201220cubierta_unbuendetective_portadillaTengo el corazón roto y no sé conducir. He comprado un billete de autobús. He desconectado el móvil y me he hecho la promesa de no encenderlo más que por las noches para comprobar las llamadas perdidas y los mensajes. Todo el día será como un dolor extendido hacia ese momento negro como el agujero del culo. Retención que acaba en espasmo de placer. O quizá el corazón se me pulverice cuando, tras escuchar la señal de encendido del teléfono, compruebe que nadie me ha buscado. Que a nadie puedo castigar con mi desaparición.

Tómate esta botella conmigo; en el último trago me besas

Con el volumen excesivamente alto, mi compañera de asiento escucha una canción, como pensada para mí, a través de unos auriculares. Ahora y durante los próximos meses, casi todas las canciones estarán como pensadas para mí. Mi compañera de viaje le pega un traguito a su cola light.

Tómate esta botella conmigo

Yo no bebo mucho ni sé conducir y vuelvo la cara hacia el cristal de la ventanilla para que mi compañera de viaje no me descubra los pucheros. Imagino a la Vargas, amojamada, con los labios húmedos de tequila. Con cada lingotazo, la voz se rompe un poco más y el blanco de los ojos se va enrojeciendo mientras las falanges se crispan al agarrar los vasitos y apretar el pucho contra el cenicero de porcelana –uno parecido al recipiente donde se liga el alioli–. Los ojos, tan vidriosos, podrían quebrarse. Cualquier ceniza, cualquier pavesa, sería una pedrada contra los ojos llenos de peces de la Vargas.

Quiero ver a qué sabe tu olvido

Mi olvido ahora es un aceite –de girasol, sin duda– que me repite volviendo a la boca. Olmo es muy joven y es natural que busque experiencias. Experiencia número uno: mujer con clave de sol tatuada en la rabadilla –«No podrá ponerse la anestesia epidural», diría Paula–. Experiencia número dos: hombre rubio, aproximadamente de mi edad, pero con aspecto de magro de york enlatado. En lugar de comprender los devaneos de Olmo, de asesorarlo, de ejercer de cicerone de su sensualidad o de instructor-Valmont, de darle consejos y de escribir tratados en latín o en francés del siglo XVIII apoyado en su culito en pompa –escurrido, pero en escorzo adopta la figura y suavidad resbaladiza de una pompa de jabón, ¡flop!–; en lugar de disfrutar de la calma o de la perspectiva que da la edad, me agarré el canasto de las chufas. Perdí la respiración. Me sangró la nariz. Y no son metáforas.

… nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños

Medí mis reservas de cinismo: no me podría enfrentar a la media sonrisa de mi exmujer ante las infidelidades de mi joven amante. Aunque después se recogiese los hilos sueltos de su boca sarcástica para convertirse en mi cómplice y mi refugio. Porque Paula es una bellísima persona que hubiese forzado nuestra postura hasta conseguir la imagen de una Pietà articulada: Cristo deslavazado y virgen-silla. Ella, la virgen; yo, el deslavazado. Un residuo.

… y a penar por los mismos dolores

Ni siquiera puedo alimentarme de la energía de la Vargas. A mí nunca me sentaron bien los ponchos ni el tequila. Analizo mis sentimientos. Me maltrato mucho: quizá no me voy para evitar el juicio de mi exmujer, el rasero de esa línea vertical que le separa las cejas; quizá huyo para que no me entregue su dulzor –frutas de pulpa roja cortadas en dos mitades, gotas de azúcar que libarán los abejorros–; para evitar que Paula piense que con su ternura –vanidad– me puede devolver al redil de los casados que se conocen bien, se hacen concesiones y guardan las formas. Me marcho para que Paula no se confunda nuevamente. Para no aprovecharme de sus brazos abiertos y para que sus brazos abiertos no se transformen en cruces o en ramas de árbol que después se estrellen contra mis costillas. Soy un tipo intachable.

–¡Y en el último trago, nos vamos!

Hice unas llamadas, mi equipaje. Me dirijo hacia un espacio selenita en el que mi corazón latirá, extracorpóreo, sin causarme dolor –he sustituido los policiales por las series de médicos–; un espacio que ni Olmo ni Paula adivinarían nunca. Porque el uno y la otra son un par de presuntuosos que no saben de mí ni la mitad de lo que se creen. Me buscarán en Venecia, en París o en Praga. Me buscarán en Nueva York o Calcuta. En Tokio, en Helsinki. Incluso en Ronda, San Antonio o Cadaqués. Pero nunca se les ocurrirá buscarme por aquí. Mientras rumio estas cuestiones, me doy un golpe en el muslo –un golpe de descubrimiento– y la chica que escucha a Chavela Vargas se pone a mirarme por el rabillo del ojo. Yo pienso que a uno hay miradas que lo estropean.

Juego al escondite. Bajo la tapa de una boca de registro, espero a que Olmo o Paula olisqueen el aire y, por fin, me encuentren. Pero no llegan nunca y yo acabo mimetizado con las criaturas de las alcantarillas, navegando en las góndolas subterráneas del fantasma de la ópera. Me duermo y la parálisis causa un descenso de mi temperatura corporal que complica enormemente las labores de rescate de un hombre atrapado bajo tierra. Trabo amistad con la rata mutilada que desfigura de un mordisco los mofletes de un bebé veneciano. Mi tía Pat, esa mujer que nunca –o casi nunca– sonreía en las fotos, dejó que esa rata, mutilada y tenaz, saliera de su cabeza y habitara el mundo.

Puede que mis compañeros no hayan bajado a jugar al escondite y yo los aguarde, eternamente solo, detrás de un árbol. Escondiéndome, buscándome y encontrándome por las habitaciones de una casa donde no hay más niños ni más detectives con lupa. Corriendo como un loco para darme caza a mí mismo. Persigo mi sombra y me la coso al talón con una fina puntada. ¿Estará la dama detrás del biombo? Salgo de los rincones cuando ya nadie me busca, levanto los brazos, hago señas y doy voces. Nadie se acerca. Sin embargo, me acurruco en lo más recóndito del armario o del cesto de la ropa sucia cuando gritan mi nombre; me tapo con fuerza los oídos para reprimir el deseo de mostrarme. Acabo de iniciar mi huida y ya me aprieto las orejas con las manos para evitar oír las voces que ni siquiera sé si me llaman.

–Señor, señor…

La chica que escucha a Chavela me zarandea un poquitín. Es muy considerada esta oyente de corridos desgarrados y boleritos tristes.

–Señor, estamos llegando…

Abro los ojos y, con disimulo, he de retirarme la baba que, como veneno de cobra, se me ha escapado de dentro. La chica que escucha a Chavela se ha percatado de que soy un reptil o, lo que es peor, un viejo baboso y maricón:

–Mire, la playa…

Al final de su frase hay una promesa que no va dirigida a mí, sino seguramente a uno de los miles de cuerpos –broncíneos, lechosos, rubicundos, rizados, macilentos, alicatados, letárgicos, tímidos, obtusos, angulosos, escalenos, inflamables, húmedos…que se encajan como piezas de un puzzle –ingles y bocas, orificios ensamblados en la orgía– sobre la arena. Vuelvo a mirar a la mujercita y me corrijo. Nadie le aceptaría una promesa ni una palabra de amor. A mí tampoco me echan de menos. A lo mejor, no estoy jugando y mi huida no es una llamada de atención, sino afán por respirar. Quizá –ni yo puedo creerlo– no siempre finjo. No siempre hablo en falsete. Necesito que me dejen en paz. Procuro asimilar esta idea. Repito: que me dejen en paz, que me dejen, en paz, que me dejen… Estaría bien que procurase pensar durante un rato como Paula. Ser un poco más pragmático. Ingerir los medicamentos prescritos para sanarme respetando los intervalos entre pastilla y pastilla. Estaría bien. Sería justo. Necesario. El pragmatismo de Paula es un evangelio. Aprenderé a tomar el sol sobre las rocas sin desear que nadie me mire. Miraré sin estar mirándome. Que me dejen. En paz. La que se queda mirándome ahora es mi compañera de asiento, que no es tan joven como yo había creído sino que parece más bien una enana a punto de hacer una pirueta, con sus resabios y sus tutús hechos a medida. Mi compañera de asiento me dice con una voz pasada de revoluciones:

–¿Se encuentra usted bien, señor?

Tengo el corazón roto y no sé conducir. Soy un detective en sus vacaciones de verano.

Marina Frankel me espera en el bar del hotel donde nos hemos dado cita. La última vez que conversamos me dijo que quería que nos viésemos allí porque en ese hotel hay un ascensor que sube a una azotea con las mejores vistas del mundo. Marina Frankel es así de original. Espero que, después de tantos años sin vernos, no haya elegido ese lugar para empujarme al vacío. Marina se ofreció para ir a recogerme a la estación de autobuses, pero yo no quise. Mi empeño en que nadie me espere en las dársenas de la estación es una forma –bastante estúpida– de refocilarme en la soledad y el abandono –soledad y abandono: barro donde se revuelca el cerdo–. Yo también soy así de original.

Las estaciones de autobús son, por definición, inhóspitas y rezuman algo sucio que huele a bocadillo de longaniza y a una forma de peligro diferente de la que se intuye delante de las puertas de embarque del avión. Rechazar el ofrecimiento de que alguien venga a recogerme en un coche puede ser también un gesto de coquetería por mi parte, ya que no me gusta que me sorprendan bajando de un autobús con la camisa arrugada. Soy un hombre que no halla el modo correcto de agarrar los bultos de su equipaje: llevo algunas bolsas, además de mi maleta de explorador, y soy torpe distribuyendo pesos a lo largo de mis brazos.

–Señor, ¿le ayudo?

Mi compañera de viaje me incomoda con su buena educación y sus tratamientos de respeto. Le digo que no. La mujercita corre deslizante en dirección al W. C. Yo dejo las bolsas sobre un poyete y las reacomodo sobre puntos neurálgicos de mi musculatura. Me duele todo. Me siento como un perchero, como un dromedario.

–Si fuera un objeto, ¿qué objeto sería?

–Zarco sería… ¡un galán de noche!

Paula se partiría de risa con el doble sentido. Arturo Zarco, galán de noche. Dondiego. Petunia. Clavel rojo. Aroma a lavanda inglesa. Puto –qué más quisiera yo–. De tal apostura no queda hoy nada de nada. La humedad dibuja círculos alrededor de mis axilas. Estoy sucio, solo, acalorado. En la situación perfecta para no rememorar la crueldad de los efebos –Olmo y sus traiciones– ni el tiempo perdido. O al revés: los dolores podrían agolparse en mi esternón como una bolsa más a la que no sé cómo darle acomodo.

–¿Está bien seguro de que no quiere que le ayude?

La mujercita ha salido del aseo de señoras. Se ha apretado la goma de la coleta de caballo que se le aflojó con la fricción del respaldo durante el viaje. Vuelvo a negar y remiro a la mujer que escucha a Chavela: es irritantemente educadita y se arregla muy bien con sus propios bultos. Me la imagino acarreando un canasto de maíz. La mujercita es, sin duda, una mucama. Ahora, justo, aquí, si Paula estuviera al otro lado del teléfono, proferiría un alarido de indignación. Pero Paula no me oye, no me ve, y yo debería estar saltando como un liberto mientras me acostumbro a hablar solo y a disfrutar del placer que mis soliloquios me reporten. Para mí mismo. Conmigo. La cincha de una de las bolsas me muerde como si el cuero tuviese dentadura. Las personas egoístas no aprendemos a estar completamente solas.

–Hasta la vista, señor.

Recoloco en otro punto de mis hombros una tira que me hace daño y llevo la mano al ala de mi sombrero, vencido peligrosamente hacia delante:

–Hasta la vista, querida.

Las gotas de sudor se me meten en los ojos. Procuro recordar dónde guardé la cartera y decidir cuál sería la mejor forma de sacarla para darle al taxista la dirección del hotel donde he quedado con Marina Frankel. Mi aspecto: boca seca, ropa arrugada, correas del equipaje incrustadas en mis chichas. Tengo una visión: un devoto del sexo atado y bien atado le pide a la dominatriz que apriete un poco más. Cuando le dije a Marina que ni se le ocurriera venir a recogerme, me movía el interés de preservar mi propia imagen. No me gusta que me vean recién levantado, sin afeitar, con un impreciso sabor de boca que me sube desde el estómago o desde el vientre –el bajo–. Por la mañana, a Olmo, de la boca le salían emanaciones de sándalo y bollitos de anís –los veo–. Olmo ahora es un borrón que estará comiendo croquetas en casa de su mamá.

–¿Taxi?

El taxista me ve tan apurado que se encarga de todo el equipaje. No necesita más de dos o tres movimientos para acoplar los bultos en su cuerpo escultural. Parece un muchacho excelente.

–Lo siento, pero el aire no funciona.

Sudo a chorros. Voy a marearme, pero no me doy aire con la mano a fin de evitar un gesto de mariconería de esos que Paula me afea. Lo cierto es que a mí también me incomodan. Resisto mientras delante de mis ojos, a través de la ventanilla, desfilan rascacielos, terrazas, comercios, toldos, jardincillos, mujeres y hombres vestidos con indumentarias impensables en otros lugares que no fueran éste. Gorros de mexicano. Maracas de Machín. Pareos. Lentejuelas. Bermudas. Viseras. Patinadores. Los zepelines surcan el cielo.

–Son veinte con diez.

–Cobre veintiuno.

Me gusta dar propinas incluso cuando ando justo de dinero. Soy hombre dadivoso. No escatimo. Ésa es otra de las predisposiciones naturales que Paula me corrige. Gracias a ella, mis cuentas están bastante saneadas, pese a que no suelo tener mucho trabajo.

–Que tenga usted un día inmejorable.

El hiperbólico taxista, en otras circunstancias, hubiera logrado que mis vacaciones fueran mucho más felices. Pero ahora me siento estólido, inapetente. Carezco de esa seguridad en mí mismo sin la que es complicado afrontar la tensión del coqueteo.

Ahora que localizo a Marina Frankel en el bar de este hotel con forma de nave espacial o de templo habitado por una secta californiana, me retracto otra vez: estoy seguro de que le dije que no me fuera a buscar por consideración hacia ella. Debo corregir, en la medida de lo posible, la tendencia a enjuiciar mis acciones de un modo en el que siempre el lado oscuro y egoísta anula la buena voluntad –que está ahí sin duda–: mi uniforme de camuflaje, como un ácido, se me va comiendo la calidad humana. Antes me atraía ese Zarco despectivo. Pero, tal vez a causa de este clima tan húmedo, me encuentro exhausto y no tengo ganas de encrespar la espina dorsal como gato rencoroso. Quiero dejarme querer, ronronear bajo la caricia de una mano –no importa que sea femenina, basta con que sea hermosa…–, la mano suave y enjoyada de Marina Frankel…

–¡Buen día, señor! Vaya casualidad…

La mucama me intercepta antes de que yo haya atravesado el hall del hotel para encontrarme con Marina, que desde un rincón del bar me saluda. Mi amiga rápidamente se levanta –ha debido de notar mi aspecto depauperado– y se acerca como si fuera urgentísimo sostenerme. Al llegar junto a mí, me da dos besos agarrándome por los hombros. Yo sólo espero no desprender mal olor:

–¿Ya conoces a Charly?

Charly, la mucama, me tiende sus manos, rematadas en diez dedos cortos y anillados –no se amputó ninguno recolectando plantas con machete o con hoz–. Resuenan las vértebras de mi espinazo felino. Esto empieza a ser una terrible coincidencia y un mal augurio.

–Arturo, no puedes dejar de subir.

Marina Frankel, pese a su apellido de ventrílocua, no sabe hablar alemán. Casi toda su vida ha transcurrido en esta ciudad del Mediterráneo de la que sólo salió cuando estudiaba bellas artes. Entonces la conocí y, antes de que me casara con Paula, Marina y yo ya éramos de esos amigos que se confiesan delante de unas copas. Conozco detalles escabrosos de la familia de Marina Frankel. Ella a mí también me guarda algún secreto. Con Marina nunca me sentí acosado ni querido de esa forma arácnida que Paula tiene de querer –o de quererme específicamente a mí–. En realidad, ambas mujeres se parecen un poco si exceptuamos la circunstancia física de que Paula es coja y Marina rubia. Igual que Paula, Marina se comporta con frialdad con las personas que no conoce demasiado. Con educación, pero sin tocar. Seca. Pero, de pronto, Marina se abre y es una mujer que da mucho cariño, delicada, cálida –¿a quién podría contarle yo ahora que delicada y cálida tienen casi las mismas sílabas?–. Marina te elige, te da la mano, te muestra la trastienda –estantes llenos de drogas y linimentos de colores, jeringuillas de cristal–, el doble fondo de ese baúl donde se guarda un polvoriento traje de novia, el cajón escondido de ese secreter en el que se firmaron, como poco, tres armisticios y un pacto de sangre. En ese momento, uno es el hombre más feliz del mundo. Sin embargo, de profundamente Marina –«Suena a telenovela», me diría Paula como si yo no hubiera elegido la cursiva a propósito– no sé tantas cosas como ella sabe de mí. Ése es un desequilibrio que podremos superar a lo largo de este verano en el que procuraré hablar poco de mi vida, aunque estoy seguro de que, con su aparente desinterés, Marina me tirará de la lengua.

En cuanto la llamé y di comienzo al cuento largo de mis penas de amor, me invitó a pasar el verano en su casa. Aquí a nadie se le ocurrirá buscarme. Hace muchísimos años que Marina no aparece en mis conversaciones y el calor es tan pegajoso en estas playas que sólo podría darse la casualidad –fatalidad– de que Paula –una persona que busca anagramas y palíndromos– se acordara de Marina y, con una punzada de celos, atase cabos para presentarse por sorpresa con Olmo. Miro a mis espaldas por si el milagro estuviese a punto de producirse. Pero en este ascensor, que nos sube a la planta cincuenta del hotel, sólo estamos Marina Frankel, un poco más rellena que hace unos años, y yo mismo. Abajo, Charly se ha quedado vigilando mi equipaje. Protegiéndolo de los guantes blancos de esos jubilados que vuelven de hacer gimnasia con ganas de travesuras. Marina mira cómo el suelo, la tierra firme, se separa de nuestros cuerpos ascendentes. No soporto el silencio:

–¿Te has dado cuenta de que delicada y cálida tienen casi las mismas sílabas?

Marina sale del ascensor sin responder. Quizá no me ha oído porque el hilo musical le tapona las orejas. Pero Marina no es sorda, sino perspicaz:

–¿Ya estás echando de menos a Paula?

Me siento descubierto, desnudo. Estamos en el punto más alto del edificio más alto de la costa. Marina se llena los pulmones como si tuviera hambre y el aire fuera una mezcla de sémola y verduras:

–Éste es un buen lugar para empezar otra vez, Arturo.

Si Paula la oyese, la mataría. Por cursi, por teatral, por provocadora –«Por puta», sentencia su voz dentro de mis tímpanos–. Paula encontraría mil razones para ciscarse en Marina Frankel. A mí, sin embargo, me viene a la memoria el engreimiento de don Fermín que observa Vetusta desde la torre de la catedral. Como ya he dicho, este hotel parece un cohete o un templo levantado en honor de un dios al que le agradan, sobre todas las cosas, los muslitos de pollo y los niños sin destetar. El titán –un caprichoso– coloca en el tablero las barrosas figuras de los mortales para aplastarlas bajo el peso de su meñique. Yo desde aquí no distingo nada. La perspectiva aérea también puede ser un modo de desfiguración. El paracaidista aprieta los párpados porque prefiere no ver. Marina aparta el brazo de encima de mi hombro, donde lo había colocado con camaradería y amor, y su dedo índice me muestra esas cosas –también las hay– que sólo pueden comprenderse desde arriba:

–Allá, entre aquellos naranjos, está nuestro riurau

Marina utiliza un tono sentimental. Lo que no me dice –porque es discreta o porque hoy tiene el corazón de luto por mis dolores y sólo emite frases afectivas sobre la naturaleza y la infancia…– es que su riurau ya no es un almacén de pasas, sino una mansión en la que voy a sentirme muchísimo más cómodo que en cualquier camping –castrado gato doméstico sobre aterciopelado cojín–. Tampoco me dice que, siguiendo el hilo azul de la costa, le pertenecen el edificio de las vidrieras y la urbanización de chozas verdes que se adivina al pie de una montaña a la que uno de los dioses, que suele subir a esta terraza-mirador ahíto de comer pollo y niños lechales, le ha pegado un bocado. La marca del mordisco se aprecia en la cuerda de la montaña donde, según aseguran muchos fumadores de hachís de los años setenta, reside una colonia extraterrestre. Las familias extranjeras –un término genérico– que habitan en las urbanizaciones del interior, en los chalés sumergidos en –o anestesiados por– el aroma del azahar y el fucsia de las buganvillas, no tienen ombligo. Es posible que, bajo el tatuaje del cogote, en el nacimiento del pelo, lleven camuflado un cajetín para meterles una pila como la que había que embuchar dentro de aquellas muñecas que nunca se cansaban de decir «Mamá, te quiero mucho».

–¿Has visto, Arturo, cómo se refleja la luz sobre las olas?

Marina quiere proporcionarme distracciones estéticas y sensoriales. Pero aquí, desde lo más alto, tal vez abducido por el espíritu oscuro de don Fermín de Pas, recuerdo la información que me dio Pauli –«No me llames así», qué raro se me hace no escuchar ya mismo su voz– aquella vez que la familia de Marina salió en los periódicos y, desde su cubículo en el Ministerio de Hacienda, mi exmujer fue más allá de la vox pópuli. Ahora, una vez repasado el paisaje a vista de pájaro, una vez localizados los hoteles y los campos de golf y las urbanizaciones y el escondido riurau, entre bancalitos de algarrobos y almendros, recupero datos de aquella investigación paulina: la familia materna de Marina Frankel posee, además de los bienes enumerados, una cadena de heladerías y varios pisos repartidos por esta y por otras ciudades. Posee locales y negocios: tiendas de souvenirs, bares típicos, pubs, salones de baile donde mujeres del norte –auténticas vikingas– engullen tartas de nata con fresas y combinados dulces adornados con bengalas.

–No hay unas playas como éstas en toda Europa.

Marina me habla con acento desganado pero orgulloso. El señor Frankel no tuvo tiempo de enseñar alemán a sus dos hijas gemelas ni de disfrutar de la fortuna de los Orts. Sólo dejó su apellido y uno de los nombres de pila de las niñas, Ilse. El otro nombre, Marina, lo eligió Juana Orts, que desapareció con Frankel dejando a sus hijas al cuidado de su hermana Amparo. «Ésa es el ama de verdad», me dijo Pauli –ahora puedo llamarla como me dé la gana– para prevenirme de la condición siniestra y matriarcal de la familia Orts. Nadie sabe por qué Frankel volvió a Alemania después de haber establecido el contacto –tremendo cortocircuito– para pegar un braguetazo monumental ni por qué Juana fue tras su compañero. Nadie pensaba que se quisieran así.

Marina observa la inmensidad azul. El cielo, el mar y la masa violeta y verde de la montaña contra la que se encajonan los rascacielos. Es sólo un efecto óptico: los rascacielos son una lengua amurallada frente al mar y esta ciudad es una fila de volúmenes ordenados por tamaños, una superposición de pantallas que hay que superar para acceder al siguiente nivel en la consola.

–Desde esta terraza he pintado algunas acuarelas.

La voz de Marina dibuja esa cadencia desganada que se escucha por aquí. Algunos confundirían esa línea melódica con la dulzura; otros, con la enfermedad. La inflexión un tanto anémica de cada frase le otorga un matiz de melancolía o cansancio –«Mosquitas muertas», la voz de Paula, por contraste, rezuma cierto desprecio barriobajero–. Deberé poner mucho cuidado en no mimetizarme con el acento de Marina. Ni con un diletantismo al que soy proclive. Ni con un modo de vivir decorado por gatos de angora y piscinas en forma de riñón. Tengo una tendencia zelig que me resta carácter.

–¿En qué piensas, Arturo?

–En nada, querida.

Marina es pintora como lo fue el señor Frankel, que vendía acuarelas panorámicas en la plaza del Castillo. A Juana probablemente le sedujo la idea de ser musa. Se hizo hippie. Se marchó con Frankel en una caravana. Se cambió el nombre. Janni Frankel. El abuelo Orts dejó sus bienes y posesiones –exceptuando esa parte de las herencias que no puede escatimárseles ni a los desheredados– a su hija Amparín, por entonces soltera y amante madre adoptiva de sus dos sobrinas: Marina e Ilse. Desde hace veinte años, Amparo está casada con un podólogo –¿o era un oculista?seis o siete años menor que ella. Janni Frankel vive en Alemania desde hace cuatro décadas, que es exactamente la edad que marca la piel de mi amiga Marina.

–Tu tío… ¿era oculista o podólogo?

–Podólogo.

Un minuto más de silencio contemplativo del paisaje. Después, Marina me coge las manos con la misma expresión de bicha buena que ponía Melania al dirigirse a la pobre Escarlata en Lo que el viento se llevó:

–Estoy muy contenta de que hayas venido.

Pese a los ojitos de ternera degollada, le agradezco –de corazón roto– a Marina su hospitalidad. La aplasto un poquito contra mí. No quiero cometer excesos ni galanterías que puedan dar lugar a un malentendido. Me separo de Marina y dejo de contemplar el panorama para detenerme en ella después de veinte años. Marina es tan alta como yo. Una pelusilla dorada le abrillanta las partes visibles de su cuerpo. Sus hombros expresan debilidad en comparación con las caderas de matrona. Sobre un cuello elegante, lo mejor de esta mujer es su cabeza rubia: el pelo corto enmarca un rostro oval rematado en una barbilla con hoyito; los ojos, color azul piscina –se produce una simbiosis perfecta entre su color y mi color–, viven y se agrandan entre la negrísima espesura de unas pestañas sobrecargadas de rímel. A veces la cara de Marina Frankel se motea con briznas negruzcas. Entonces parece un deshollinador. La nariz conserva pecas de niñez. La boca, fruncida en un brote carnoso –un capullo–, al abrirse para reír, descubre una dentadura flamante de dinero: saludable y marfileña. Las orejitas, pegadas al cráneo, se adornan con brillantitos de un montón de quilates. La piel –el órgano más grande del cuerpo humano– reluce hidratada por cremas de noche. Sus pómulos: las alas extendidas de una mariposa –Olmo, después de comer croquetas, acostumbra a clavarlas con alfileres contra un corcho forrado de satén–. Marina Frankel no habla alemán pero, con sus imperfecciones, es guapa como un demonio. Si Paula me oyera, me mataba. Pero Paula se aparta un minuto de mi mente ante las palabras de Marina Frankel:

–Llegas en el mejor momento, detective….

Me da un codazo al llamarme «detective». No entiendo por qué ahora Marina me aplica ese tratamiento.

–¿Me vas a contratar?

He formulado la pregunta como quien juega a las películas o a las series de la televisión, presuponiendo una risotada de Marina Frankel que me permitirá ver una campanilla que huele a la perla de la ostra. Ella deja pasar un segundo de suspense con la mirada puesta en su reloj de pulsera. Después, se lleva el dedo a su boca perfumada para no decirme ni que sí ni que no:

–Me deja muy tranquila que estés a mi lado.

Soy un tiarrón. El eficiente guardaespaldas de una mujer buena, rica y guapísima. Mi banda sonora, en el instante de disfrutar de este espejismo, no es la de Whitney Houston porque detesto cómo le tiemblan los labios cuando sube. Marina me saca de mi ensueño y me recuerda que todo consiste en el orden que se decida dar a las palabras:

–Otro día te lo cuento. O, mejor, ya te lo iré contando poco a poco.

Paula inocularía en mí la suspicacia –«Te quiere dominar»– y, sobre todo, aprovecharía para aleccionarme como inspectora de Hacienda y mujer de principios –«Los ricos nunca son buenos»–. Yo le respondería que todo depende, aunque en el fondo me aturda la seguridad de que Paula –hablando por una boca que no es la suya sino la que yo le veo dentro de mí–, Paula Quiñones, hija de un barrio de la periferia urbana, siempre, siempre, lleva razón. Mientras bajo en el ascensor del brazo de Marina, enciendo el móvil. No tengo llamadas perdidas ni mensajes. Apago inmediatamente el aparato como si de verdad hubiese venido a descansar y no quisiera ni la más mínima interferencia de mi otro mundo.

Las mujeres Orts nacen a pares. Gemelas monocigóticas idénticas con el mismo grupo sanguíneo. Un solo huevo. Las mujeres Orts padecen embarazos desagradabilísimos con irrefrenables vómitos y riesgo de preeclampsia. Paren hijas prematuras que terminan de hacerse fuera de sus mamás y son alimentadas con biberones. Marina optó por no tener descendencia:

–La maternidad debería ser una experiencia extracorpórea. Un huevo que madura al lado de la cama bajo una lámpara de infrarrojos. Ninguna lombriz que te chupe la sangre dentro de la tripa.

Marina nunca me presentó a ningún novio. Como si me estuviera leyendo el pensamiento, mi amiga me dirige una mirada soñadora de estrella cinematográfica mientras conduce rumbo a la casa familiar:

–Quizá siempre estuve enamorada de ti, Arturo…

Marina prorrumpe en una carcajada y Charly da un bote en el asiento trasero. Marina nos revela que las mujeres Orts conocen el peligro desde el útero. Las gemelas Orts se abrazan sumergidas en el líquido amniótico. Comparten el alimento intercambiándose la sangre a través de una placenta única. Pasan hambre. Se colocan en la línea de salida para ser las primogénitas. Amparo y Juana. Marina e Ilse. Al final de un túnel, iluminado por bombillas de cuarenta vatios y con goteras –las humedades pintan en la pared vaginal caras de vírgenes, dioses paganos y verónicas–, en el definitivo descenso hacia la luz, se retiran la grasa que les recubre el cuerpo y se desquitan de las privaciones placentarias para pisar con fuerza en la vida. Algunas nacen con dientes. Marina me da un golpecito en el muslo para que mire, a través del espejo retrovisor, la aterrorizada cara de Charly. Mi amiga disfruta de su dominio de la palabra –«De su superioridad de clase», Paula, incorregible, no me va a amargar, en forma de conciencia, ni las gambas rojas ni las copas de champán que me servirán en casa de Marina:

–Puedo acordarme de esas cosas y de la música de Jefferson Airplane que Janni Frankel nos obligaba a escuchar intrauterinamente…

Por el espejo retrovisor vigilo a Charly. Se ha sosegado.

Marina quizá busca entretenerme porque actúa como si le hubieran dado cuerda:

–Todo resulta un poco monstruoso…

Marina ríe:

–Me río. Pero lo digo de verdad.

Como si estuviera muerta de cansancio, Charly se tapa la cara con sus diez intocados deditos cuando Marina comienza a utilizar metáforas. La hembra procreadora de cada par Orts guarda en su vientre otro par de mujeres diminutas: una es un tronco macizo decorado de colores –la propia Marina–; la otra oculta en su seno otras dos muñecas: una que podrá hornear pan y desdoblarse, y un bloque estéril de hormigón armado. La matrioska fértil de ese par se bifurcará en otras dos muñequitas y, así, nos deslizamos, por tubos de la risa y toboganes, hasta el principio de toda numeración, hasta el fondo oscuro –la última gota de azogue– del espejo. De repente, Charly se cae del guindo:

–¡Como en sus pinturas!

–Exactamente, Charly.

Me pone nervioso la ingenuidad de Charly; también la condescendencia de Marina. Ni Charly puede estar tan henchida de ese entusiasmo infantil que proviene quizá de las descripciones que Bartolomé de las Casas hacía del carácter del indio, ni Marina debería hablar como una señora que acaricia, cariñosamente y con dulce rictus de ama buena, la cabeza del hijo del criado. Altero el rumbo de la conversación:

–¿Cómo está Ilse?

Charly finge haber encendido su iPod, pero no escucho la entonación quejumbrosa de ninguna cantante de boleros. Sin separar las manos del volante ni la vista de la carreterita que nos conduce hacia el interior de la comarca, Marina me responde:

–Lo anterior era un prólogo, Arturo: Ilse tiene dos gemelas de ocho años.

Las gemelas de Ilse. Pregunto por la cuestión onomástica:

–¿Corina y Carina?

–No.

–¿Ernestina y Alfonsina?

–No.

–¿Yelena y Serena?

–No.

–¿Sol y Luna?

–Frío.

–¿Marta y María?

Es desaconsejable aludir a los hermanos gemelos como «los gemelos» o ponerles nombres de pila que se complementen o rimen. Yo lo sé y Marina sabe que yo lo sé porque, cuando éramos más jóvenes, hablábamos sin pausa de este mundo duplicado.

–Se llaman Estefanía y Érica.

Entre las verdades o los dictámenes científicos, Marina, igual que hoy, cuando éramos más jóvenes, intercalaba historias que me ponían los pelos de punta. A los gemelos no hay que vestirlos igual. No hay que permitir que pasen solos mucho tiempo. Que hagan juntos los deberes, que jueguen a oscuras en una habitación, que se enamoren de la misma persona. Que se aíslen del resto del mundo para cometer actos incestuosos, homosexuales u onanistas. El amor es, por principio, una experiencia gemelar. Hay que impedir que los gemelos se encierren en un cuarto para asesinarse mientras se miran al espejo y comprueban que no hay dos, sino cuatro cadáveres en la habitación. Para suicidarse en la carne del otro y someterse a innecesarias operaciones quirúrgicas. Intercambiarse ojos, brazos o dedos. No hay que permitirles suplantar al hermano para aprobar un examen o burlar a un pretendiente. A los gemelos no hay que hacerles competir. Ni regañarles juntos. Ni dejarles asistir al funeral del hermano muerto. Hay que vigilar sus esfínteres. Concederles el doble de tiempo que a un simple niño –uno– porque, al ser dos y simultáneos, suele prestárseles la mitad de atención que a una criatura sin bifurcaciones, sin cuatro piernas, dos estómagos, dos páncreas, veinte deditos de los pies…

Marina conoce mis aficiones librescas: réplicas y repeticiones, gemelos, espejos, déjà vu, la sensación de que esto ya lo he vivido antes, Olivia de Havilland es ella misma dos veces, dos hermanas Terry y Ruth, una perfecta y la otra un mal simulacro, una loca, la pudrición interior, maniquíes, muñecas de porcelana china, clones de corderos o de seres nacidos en vainas, figuras del museo de cera, abducciones y la posesión del demonio, disfraces y suplantaciones de identidad, frankensteins, sueños, retratos e imágenes, Dorian Gray, Laura y la mujer del cuadro, álbumes de difuntos y fotografías que nos ocultan la clave para descifrar el misterio, el doppelgänger, Teresa Wright enamorada de su tío en Shadow of a Doubt, David Cronenberg, El otro por encima de todas las cosas. Amén. Marina imita la terrorífica voz del tráiler de la película de Robert Mulligan:

Holland, where is the baby?

Cállate, Marina.

–Te he preparado un montón de películas para que las veamos juntos.

Marina vuelve la cabeza hacia el asiento de atrás. Espero que conozca el camino de memoria:

–No, Charly, no te preocupes, Arturo no va a meterme mano en la última fila.

Charly no mueve ni un músculo de la cara. Tal vez sólo un tic –fugacísimo– le ha acalambrado levemente el pómulo derecho. No, el izquierdo, porque a Charly la veo a través del retrovisor. No sé por qué Marina pretende escandalizar a la mucama. Me da menos miedo su imitación que sus bromas y provocaciones: la Marina de antes era mucho más discreta. También me incomoda la exactitud de su memoria.

–¿Recuerdas aquella vez que me besaste? Quince de abril de mil novecientos ochenta y siete…

Mi gran interés por Marina surge de la necesidad que siempre tuve de rodearme de mujeres guapas, de procurar seducirlas, de retorcerles las medias de cristal en los tobillos y de recorrer con mis dedos sus espacios interdigitales como una promesa que no se iba a cumplir, de simular que me calentaba calentándolas, para después acabar defraudándolas a todas y, mucho más, a mí mismo.

–A lo mejor no era yo, Arturo…

Pero, además, mi fascinación por Marina se relacionaba también con su hermana gemela. Yo la acosaba con mis preguntas: si ella se cae, ¿a ti te duele?; ¿tenéis miedo a la vez?; ¿soñáis lo mismo? Me compadezco de las estupideces de mi juventud. Después, pongo cara de pánico. Marina me sigue la broma:

–Ya he dicho que es un poco monstruoso….

Sospecho que durante demasiado tiempo Marina no ha tenido ocasión de inventar extravagancias. La veo contenta. Paula me susurra: «Te engaña, Zarco.» Pero no puedo fiarme de una mujer celosa que intenta protegerme –hacerme daño– desde dentro de mí mismo. Marina deja el tono de fábula:

–Ahora Ilse y yo sabemos todo lo que la tía Amparín debería haber tenido en cuenta para nuestro correcto desarrollo emocional…

Marina vuelve a meter a Charly en la conversación sugiriéndole que se tape los oídos:

–¡Charly! Esto es muy, muy privado…

La mucama apoya la sien contra la ventanilla del coche y cierra los ojos. Como si al bajar los párpados perdiese la audición y el entendimiento. Pese al tono festivo, Marina Frankel habla seriamente. Quizá no le importa que Charly escuche sus secretos o quizá confía en esta mujer que cuida del equipaje y mantiene relucientes los dorados del riurau –«Quizá sólo la desprecia y se divierte a su costa», Paula se comporta como un Pepito Grillo muy pero que muy rencoroso–. Yo también sé ponerme serio:

–¿Pasa algo con las niñas?

–Ilse y yo hacíamos cosas peores.

–¿Debo estar prevenido? No llevo pistola….

Temo que Marina Frankel vaya a pegar un volantazo, pero lo único que hace es volver a reír:

–Bueno, en casa hay cuchillos que Charly usa como un cocinero japonés, ¿verdad, Charly?

Charly aprovecha la invitación retomando el tema de las gemelas de Ilse:

–Son muy buenas niñas. Fanny un poquito más nerviosa…

Charly muestra su mejor voluntad. Su gesto transmite una preocupación que se aproxima mucho al asco. Me asalta la duda de si alguien puede ser tan cariñoso y tan justo –«Querer tanto a sus patroncitas», cuánto te echo en falta, Pauli, cuánto me molestas…–. Veo sonreír otra vez a la mucama de los diez dedos. Ignoro cómo debo interpretar esa pose de extática diosa de las inmolaciones. Me dirijo a Marina:

–¿No me lo vas a contar?

Mi amiga calla. Llegará un día en que estas mujeres idénticas comenzarán a separarse. Una será la fea y otra la guapa: por lo que sé de Janni, ella y Marina son los miembros agraciados. Amparo e Ilse, los muñoncitos. Los rasgos son idénticos: la separación entre los ojos, la zona del cráneo donde empieza a nacer la cabellera, la disposición de los dientes, las huellas dactilares…; sin embargo, no el paso del tiempo, sino las acciones que se emprenden a lo largo de él, modifican las fisonomías: las manos se deforman por la fuerza que se imprime para pelar las patatas; el ceño se frunce y aparece una retícula de arrugas, como pequeños derrames alrededor de los ojos, si se han llevado a cabo trabajos de precisión: inseminar óvulos, detectar erratas en la página del poemario, arreglar relojes, engarzar piedras preciosas en monturas, pulir y graduar cristales, desactivar explosivos. La curvatura de la espalda se inclina un poco más hacia delante por las horas de estudio, se achican los ojos y de la boca desaparece la marca imbécil del placer. O, quizá, el placer se ha convertido en aprensión. Cambia el gesto corporal y el esqueleto, se despellejan los codos o se caen los dientes, se declaran vicios y virtudes y se valida la máxima de que la función hace al órgano más allá de la herencia genética. En estos pensamientos me descubro como alguien mucho más moralista que Paula. Pero cuando soy puritano y estricto, cuando me pongo erasmista, Paula no suele abrir la boca para recriminarme.

Marina e Ilse, desde que conocí a la segunda, siempre fueron para mí mujeres distintas que me inspiraron ciertas curiosidades: ¿por qué Marina es bella e Ilse vulgar?, ¿será por el alma? –«In nomine patri…»–, ¿puede haber belleza en la inarmonía o la belleza reside únicamente en la regularidad y las proporciones del Doríforo de Policleto? En fin, asuntos intrascendentes –«Gilipolleces», oigo voces que no existen: debo tener cuidado–. También oigo la voz, un poco fantasmagórica aunque tangible, de Marina Frankel:

–Ya estamos aquí.

Un chófer se lleva el coche de Marina. A través de las ventanas del riurau de los Orts, atisbo movimientos de personas que nunca lograré ver: limpiadoras, jefes de mantenimiento, los que alzan en el aire esta magnífica vivienda. Sombras que quizá, ahora, me echen un ojo entre los visillos. Ilse y sus gemelas nos esperan en el porche del riurau. La tía Amparo –«El ama, Zarco, ésa es el ama»– está indispuesta. Finjo cierta preocupación a la que Ilse le quita importancia ritualmente. También disculpa a su marido, Jaume Ferrer, que se ha ausentado por asuntos laborales. Aunque no lo conozco, ya lo echo de menos en esta casita de muñecas rusas. A veces la camaradería entre hombres desprende simplicidad y salud. Películas de barcos al abordaje, gladiadores y soldados de la segunda guerra mundial. Buenos chicos. Camaradas. Las hijas de Ilse y Jaume también me dan la bienvenida con un beso. Fanny se me queda mirando fijamente y Érica pregunta:

–¿Y el abuelito?

El abuelito es Marcos Cambra, el marido de Amparo Orts. Las hijas de Ilse son muy educadas y parecen mimosas. En este caso es evidente que Érica es la hermana fea.

Si anoche Paula me hubiera hecho una llamada, yo le habría aclarado: «No, mi amor, no, no estoy esquizofrénico, sólo he sufrido un shock sentimental, respétamelo: es lo único que te pido.» Después, le hubiese colgado como si su llamada fuese una intromisión imperdonable en mi vida privada. Pero, de anoche, sólo puedo constatar que dormí bien, arrullado por un grillo. Quizá Charly echó alguna sustancia anestésica en mi cena, aunque no podría asegurar si lo hizo con la buena intención de proporcionarme descanso o con la mala de provocar una parálisis de mis extremidades –todo lo percibo, pero no me puedo mover–: así, sería más fácil asfixiarme apretando un cojín contra mi cara. La temperatura nocturna en este vergel interior no me ha resultado incómoda. Pasé la velada con Marina como si estuviéramos solos. Tal vez la familia –ajena a los detalles de mi vida sexual– se quiere desprender de la soltera y yo, visto sin gafas a una edad en la que ya todos vamos padeciendo presbicia, soy un buen partido. La familia forma con las manos un cuenquito dentro del que Marina y yo bebemos brandy después de cenar. Algunos pares de ojos, claros y oscuros, nos espían a través de cerraduras y agujeros abiertos en los cuadros. Es una pena que no lleguemos a culminar la velada con un beso de lengua.

–¿Has visto que nos han dejado solos?

Supongo que con su coqueteo Marina pretende devolverme cierta confianza en mi atractivo sexual –«Hija de la grandísima puta» sería el contrapunto netamente paulino en esta ocasión–. Ilse, que sólo debe de saber que hasta hace nada yo era un hombre casado –la discreción de Marina junto con su aptitud para crear historias estrafalarias son los rasgos más acusados de su carácter–, desapareció con Estefanía y Érica. Amparo no salió de su alcoba. Desde su último viaje a Alemania, se encuentra mal y ésa es la razón por la que Ilse ha dejado a su esposo en el piso de la ciudad y se ha venido a pasar el verano con la tía Amparín. Me aseguran que hoy comeré con mi anfitriona y con el podólogo. Tengo ganas de conocer al ama. Me pregunto si el tiempo habrá sido clemente con esta mujer que debe de rondar los sesenta y pocos años. Janni Frankel tuvo joven a sus hijas y María Amparo asumió responsabilidades por ella. La responsabilidad encorva y cuartea la piel. Marina se deshace en alabanzas:

–Mami Amparo fue muy generosa…

Si Paula hubiese oído lo de mami… Pero todo esto sucedió ayer.

Cuando me encuentro al nivel del mar, me baja la tensión, así que quizá las pócimas de la mucama no sean el origen de mi laxitud. El sopor me pega los párpados –siempre aparecen, en situaciones límite, dificultades añadidas frente a las que he de sobreponerme–, y hoy, nada más levantarme, sólo me he sentido capaz de desplazar mi cuerpo desde la cama hasta una tumbona, situada bajo una pérgola, frente a la piscina del riurau. Ayer Marina Frankel me contó que este tipo de construcción es característico de una zona más al norte y yo reviví una postal de Las Vegas con sus casinos, pagodas y zigurats: millonarios del desierto trasladan a su país un templo egipcio que acondicionan como sauna… Pese a todo, la excentricidad de los Orts se reduce al desplazamiento de unas decenas de kilómetros. No se han producido saltos intercontinentales y el riurau es muy bonito. Anoche mi cuarto olía a jazmines con su leve esencia a podredumbre. Entre el aroma de las flores, percibí la fetidez estomagante de algún insecticida: el zotal con el que Charly preserva un concepto de la santa limpieza fundamentado en el exterminio de polillas, cucarachas y mariposas blancas de la col. Gracias a Olmo, soy un gran conocedor de este tema, aunque estoy aquí para bañarme en el río del olvido y salir de sus aguas desinfectado. Como si el río fuera un sahumerio y yo un pecador o un enfermo que tose mucho.

Después de haber reprimido el impulso de encender mi teléfono móvil, me estiro como un gato y reflexiono sobre el tamaño de mi confort. Sobre mis privilegios. Es la primera vez que estoy en el punto central de una fantasía a la que sólo me había acercado cuando espiaba a través de las vallas de los chalés de lujo. Hoy soy el hombre que se encuentra en el centro del secreto y que quizá se aburra pronto del olor a cloro de esta piscina azul, del suave césped y de los hibiscos. Pero ahora, en general, mi satisfacción no es poca. Mientras me recreo en estas cavilaciones, más allá de los cristales oscuros de mis gafas, adivino a Érica y a Estefanía que, al otro lado del jardín, juegan a extender las alas y a volar como los pájaros.

La abuela rusa de Holland y Nills enseña a sus nietos a meterse dentro de otros seres vivos –el caparazón militar de la hormiga, el cráneo del búfalo, sus resonantes pulmones, las alas de un cuervo de pico azul– para volar muy, muy alto, ver desde arriba las granjas y los invernaderos de gladiolos, el techo de madera del establo, los almacenes de trigo, los almiares, todo lo que hay más allá de la cúpula de cristal que recubre la comarca y el país entero, más allá de los focos de iluminación y del espacio donde el aire se puede aún respirar sin transformarse en sustancia tóxica… El rostro de los niños se enrojece. Los niños sudan, pero al fin se liberan del abrazo de la abuela y extienden los músculos para elevarse –lo notan en la tripa–. Como pájaros, distinguen en los surcos de la tierra las miríadas de insectos que les nutrirán y les darán vigor para volar más alto y más allá, hasta que el cuervo se lance en picado y aterrice, poco después, en un granero con el tejado roto e, inesperadamente, se ensarte en los dientes de una horca oculta entre la paja. Un pinchazo muchísimo más fuerte que el de tres mil inyecciones atraviesa el corazón de los niños. Es la espina de un gigantesco animal. Entonces, el niño a quien la abuela retenía en su regazo se desmaya, grazna, convulsiona y la vieja se percata de que convendría saber quién propicia este tipo de accidentes…

Me quito las gafas para contemplar a las gemelas con esta luz de las ocho de la mañana. Dos niñas nunca deberían jugar solas al borde de una piscina, pero las gemelas se han levantado en secreto. Se han escapado de la vigilancia de Charly –Fotomatón: Ana Carolina Madariaga, nacida en Santa Catalina Pinula en 1973, de algo he tenido tiempo de enterarme y por algo soy un detective que no puede desprenderse de su vocación de buenas a primeras–. Las niñas llevan dos camisoncillos de gasa. Juegan en la clandestinidad. Yo también he llegado de puntillas a mi tumbona y las vigilo, como guardabosques a los ciervos, mimetizado en la sombra de la pérgola, sin levantarme para no provocar el estruendoso crujido de una hoja bajo las plantas de mis pies. Las niñas están disfrutando de un vuelo feliz. Pesan tan poco que la hierba casi ni se dobla. Son dos campanillas que ascienden no con el espesor, venoso y muscular, recubierto de plumas, de las alas del cuervo azul, sino con líquidas alas de libélula. Son hadas que cantan en un lenguaje que yo no comprendo y con el que ellas se contarán secretos inaudibles para el oído humano.

–¡Tilín! Chin, chin, chin…

Fanny acompaña los sonidos con movimientos armoniosos, mientras que Érica se ajusta violentamente a las melodías. La boquita mellada de la gemela Fanny, al decir tilín, chin, chin, muestra una gracia especial que no adorna la boca desdentada de la gemela Érica. A Fanny su mamá le ha cortado el pelo. Quizá se infectó de piojos o quizá Ilse prefirió subrayar las diferencias entre sus dos hijas. La niña del pelo corto tiene un aspecto simpático, indefinido. Érica retiene sus cuatro pelos atados por una goma. Fanny parece la nínfula-actriz de un film que transcurre en la campiña francesa. Érica está más flaca y da la impresión de ser un par de centímetros más bajita que Fanny. Es el cachorro que hay que sacrificar en una camada numerosa.

Fanny repara en mí y viene rodeando la piscina, dejando arrastrar un pie por la superficie del agua. Como si pudiera caminar sobre ella. Dos pasos por detrás, la sigue Érica. Las niñas han abandonado sus exvotos: una bola de plástico de las que se sacan en las máquinas expendedoras; una muñeca a medio vestir; una pelota rellena de purpurina azul Klein Internacional… Fanny se recuesta en mi hamaca. En una mano apoya su carita, la otra se la lleva a la cintura:

–¿Quieres casarte conmigo?

A la niña le brillan los ojos. Con la punta de la lengua, se repasa la encía desprovista de paletos. Es posible que, en el paladar, Fanny conserve el regusto de la sangre reciente. Me coge la mano. Me siento tonto y minúsculo. Tengo una especial sensibilidad para la infancia. A los niños suelo gustarles –elegante, Paula aparta los flashes de las cámaras y susurra: «No comment»–. Fanny se me insinúa:

–Me enamoré de ti nada más verte.

Los dioses me regalan amores que no me merezco. Sólo una ninfa como ésta –¿asexuada?– podría redimirme. A lo mejor se la presento a mi madre para que recupere la fe; la caridad, sobre todo. Mi nueva novia no sufre ninguna tara física a excepción de la ausencia de los dientes de leche. Tiene el mismo aspecto de duendecillo ingrávido que Olmo. Mi madre podría enseñarle a hacer un punto del derecho y otro del revés, y a coser patucos. Ni siquiera Paula podría resistirse a esta criatura celestial. Es tan bonita que la metería en la jaula del ruiseñor. Pero a Fanny le crecerán los pechos y todo se volverá mucho más cárnico y mucho más desagradable.

–Debemos concertar una cita. Te amo.

Tal vez Fanny se esté riendo de mí, pero algo en el ceño de Érica me dice que su hermana me habla con la mano en el corazón. Nos envuelve un polvo de estrellas que se evapora cuando Fanny exige:

–Cómprame un anillo con dos perlas y un rubí.

Me muestro seguro. Pero tiemblo como un flan:

–Y una tiara de princesa.

–No. Con el anillo estará bien.

Fanny no es maleable. Érica, tampoco:

–Eres una mentirosa.

Fanny se mordisquea los padrastros. Érica tiene la voz cascada y profunda. Poco tintineante:

–Eres una perra traidora y una pata mareada.

Fanny me suelta la mano que, hace un segundo, recorría con sus dedos gordezuelos. Retengo a mi amante mientras la otra niña me mira con un odio retráctil que la mantiene siempre unos pasos más allá de la sombra de la pérgola. Soy lo suficientemente maduro para suavizar esta situación:

–¿Qué estabais cantando?

–¿Nos mirabas?

Fanny y Érica me han respondido a la vez, aunque la felicidad del tono de una no se parece a la ira –la amenaza– de la otra. Otra canción a dos voces.

–No entendía ni una palabra de vuestra canción.

Érica se tapa la boca con la mano para que yo no pueda escuchar la risita que le huye, como animal dañino, por los agujeros de la nariz. Fanny me explica:

–Es un lenguaje secreto. Cuando nos casemos te lo enseñaré.

Érica avanza un paso hacia la sombra de la pérgola:

–¡Traidora! Pata mareada, ¡culebra amarilla!

Fanny se levanta y esta vez no la detengo porque me parece que va en son de paz. Se acerca a su hermana y le da un abrazo. Yo apruebo su gesto de conciliación:

–Eso está muy bien, Fanny. Definitivamente me voy a casar contigo.

El síndrome de Zelig ya me ha debido de atacar ciertas glándulas porque me oigo con el mismo tonillo que Marina usa para aleccionar a Charly. He hablado a la niña como si fuera tonta. Fanny, angelical, me sonríe. Veo la dimensión de su melladura. Después, la niña afloja el abrazo con su hermana, se separa de ella y le araña justo debajo del ojo. Érica rompe a llorar:

–¡Pata mareada! ¡Culebra amarilla!

Fanny, desoyendo los gritos de Érica, me advierte:

–Acuérdate del anillo.

Me quedo petrificado. Ni siquiera me incorporo para consolar a la cachorra que los criadores de perros desecharían de la camada. No sé si podré estar a la altura de este amor. Nunca suelo estar a la altura de ninguno. Yo soy así y a esta aseveración Paula no le pondría reparos.

Charly sale del riurau alertada por los llantos de Érica. Lleva un pantalón que deja al descubierto un par de muslos cortos y macizos:

–¿No os he dicho mil veces que no podéis salir a jugar aquí solitas?, ¿qué pasó?

Érica se limpia y deja de llorar. Calla. Percibo claramente el movimiento táctico: Fanny desvía de Érica la atención de la mucama contándole un secreto:

–Zarco tiene los ojos azules y yo no. Cuando nos casemos nos nacerá un hijo con la mitad de un ojo azul y la otra negra. Probablemente, será agricultor o ministro.

–Usted perdone, señor Zarco. Es que Fanny es un poquito nerviosa…

Charly toma a una niña de cada mano. Fanny se despide:

–Pronto tendremos nuestra cita. Prepararé té con una nubecilla de leche.

Fanny me tira un beso. Érica, antes de echar a andar al lado de su cuidadora y de su hermana, se saca una fruta del bolsillo. Abre delante de mí una mandarina con el corazón lleno de gusanos. La arroja justo a mis pies. Como si supiese, con absoluta certeza, que la fruta estaba podrida.

–Te creo, Arturo.

Cuando le cuento a Marina las peripecias de mi compromiso con Fanny, se comporta como una Paula al revés. La mano derecha de Marina es la izquierda de Paula; la mano derecha de Paula es la izquierda de Marina. Pero una está fuera, aquí, en la realidad, aunque esta realidad se refleje en un montón de postales, y la otra contenida en mí, sin poder escaparse de la parte de atrás del espejo. Escucho el ruido de las uñas de Pauli contra el cristal –grimoso– y sus alaridos: «Son sólo un par de niñas, Zarco. ¡Son niñas!» Sólo yo puedo oír a Paula mientras Marina escribe una especie de apología familiar:

–Es la sangre. Nosotras siempre hemos sido mujeres con mucha imaginación.

Supongo que, al mencionar la imaginación, Marina se refiere, por un lado, a su verborrea y, por otro, a la vocación emprendedora –«Negociante, especuladora, fenicia», Pauli, contente, soy un invitado– de Amparín Orts. Me acuerdo de las medias palabras que ayer pronunció Marina e intento sonsacarle un poco más:

–Así que me vas a contratar para defenderte de tus sobrinitas…

–Le roban a Charly los líquidos venenosos y hierven a los gatitos perdidos.

Pienso que el último gesto de Érica, arrojarme una fruta pocha como si yo fuese un cerdo o un mal actor, es un conjuro:

–Y, a su vez, Charly las inicia a ellas en los efectos benéficos de acuchillar el agua o de colocar la pecera bajo un rayo de luna…

–Charly es una santa. Aunque me vigile.

Recuerdo el gesto de concentración de Charly en el asiento trasero del coche y estoy a punto de formularle a Marina una pregunta que interrumpe una de sus carcajadas. Es evidente que, por ahora, Marina no me va a confesar ninguna de sus preocupaciones. A mí incluso me gustaría saber qué implica el hecho de que la dulzura o la violencia de Fanny provengan de su tía Marina, o la agresividad y el abatatamiento de Érica, del malestar que siempre he creído entrever en Ilse. Me pregunto si Ilse o su hermana guardan algo de la determinación –del egoísmo– de las niñas, y si esa actitud dibuja un círculo que tiene su origen en las gemelas Orts. Se me cortocircuitan las sinapsis cerebrales. Me canso de resolver combinaciones y permutaciones, y me concedo un rato de descanso mirando por la ventanilla del coche.

–¿Verdad que es bonito el paisaje?

Bajamos a la ciudad. Marina quiere invitarme a comer. Amparo sigue con dolor de estómago.

–¿No habría que llamar a un médico?

–Quizá, aunque mami siempre ha sido un poco teatrera…

La descripción de Marina no se ajusta a mis hipótesis sobre el ama. Me imagino a Amparo Orts como una señora de provincias, tangencial, adusta, elegante. Cuando salíamos, he visto el perfil de Ilse mientras entraba en la alcoba de su tía María Amparo. Ha cerrado la puerta tras ella sigilosamente. Ilse no tenía buen aspecto, lo que me ha llevado a interesarme por el hombre de la casa. Quizá el malestar sea una infección, una epidemia a la que sólo Charly –que conserva sus diez dedos intactos– y Marina resisten:

–¿Y tu tío?

–En la consulta. Luego le haremos una visita.

El trayecto: campos de almendros y algarrobos, campos de nísperos, limoneros, huertas y zonas de bancales. Al fondo, el mar; sus cien tonalidades de azul contrastan con las cien tonalidades de verde de la vegetación. Parece que, sobre la superficie del agua, alguien hubiera extendido un papel arrugado que, cuando le da el sol, brilla. Nunca he sido muy sensible a la naturaleza, pero este lugar es milagroso. Unos kilómetros más al sur, la tierra aparece mordida por urbanizaciones de chalés –suizos, neocoloniales, rococós, con verandas impostoras, pseudopalafitos y búnkeres…donde adinerados urbanitas disfrazan el paisaje de decorado de opereta y matan ratones de campo, chicharras y tórtolas, lombrices, moscas y mariquitas con distintos tipos de cepos, insecticidas, tirachinas, palos de escoba y aparatos que emiten ultrasonidos. Paula me enseñó a no confundir grillos con cucarachas. Un poco más hacia el sur, las salinas desecan el terreno hasta la abrasión y todo cobra una atmósfera de cantera abandonada, de superficie lunar. La tierra clara es estéril. La tierra negra o roja es tierra de fructificación. Aquí la brutalidad de la luz dibuja bien los contornos. Más abajo, sobre la línea de costa, los ensucia y difumina: todo es polvoriento. Aquí, sin embargo, distingo la silueta de las hojas en la maraña de los árboles. Espero que tanta nitidez no logre confundirme: lo exhaustivo y lo preciso desencadenan desconcierto en el espectador. Disfruto del landscape, miro, pero no sé lo que estoy viendo. Casi nunca nadie sabe en realidad qué significa lo que está mirando. No sé qué manos fundaron la tierra ni qué manos la fecundaron, la partieron, la hicieron procrear, la emputecieron, la disfrazaron de lo que no era o la mantuvieron oculta debajo de una sábana como los muebles y el piano de cola de una casa cerrada. Quién la escrituró y puso nombre a los parajes. Quién se la quitó de encima, la abandonó o se enriqueció con ella. Quién la rajó de arriba abajo y la operó de apendicitis. A quién le hace sentir nostalgia y a quién odio.

–¿Arturo?

Se me nubla un poquito la vista. No entiendo lo que pasa ni dentro ni fuera de mí. Estoy intranquilo. Me parece que todo el aire se concentra, a través del orificio de un embudo, sobre mis hombros. Quizá tenga la tensión por los suelos o esté enfermando seriamente. Como la Orts. Como Ilse. Como Érica, que no engorda por mucho que Charly la embuche con yogures de leche entera y galletas de cinco cereales –o a lo mejor precisamente por eso–. Entro en esa espiral donde Pauli me advierte: «Te sugestionas, Zarco.»

–¿En qué piensas, Arturo? No tienes buena cara…

Sonrío. Como si fuera idiota. Siempre he deseado que una mujer me formule esa pregunta: «¿En qué piensas, Arturo?» A Paula no le interesa leer mis pensamientos: ya los conoce. Pese a lo mucho que me ha gustado esa pregunta que mantiene la ficción de mi virilidad, no le confieso a Marina mi malestar físico. Retomo la conversación sobre las gemelas y Marina, pese a que ya no está obligada a montar el espectáculo para escandalizar a Charly, sigue jugando:

–Ahora Fanny y yo somos rivales. Cuidado, Zarco: mi vida corre peligro…

Marina sabe muchas, muchas cosas de mí. Sabe que detesto que las mujeres me amen y también que no me amen. Incluso alguna vez se me fue la lengua y le conté a Marina asuntos demasiado íntimos. Bajo la iluminación de unos velones rojos que habíamos robado de un restaurante alemán, Paula baila para mí Temptation de Tom Waits. El cantante aúlla como un lobo en plenilunio y ella se mueve con el introvertido desparpajo de una funcionaria coja. Se desnuda, aunque yo no quiero que me desvele su seductora condición de mujer mecánica. Paula quiere que nos tomemos con naturalidad una situación imposible. Me avergüenzo. La cubro con mi camisa. Me voy a dormir al cuarto de invitados. Rezo para que ella no abra la puerta y se eche a llorar. No sucede. Entonces la quise muchísimo. Amé su inhibición. Amé su rabia, su miedo a perderme, su arrepentimiento y la forma en que Paula renegó de su cuerpo de mujer. Su sacrificio. También me entró una congoja de animal. O de cura. La quise más que a mi madre y que a toda mi familia. Al día siguiente, me acosté con un puto –llevaba levantadas las solapas del abrigo para que nadie me reconociese– y quedé con Marina para describirle con obscenidad el baile de Paula. Marina me compadeció. Me dijo que yo no era el verdugo. Me sopló la pelusilla de la oreja como algunas mamás les hacen a sus bebés. Quizá es que dañar al otro es una de las formas de construir nuestro amor. Pese al dolor que me infligí a mí mismo y a las humillaciones, el amor –cristiano, casto y culpable– que sentí por Paula esa noche se me quedó dentro. Paula bailó con sosería y con una sensualidad desgarbada. Yo la degradé contando mal lo sucedido. Como si me importara poco. Más tarde, me descargué la conciencia revelando a mi esposa mis compadreos con Marina Frankel. Tal vez porque Paula sabe que he venido aquí, ni siquiera me busca. Ante este recuerdo, incluso la conveniente Paula que habita dentro de mí se va saltando por la ventanilla del coche. Se queda en el arcén como perra mojada bajo el diluvio.

–Arturo, insisto: ¿te encuentras mal?, ¿quieres que pare?

Marina me sujeta la frente mientras vomito.

–Estas curvas… A Érica le pasa siempre que bajamos a la playa.

El sexo está sobrevalorado. No ver a Olmo me alivia; no escuchar a Pauli me vuelve loco.

Toda esta ciudad es un simulacro. No tiene una sola verdad. Son falsas las piedras del espigón; falsos, los barcos de pesca y los anzuelos y redes que adornan los muros de los restaurantes. En los templos se ofician sacrílegas ceremonias de bodas, bautizos y comuniones. Los niños forman parte de una empresa de extras infantiles de las que manufacturan anuncios de pañales y de alimentos que van a hacer crecer tanto a los párvulos como la galleta cómeme del vestíbulo, rodeado de puertas, en el que aterriza una Alicia despeinada por efecto del viento en movimiento y del tirón –succión– de la gravedad. El castillo no es más que un mirador sobre el remedo de un cabo –simulación cartográficaque separa dos extensas lenguas de arena traída en camiones de cualquier otra parte. Son de cartulina las fachadas que, por detrás, se abren a la sombra y al vacío, al entramado de las tuberías.

Los glúteos, las mamas, las narices se componen de un material ortopédico. No forman parte de la auténtica anatomía de las personas. Aquí todos llevan peluca. Esto es un parque de atracciones que, de noche, apaga las luces y desconecta los cachivaches. Las croquetas no saben a nada, pero queman y sacian. Los protésicos dentales engordan sus cuentas de ahorro. Las mujeres abarrotan los salones de belleza. Se quitan todos los pelos. Los ancianos danzan y danzan –malditos– en las terrazas del paseo a la una del mediodía; su resistencia es ilimitada. Incluso a los guitarristas más experimentados les salen ampollas por el ritmo estajanovista de los bailarines. Mientras paseamos, Marina Frankel me muestra los alephs y los sumideros de este laberinto. Miramos los maniquíes de las boutiques y ella alimenta mi obsesión por el doppelgänger susurrándome con ese aire confidencial que supuestamente nos encanta a los maricones:

–¿Sabes que también tienen una hermana gemela Gisele Bundchen e Isabella Rossellini?

Pero a mí no me gusta que me traten como a un maricón ni que Marina dé alas a mi lado terrorífico. Junto a mí –aunque no a horcajadas ni lamiéndome el escroto– necesito una mujer como Pauli que no me deje decir cosas como éstas:

–¿Y quién es la original y quién la copia?, ¿quién se abre la cremallera de la tripa para que la otra se meta dentro?, ¿quién es la funda del pijama?, ¿quién se puede esconder detrás sin que nadie note que hay dos mujeres y no sólo una?, ¿quién tiene razón?

Toda esta ciudad es un simulacro. También nuestras conversaciones. Y, aunque puede que se me coma vivo como una flor de nepenthes, le agradezco a Marina su existencia. Tengo el día marrón y he sido inmisericordioso. Porque a quién le importa la verdad si uno puede vivir dentro de una buena imitación. Dentro de un buen bolso de piel del mercadillo semanal. Gozo con la tramoya. A quién le importa la verdad si se puede vivir dentro del término imaginario de todas las metáforas: vivir no en el diente sino en la perla; dentro del brillo geométrico del rubí y no en el labio; no en la enfermedad y en el morirse, sino en una flor amarilla o en la velocidad de un caballo negro… Yo viviría para siempre en el decorado nocturno de un film de Fritz Lang. Si no me llamas, Paula, me olvidaré pronto de mis principios y todos acabaremos transformados en figuras del Museo de Madame Tussauds. Tú serás la responsable de nuestro destino cruel sobre la mesa de los taxidermistas.

Sentados en un banco del parque –gallinas de Guinea y monos de ojos muy inteligentes recogen las pipas que les dan los niños a través de una rejilla: alguno se quedará sin dedos–, Marina Frankel me toca la mano y pone carita de pena. Guiña sus ojos hasta casi hacerlos desaparecer entre la embadurnada masa de sus pestañas:

–¿Ya estás mejor?

–Ha sido sólo una bajada de tensión. No te preocupes.

Si escarbo buscando los pasadizos subterráneos y a los hombres y mujeres que mueven la rueda que hace funcionar todo esto, tropezaré con las únicas verdades de esta ciudad, sus meollos y sus núcleos irradiadores –Paula, corrígeme, y dime algo así como: «Los sujetos o los socios capitalistas de esta gran invención»; si no me lo dices, me echaré a perder…–. María Amparo Orts, el ama, podría ser el punto a partir del que se multiplican las células o el imán al que se van quedando adheridos objetos volantes. La maraña de pelo alrededor de una miguita, el ojo que no acierta a descubrir el ombligo por debajo de la ropa. Resulta difícil relacionar las guindas de los helados, los burdeles, los quirófanos de liposucción, los escotes, las viejecitas que se visten de lamé de oro para bailar juntas un bolero, el beso de lengua entre dos octogenarios de la periferia de Liverpool, los salones de estética y las farmacias que dispensan cajas y cajas de pastillas para la tensión; resulta difícil relacionarlo todo con mami Amparo –«Ama mami Amparo, mi mamá me ama, amo a mami ama Amparo, ¿amo a mi mamá?», Pauli, perdona que te lo diga, pero creo que te estás volviendo loca.

Hoy Amparo, un poco indispuesta –como yo–, no ha podido salir de su habitación para comer conmigo. Dentro de la caja craneana le estarán retumbando las voces de los muñecos, el tintineo de las hebillas y el crujido de los ropajes plastificados, las sirenas de los coches de juguete que se venden en las tiendas de los chinos. Marina aporta información antropológica y de economía social:

–Antes las tiendas de los chinos se arrendaban a inmigrantes menos exóticos: andaluces, murcianos, castellanos. Todos pasaban por casa a pagar la mensualidad a mami…

A causa de esa línea melódica deprimente de Marina Frankel, no sé si puedo decantar nostalgia en la última parte de su intervención. Me importa un pito. Me encanta esta ciudad de puestos de bisutería y máquinas tragaperras. Cuando nos sentamos a comer, me fijo en que Marina no tiene las manos bonitas. Se enrojecen y se agigantan al hacer el ademán de apretar un bote. Parecen un hígado de vaca:

–¿Más ketchup?

 

Un buen detective no se casa jamás, Marta SANZ

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