Hoy San Petersburgo, mañana Estocolmo

Ocho días de travesía por el Báltico y visitas exprés a cuatro ciudades monumentales: Estocolmo, Helsinki, San Petersburgo y Tallin. La escritora Marta Sanz relata su primera navegación como pasajera de uno de estos grandes buques

12 FEB 2016 – 00:00 CET

Hacer un crucero es una experiencia de ciencia-ficción. Como estar en un Benidorm flotante o en un Marina-Waterworld. En el satélite donde se han quedado a vivir los humanos sedentarios de Wall-E. Aunque en este crucero imperase más la vigorexia. Por los salones desfilan niñas disfrazadas de princesas por un día; chinos que juegan a la ruleta; animadores con gorros de alce que chapurrean cinco idiomas y al despedirse gritan: “Chau, chau”; sexagenarias parejas amarteladas que se miran con arrobo mientras escuchan duetos melódicos que cada día entonan Strangers in the Night a la misma hora.

Muñecas rusas en una tienda de recuerdos de San Petersburgo. / JON HICKS

Soy una crucerista bisoña, pero durante ocho días entro en contacto con cruceristas profesionales: gente de todas las edades que acumula cruceros y recorre el mundo mientras charla no solo de si Palermo es más hermosa que Alejandría, sino también de si el embarque de los Royal Caribbean es más rápido que el de los Costa. Los cruceristas profesionales tienen dos reglas de oro: saber enseguida si te ha correspondido el primer o el segundo turno para la cena y contratar las excursiones inmediatamente para poder visitar las ciudades en las que se hace escala.

Partimos de Estocolmo. Visitaremos la ciudad a la vuelta. Al embarcar nos hacen una foto que ahora se exhibe con 2.000 fotos más en el puente tres. La compramos para que no esté expuesta demasiado tiempo: detrás del timón hemos salido bastante feos. Desde la terraza del camarote contemplamos los cientos de islas que adornan el Báltico a la salida de Estocolmo rumbo a Helsinki. El protocolo para realizar las excursiones es siempre el mismo: llegados a puerto, se nos pone una pegatina con un número y subimos al correspondiente autobús donde una guía nos proporciona datos culturales, sociales, históricos y económicos de la ciudad y el país visitados. Recorremos las ciudades dentro del autobús y, a veces, bajamos y seguimos a la guía, que lleva en la mano una paleta con el número de nuestro bus.

(Puedes leer el artículo completo en el suplemento El Viajero, del diario El País.)

 

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