gaia53_05¿Sabes por qué no pongo alarma en casa?” Oh, porque no soy fatalista.” Silencio pesado. “Ni alarmista”. Risas.

Si él quería que yo pensase en eso, mala suerte, hacía mucho que estaba ya todo pensado.

Contarle eso a un doctor precatastrofista. No debías haber ido en moto.

 

 

Casi. Casi puedo decir que lo soy.

El catastrofista es ese señor extravagante y enrevesado que anticipa, por método o costumbre o desvarío, las catástrofes inminentes. Apenas lo sabe, pero yo sé que muchas veces tiene razón. Mi cerebro no anda dándole vueltas a los tornadas, encara la tempestad de frente, las inundaciones, los siempre y después nunca previsibles incendios calamidades. Tenemos que estar preparados, la memoria y la energía del improviso también nos deberían servir para eso. Sí no, no le cuento esto a todos en el café, ni en el trabajo o en la taquilla del tren. Me lo guardo. Me digo entre las sábanas “soy un precatastrofista”, y me pongo de lado. No digo que sea el lado del que mejor duermo, pero los sueños son más controlables y ordenados que los árboles cayéndose sobre los postes de la luz, el fuego asfixiando desde lejos las casas, diques reventados, despeñaderos en las autopistas, desavenencias, chispas, promesas rotas.

Me despierto solo, casi siempre, ¿y cuál es mi rutina? Lavarme para quitarme el sudor, volver a la percepción de la catástrofe, una especie de retención en la fuente del miedo. Decir en alto frases relativizadoras, “conocer de antemano lo peor no sirve de nada si lo peor es el astro que arrasa el interior de la tierra”.

Y también “la palabra desastre viene de mal astro”, o sea, el cataclismo lícito por designio de los cielos.

Después salir a la calle y ver lo que pasa.

 

 

Sí, tengo miedo. Pero como aprecio a mis amigos, me encontré elaborando explicaciones de la “teoría general y particular de las catástrofes inevitables” para varios interlocutores divertidos complacientes (pobres víctimas futuras), y hasta para algunas amantes de una noche con las que mi único asunto poslaboral (en el sentido gratuito de la palabra) era asustarlas con una pizca y media de catastrofismo; lo suficiente para desenredar, por el temblor de la nariz, el tesón renovado o el desinterés de quien me había acompañado del brazo hacia una noche de amor experimental, y me marchaba libre de emociones al patio desocupado. Cansancio, ni siquiera mal astro. Antes los amigos, íntimos o no.

 

[Comienzo de “El precatastrofista”, de Sérgio Godinho, en Vidadupla.]

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