Maquetaci—n 1La caja negra. Un documental de Catalina H. Griñán

MMXIV

A Inés Marco. Y a Angélica, se encuentre donde se encuentre

(Imágenes de Raffaella Carrà que canta y baila en un programa de variedades. Lleva un maillot oscuro y unas medias negras de costura que estilizan sus piernas. Una chaqueta de caballero y un flexible que se quita y se pone al ritmo de la música. La cantante echa hacia atrás la cabeza, muestra la línea del cuello, la tensión de la garganta, menea su melenita, tan europea y rubia, y se lleva a la boca un micrófono que es un instrumento fascinante al que ella aproxima los labios como si fuera pene, piruleta, hortaliza, algo de comer entre horas. Raffaella canta, en un excelente play back, Explota explota me expló. Sobre las imágenes de la Carrà, en sobreimpresión, se muestran páginas de google donde aparecen noticias de la Transición española. Aproximadamente 79.100 resultados de los que únicamente se recogen los que caben durante el periodo de tiempo de la actuación de Raffaella. Esto es lo quedará de la HISTORIA. Con mayúsculas. Lo grande contraído en lo minúsculo. Cuando la canción acaba, la cámara se aleja del vídeo de Raffaella y vemos que las imágenes se enmarcan en el recuadro de una pantalla televisiva puesta sobre el escenario de un café cantante. Tras un fundido en negro, se abre la Caja 1).

Caja 1

Una teta intelectual

(Voz en off sobre foto fija: la cámara se mueve sobre la foto analizada deteniéndose en detalles al hilo del off. Los detalles fotográficos se transforman en dibujos coloreados en el momento en que la cámara se centra en ellos. La persona se hace personaje y la realidad se convierte en representación).

El 14 de febrero de 1978, día de los enamorados, Susana Estrada recibe de manos del futuro alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, uno de los premios concedidos por el diario Pueblo. Por si alguien tiene alguna duda sobre el merecimiento del galardón, Susana Estrada se saca una teta. El viejo Profesor reacciona: «Señorita, no vaya usted a enfriarse.»

O «No vaya usted a coger frío». Las fotos no retienen las palabras, pero, en cualquiera de los dos casos, la frase de Tierno abulta el inventario de respuestas ingeniosas pronunciadas por un personaje público dentro o fuera de una campaña publicitaria. Recordamos a Marilyn –la recordaremos muchas veces–: «Sólo duermo con unas gotas de Chanel Nº 5.» O a Mae West: «Cuando soy buena soy muy buena…» O a María Félix: «Me gustan los hombres y los peces…» Podemos recordar incluso el zapato de Jrushov y el petulante «¿Por qué no te callas?» del rey de España. «Yo hago lo que me da la gana y lo que piense la gente a mí plin…», gime la duquesa de Alba entre los andamios que apuntalan sus pómulos y le mantienen rígida la lengua. La fibra de vidrio, tal vez un plástico de última generación, logra que sus rodillas soporten el peso de su carne. Parece que la duquesa estuviera a punto de llorar. Y, sin embargo, es una mujer que tiene más de un motivo para descuajaringarse de risa. «Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad…» Respuestas ingeniosas de un personaje público, hitos históricos, trending topics, mojones para pautar los instantes que dan forma a la línea del tiempo y a la memoria humana. Palabras, fotos, que nos obligan a compartir cosas a la fuerza. Incluso aquellas de las que nos avergonzamos.

(De la boca de Tierno Galván sale un bocadillo de texto: dentro de él se dibujan las palabras que supuestamente pronuncia).

El viejo Profesor habla –«Señorita, no vaya usted a enfriarse»– y la opinión pública corrige su percepción del viejo Profesor: un hombre inteligente pero falto de esa seductora simpatía de los vividores. Se multiplica el prejuicio sobre la agudeza del viejo Profesor porque el público se convence de que se ríe por dentro a todas horas. Cada vez que Tierno Galván encoge la papada o ensaya un ademán modosito, la gente está segura: «Se está riendo por dentro.» Al viejo Profesor ya no sólo le adornan la sabiduría y el punto medio en el que se encuentra la virtud, sino que además se hace simpático y chisposo en su corrección y su ocurrencia versallesca y, a la vez, castiza. Galante. De otro tiempo que era ese mismo. Y éste. Y mañana. Desde entonces hasta hoy muchas son las cosas que perduran. Aunque el instinto de supervivencia nos empuje a exaltar lo que ha cambiado: las innovaciones, el avance, la dependencia de objetos, entonces inexistentes, que ahora se nos han hecho imprescindibles. No hablamos de bragueros ni de metanfetaminas.

Susana Estrada y la mayoría de los asistentes al acto ríen. La sonrisa de Susana es contagiosa, sincera, natural. Le marca hoyuelos en las mejillas que parecen cinceladas a fuerza de sacarse molares del fondo de la boca. A lo Marlene Dietrich. Como se dice que también hizo Raquel Welch con sus costillas flotantes. Al día siguiente, la escena aparece fotografiada en distintos periódicos. La foto, en blanco y negro, con un encuadre apropiado, los personajes justos, una composición casi pictórica en sus líneas de fuerza y en su juego de sombras y de luces, refleja distensión. Enseguida los hombres con traje que aparecen en la segunda fila de la foto se aflojarán la corbata. Foto de cumpleaños. Foto de pompa y circunstancia. Foto finish. De recepción oficial.

Susana Estrada ríe abiertamente, aunque su pecho parece triste. Hambriento. Muchas mujeres, al ver la foto, opinarán: «Tiene las tetas caídas», «Tiene pechos de cabra», «Parece una pasa». La teta de Susana le cae hacia el estómago y muestra una areola de aspecto masticable. Es una teta que tiene algo líquido y escurridizo. Años después, Susana retocará sus pechos como puede apreciarse en las fotos del reportaje «Susana Estrada se rasga la camiseta»: las tetas de la actriz asturiana se han inflado y redondeado. La bomba hincha –masturbatoriamente– la rueda de la bici y los espectadores se colocan las manos muy cerca de los oídos temiendo una explosión. Una debacle. Una destructiva ventosidad.

En la foto de los premios del diario Pueblo, el pecho de Susana puede verse gracias a que ella misma desabotona su casaca bordada. En segundo plano, los señores con traje aplauden. No se asoman para mirar la teta libre de Susana Estrada, que, en ese momento, les da la espalda. Tampoco mira a Tierno ni al objetivo del fotógrafo. No se sabe a quién mira Susana Estrada. A un amigo. A una compañera. A un familiar. A la opinión pública. Los hombres que leen los periódicos del día siguiente y los señores que aplauden en segundo plano piensan cosas que no tienen tanto que ver con el sexo como con las bandas negras que se acumulan debajo de las uñas. Se cuidan de estirarse en un escorzo para ver la teta de Susana porque saben que los fotoperiodistas están al quite. Así que los hombres con traje se fijan risueños en el viejo Profesor: «Qué sentido del humor», «Qué finura», «Qué púdica picardía», «Parece inglés», «Oxoniense».

Hay quien dice que la revelación de la teta de Susana Estrada, su búsqueda de la luz en el mes de febrero, fue una estrategia para desprestigiar al político socialista. Rumores. Da la impresión de que Susana actuó motu proprio. Susana Estrada, además de su casaca abierta, lleva pantalones vaqueros y el pelo con raya al lado. En su cuello reluce una gargantilla. Quizá sea una pieza de bisutería o una joya que Susana compró con su dinero. No se aprecia con claridad en la foto de internet.

(Sin fondo musical).

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