Que un hombre me cuente una historia
-suicidio con pastillas,
fábula,
cuento de la lechera,
sus hemorroides
la enfermedad de la mujer con la que vive –
es un sucio regalo.
Inmerecido.

Es mucho más higiénico
que procure
meter
su dedo índice
dentro
de la huella
de mi cordón
umbilical,
y escarbe
mientras yo me acurruco
como una niña
y
desde
mi dentro de mí
alguien le mira
por un agujerito.

Es  gratis.

Marta SANZ, Hardcore

sin-tc3adtulo

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