PRIMERA PARTE
ESCENA PRIMERA
UNA AVENTURA AMOROSA ACCIDENTADA

3(Huerto del Hospital Psiquiátrico de Mujeres de Ciempozuelos. Es de noche y reina una oscuridad casi absoluta. Sólo algún rayo de luna misterioso ilumina a veces el lugar surgiendo de entre negros nubarrones. Cuatro sombras, susurrando en voz baja, se recortan entre los árboles del siniestro paraje ocultándose mientras caminan. Van delante las dos mujeres, internas del hospital, y las siguen los dos hombres, internos, a su vez, del hospital psiquiátrico de hombres, que está al lado, separado por un muro.)

ANTOÑITA.– ¡Por aquí, vamos!

ROSA.– ¡Chisss! ¡No hagáis ruido! Con cuidado, no piséis los sembraos.

ANTONIO.– ¡Es que no se ve nada!

(JUAN enciende una cerilla. ROSA va hacia él y se la apaga.)

ROSA.– ¡Qué haces! ¿Quieres que nos cojan?

JUAN.– No veo bien y tropiezo con las lechugas.

ROSA.– Dame la mano, vamos. Y no son lechugas. Es azúcar.

JUAN.– ¿Azúcar? ¿Tenéis plantado azúcar?

ROSA.– Sí, azúcar amargo. Lo hacemos aquí, y lo empaquetamos y todo.

JUAN.–¿No hay otro camino? Nos vamos a dar un golpe que… (Se oye un golpe en la oscuridad y JUAN grita de dolor.) ¡Ay, ay, ay!…

LOS OTROS TRES.– ¡Chissss!

ROSA.– ¡Te quieres callar!

JUAN.– ¡Ay, ay, ay! ¡Me he dado, me he dado!

ROSA.– ¿De verdad no has visto el árbol? Se ve poco, pero…

JUAN.– Me das la mano y me chocas con un árbol.

ROSA.– Te he dado la mano para que no tropezaras con las lechugas, como tú dices, no con los árboles.

ANTOÑITA.– ¡Vamos! ¿Qué pasa?

ANTONIO.– Juan ha tropezado con un árbol.

JUAN.– ¡No puedo andar! ¡Creo que me he roto una pierna!

ROSA.– Pues sí que… ¡Antonia, espera, hija, que éste dice que se ha roto una pierna!

ANTOÑITA.– ¿Que se ha roto una pierna? ¡Jesús!

ROSA.– Eso dice.

ANTONIO.– Vamos, hombre, Juan, no puedes andar por ahí rompiéndote piernas a lo tonto.

JUAN.– Ha sido ésta, que me ha dado contra un árbol.

ROSA.– ¡Habrase visto! ¡Encima me echa a mí la culpa!

ANTOÑITA.– Ya estamos, es a la vuelta. Sujetadle y vamos, que nos van a ver si nos quedamos aquí. Y tú no chilles más.

JUAN.– ¡Es que me duele mucho! ¡Ay, ay, ay mi pierna!

ROSA.– Sujétate en mí, apóyate.

JUAN.– No, que me das con otro árbol.

(Siguen los cuatro andando en la oscuridad, sujetando ANTONIO a JUAN, hasta llegar a una puerta.)

ANTOÑITA.– Aquí es; pasad.

(Al entrar y dar la luz, vemos que están en una leñera y sala de calderas. Las tuberías y los troncos amontonados dan un aspecto lúgubre y tenebroso al lugar.)

ANTONIO.– ¿Qué es esto? ¿El castillo de Drácula?

ROSA.– Si quieres te llevamos a la suite imperial, no te digo. A ver, tú, la pierna ésa, siéntate aquí.

JUAN.– (Sentándose sobre unos troncos en medio de grandes gestos de dolor.) ¡Ay, ay, ay… la rodilla! ¡Sangre! ¡Me he hecho sangre! ¡Me mareo!

ROSA.– ¡A ver…! Pero si no tienes nada. Un rasguño. ¡Qué exagerado, pues no dice que se ha roto una pierna y no tiene nada!

JUAN.– ¿Y la sangre, qué?

ROSA.– ¿Pero qué sangre?

ANTONIO.– ¿No ves que no te pasa nada? A ver, ponte de pie.

(Ayudan a poner de pie a JUAN y da unos pasos. Todavía algo dolorido, cojea, exagerando.)

JUAN.– ¡El pantalón! ¡Me he roto el pantalón, aquí, en la rodilla!

ROSA.– Venga, que no es nada. Un siete chiquitito.

ANTONIO.– ¿Desde fuera no se ve la luz?

ANTOÑITA.– No, no se ve nada. Podéis consideraros como en vuestra casa. Ha habido suerte, ¿eh, Rosa? Ni se han enterado. Te dije que por allí no nos veían.

JUAN.– (Mira asustado el lugar.) Este sitio no me gusta.

ROSA.– No te tienes que quedar aquí a vivir, no te preocupes. Oye, pues sí que sois escogidos vosotros.

ANTOÑITA.– Es verdad.

JUAN.– Como se enteren… Y encima yo con el pantalón roto y la rodilla llena de sangre.

ROSA.– No nos irás a dar la noche, ¿verdad, guapo?

ANTOÑITA.– ¡Quién se va a enterar! No te preocupes por eso. Bueno, sentaos.

JUAN.– Está todo lleno de polvo.

ROSA.– Si quieres, te lo limpio para que no te manches el frac. Espera: ¡Bautista!, límpiale aquí al señor marqués el diván rojo, o si quiere su excelencia pasamos al saloncillo de té, con cuidado, eso sí, para que no se dé con los árboles.

JUAN.– (Ante las risas de ANTONIO y ANTOÑITA.) No tiene gracia. (Se sienta en un tronco después de limpiarlo con un pañuelo.)

ANTOÑITA.– (A ANTONIO.) Tú aquí a mi lado. Para eso nos llamamos igual, ¿no?, Antonio y Antonia. Te has puesto el mismo jersey que el día del baile de la terapia.

ANTONIO.– Aquí no tengo mucha ropa, como ya voy a salir pronto…

ROSA.– Juan se ha puesto la chaqueta de los domingos. Está muy guapo. Venga, hombre, no te enfades. ¿Es por lo del árbol? Te aseguro que ha sido sin querer.

JUAN.– No, no es por eso. Es que nos estamos buscando un lío. Podíamos haber venido a la hora de la visita.

[Principio de Fuera de quicio.]

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