes del descascarillado del cutis y el deterioro de las fundas dentales, y consiguió que algunas veces el público de cierta edad se preguntara: «¿La Urrutia se ha muerto o aún vive?» Desde detrás del cristal de su terrario, Ana Urrutia, espesa Ana, aguardaba quizá el momento oportuno para renacer mientras Valeria, enérgicamente, clavó el tacón de una de sus botas en la rendija de un respiradero. Entonces comenzó el horror.

1449846655_001875_1449846726_noticia_normalConversaciones y motores de helicóptero. Jerigonzas. Cajas de cambio a punto de cascar. Los gallos de un predicador rumano y las confidencias de las putas. El borboteo de la carne en salsa y los politonos de los móviles. Cascabeles. El hilo musical –perreo, máquina, bacalao, melódico caribeño, abachatado, armonías industriales o música de anuncios…– que sale de las zapaterías y el vals de las olas que escapa, junto al olor a jabón, de las tiendas de perfumes. Pompitas. Valeria Falcón, entre el tumulto, se dio cuenta de que no hubiese logrado identificar el sonido de sus pasos sobre el pavimento y, aunque era una mujer joven y no una anciana enferma de Alzheimer que se ha escapado de la vigilancia de su cuidadora –«Una cuñada que nunca me quiso», la vieja se lo aclara a quien la quiera escuchar–, de repente, en el centro mismo de un centro del mundo, como la plaza Omonia, Tiananmen, el Zócalo, Trafalgar o Times Square, Yamaa el Fna, allí, Valeria Falcón, atrapada en la rendija del respiradero como un animal con la patita presa en la trampa, se sintió perdida. No reconocía lo que la rodeaba. Valeria sufrió un segundo de amnesia, desarraigo, desubicación. Un fundido a negro. Tuvo que pararse a pensar. Se preguntó quién era y hacia dónde se encaminaba. Recorrió circularmente con la mirada la Puerta del Sol, sin moverse del punto exacto en el que se había quedado clavada como aguja de compás. Paralítica de cintura para abajo.

Todo empezó a dar vueltas en torno a Valeria Falcón, que archivó en sus retinas: un autobús para la donación de sangre, los donantes abren y cierran la mano tendidos en sus camillas de escay, son altruistas que pesan más de cincuenta kilos, buenas personas que no cobran por regalar sus tuétanos. España es un país pionero y campeón en la donación de órganos y en los guisos preparados con entresijos, bofes y riñones de corderito. Valeria, inmóvil en mitad de la plaza, anotó mentalmente: illuminati sin estudios superiores, gente que sabe porque se lo ha enseñado la vida, profetas que hablan español con lengua de trapo y que no están corrompidos por el conocimiento de la universidad ni de las academias de educación a distancia, adoradores de Dios padre, en torno a los que se arremolina cada vez más público. La Puerta del Sol, anocheciendo, comienza a parecer una película rodada en los Estados Unidos. Valeria rotó sobre su eje y sacó polaroids cerebrales de: un campamento hecho con cartones y lonetas que se mueven con el viento del norte, damnificados con pancartas, un damnificado y un manifestante no son términos sinónimos aunque puedan confluir en alguna coordenada del espacio y del tiempo, trabajos manuales, un palo y una cartulina, caligrafía de párvulo que no pone mucho interés en completar sus planillas, palote, palote, palote cruzado, caligrafía no muy experta, desacostumbrada, «Los bancos nos roban», «Delincuentes», «Devolvednos lo nuestro», «Estafa institucional», «Todos, todos, todos son iguales» –no habla una mujer engañada por su esposo–, «¡Robin Hood!, ¿dónde te has metido?», «Danos el pan, mas líbranos del mal, amén» –no habla un creyente–. Valeria disparó otras vertiginosas fotografías en blanco y negro; sus pupilas hicieron clic, clic: los mendigos se sonríen y apuran sus tetra briks de morapio, seres deformes subrayan su deformidad con gran destreza y piden con un vasito, dan lástima y repelús, irritantes, súcubos, íncubos, amenazadores, la pierna dentro de los hierros se va retorciendo varios grados por segundo y el ojo se sale cada vez más de su órbita…

Valeria registró incluso las visiones que se le habían quedado prendidas al rabillo del ojo mientras bajaba por la calle Montera: hombres anuncio compran y venden oro y otros minerales para fabricar dientes falsos, anunciantes de casas de empeño con chalecos color amarillo o naranja flúor –¿por qué?, ¿por qué?, ¡este lugar sólo es para peatones!–, repartidores de publicidad –las tres últimas categorías, hombres anuncio, anunciantes, repartidores de publicidad, son la misma–, loteros y loteras, policías con perros pastores dispuestos a morder, policías secreta disfrazados de chavalitos hippies o modernos como si Serpico no hubiese pasado a la historia, vendedores ambulantes de objetos voladores, cosas moradas, libélulas cutres, que se lanzan al aire, vuelan un segundo, brillan y vuelven a caer al suelo, casas de apuestas y tiendas de souvenirs con camisetas blancas de futbolistas a los que les brilla el torso depilado como si se embadurnaran de aceite, grimosos: al cogerlos entre las manos seguro que se resbalan como una trucha.

Valeria estuvo a punto de morir de una sobredosis de esos fogonazos que provocan ataques epilépticos en la pista de baile de la disco. Pero siguió acumulando flashes: curiosos buscan el mítico anuncio de Tío Pepe o la horrenda estatua del oso y el madroño, y encuentran ópticas, ópticas y ópticas por todas partes, el boom de las ópticas para ver ¿el qué?, putas rezagadas de la calle Montera se comen un plátano subidas en botas de plataforma, muslos prietos dentro de medias de licra, faldas cinturón, chicas muy guapas, eslavas, africanas, de Valdemorillo, de Pinto, de Valdepeñas o Coimbra, otras rebañan los restos de tomate de un tupperware a la entrada de un portal y de postre fuman un cigarro, turistas japoneses fotografían con sus teléfonos inteligentes –smartphones– escaparates de tiendas de telefonía móvil –hay algo de mortuorio déjà vu en el gesto, la foto y la repetición, la telefonía dentro de la telefonía…–, algunos se limpian la boca tras salir de un dispensario de hamburguesas o un buffet libre, casi libre, «Coma todo lo que pueda por nueve noventa y cinco», qué asco, desperdigadas visiones, desubicadas, adolescentes mascan chicle, chupan caramelos, besan con lengua, lamen polos, tienen siempre la boca ocupada, fuera de servicio, adolescentes comen pipas y echan las cáscaras sobre el kilómetro cero, estatuas vivientes cambian de postura al oír el tilín de una moneda de veinte céntimos contra el platillo, Minnie Mouse –chivata de la policía– posa obscenamente para que la fotografíen, precipitados transeúntes se miran los pies y bajan a coger el metro o un tren de cercanías en el intercambiador de Sol.

«Es el apocalipsis now», pensó Valeria, que, mareada en el vórtice del sumidero, sacó el tacón de la rendija con un contundente golpe de pierna y reanudó la marcha, apretando el paso y subiéndose el cuello del anorak porque estaba helada de frío y ya llegaba tarde.

Demasiado tarde.

Marta SANZ, Farándula

 

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