55123528Habitación destartalada en una calle céntrica del Madrid antiguo. Pósteres por las paredes y un colchón en el suelo cubierto de almohadones. Sobre una mesa, revistas pop, como Víbora, Tótem, y otras. En un rincón, una señal de tráfico, y en el otro, una jardinera municipal. Sobre ella, una jaula con un hámster. En el centro, una mesita con aire moruno y unos sillones de mimbre de antes de la guerra. Además hay tiestos y otros cachivaches inesperados, como una cabeza de esclavo egipcio con una gorra puesta, y cosas por el estilo encontradas en el Rastro. A la derecha, formando un recodo, se ve la puerta que da a las escaleras de salida a la calle. A la izquierda, una ventana por la que entran los ruidos de la ciudad. Y al fondo, una cocinilla, una puerta que da al lavabo, y otra que da a un cuarto pequeño. Por las paredes anda una flauta, un mantón de Manila, unos bafles que no suenan, un armario, una colección de llaves, la cara de Lennon, el espejo de la Cenicienta y un horóscopo chino. Y sin embargo, a pesar del aparente desorden, hay algo acogedor, relajante y bueno para los que están de los nervios; porque es un lugar tranquilo y pacífico donde el caos que uno lleva dentro se encuentra lógico y con ganas de tomar asiento. Al comenzar nuestra historia, en escena está JAIMITO, un muchacho delgaducho de edad indefinida, haciendo sandalias de cuero. Suena Chick Corea en un casete. Es la una de la tarde y entra el sol por la ventana de la habitación.

Se abre la puerta de la calle y aparece la cabeza de CHUSA, veinticinco años, gordita, con cara de pan y gafas de aro.

CHUSA.– ¿Se puede pasar? ¿Estás visible? Que mira, ésta es Elena, una amiga muy maja. Pasa, pasa Elena. (Entra, y detrás ELENA con una bolsa en la mano, guapa, de unos veintiún años, la cabeza a pájaros y buena ropa.) Éste es Jaimito, mi primo. Tiene un ojo de cristal y hace sandalias.

ELENA.– (Tímidamente.) ¿Qué tal?

JAIMITO.– ¿Quieres también mi número de carné de identidad? ¡No te digo! ¿Se puede saber dónde has estado? No viene en toda la noche, y ahora tan pirada como siempre.

CHUSA.– He estado en casa de ésta. ¿A que sí, tú? No se atrevía a ir sola a por sus cosas por si estaba su madre, y ya nos quedamos allí a dormir. (Saca cosas de comer de los bolsillos.) ¿Quieres un bocata?

JAIMITO.– (Muy enfadado, con la sandalia en la mano.) Ni bocata ni leches. Te llevas las pelas, y la llave, y me dejas aquí colgado, sin un duro… ¿No dijiste que ibas a por papelillo?

CHUSA.– Iba a por papelillo, pero me encontré a ésta, ya te lo he dicho. Y como estaba sola…

JAIMITO.– ¿Y ésta quién es?

CHUSA.– Es Elena.

ELENA.– Soy Elena.

JAIMITO.– Eso ya lo he oído, que no soy sordo. Elena.

ELENA.– Sí, Elena.

JAIMITO.– Que quién es, de qué va, de qué la conoces…

CHUSA.– De nada. Nos hemos conocido anoche, ya te lo he dicho.

JAIMITO.– ¿Otra vez? ¿Qué me has dicho tú a mí, a ver?

CHUSA.– Que es Elena, y que nos conocimos anoche. Eso es lo que te he dicho. Y que estaba sola.

ELENA.– (Se acerca a JAIMITO y le tiende la mano presentándose.) Mucho gusto.

JAIMITO la mira con cara de pocos amigos y le da la sandalia que lleva en la mano; ella la estrecha educadamente.

JAIMITO.– ¡Anda que…! Lo que yo te diga.

CHUSA.– (A ELENA.) Pon tus cosas por ahí. Mira, ése es el baño, ahí está el colchón. Tenemos maría plantada en ese tiesto, pero casi no crece, hay poca luz. (Al ver la cara que está poniendo JAIMITO.) Se va a quedar a vivir aquí.

JAIMITO.– Sí, encima de mí. Si no cabemos, tía, no cabemos. A todo el que encuentra lo mete aquí. El otro día al mudo, hoy a ésta. ¿Tú te has creído que esto es el refugio El Buen Pastor, o qué?

CHUSA.– No seas borde.

ELENA.– No quiero molestar. Si no queréis, no me quedo y me voy.

JAIMITO.– Eso es, no queremos.

CHUSA.– (Enfrentándose con él.) No tiene casa. ¿Entiendes? Se ha escapado. Si la cogen por ahí tirada… No seas facha. ¿Dónde va a ir? No ves que no sabe, además.

JAIMITO.– Pues que haga un cursillo, no te jode. Yo lo que digo es que no cabemos. Y no digo más.

CHUSA.– Sólo es por unos días, hasta que se baje al moro conmigo.

JAIMITO.– ¿Qué se va a bajar al moro contigo? Tú desde luego tienes mal la caja…

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