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Bajo siempre la calle a esa hora con dos o tres bolsas en la mano, supermercado abajo, víveres mínimos. Me lavo el pelo cada tres días, pero parece mal lavado, ya ni liso ni blanco. El cigarrillo a un lado de la boca permanece encendido o apagado, forma parte de la boca, así entro y salgo de los sitios. Visto un traje completo gris oscuro muy arrugado y no siempre sé qué llevo debajo, no tengo por qué saberlo. Me gusta vestirme en la oscuridad, casi en la oscuridad de la mañana. Sé que normalmente es una camisa negra en verano y otra en invierno – no tengo frío. Y no me afeito la barba parda y gris, me la arreglo de vez en cuando, me río pocas veces en voz alta, por la esquina de la boca cerrada. Camino a un paso corto y rápido, un pie después de otro, los dos también oscuros por los zapatos. No suelo mirar a nadie, miro de frente hacia el aire, pienso en las tareas del día y tengo tiempo.

Soy dibujante profesional, y bueno en lo que hago, nunca me han afeado esa pinta tan fea, si se me permite el juego de palabras. Sé que ya ha habido quien me mire de lado, no hay cosa que menos me importe. Estoy pensando en otras cosas.

El tiempo que un semáforo está en rojo no me hace dejar las bolsas en el suelo. Uno espera.

Y se mira hacia abajo y a los lados. Unos zapatos de color castaño claro de medio tacón, con un tirante alto, piel blanca, piernas firmes hasta arriba de las rodillas, falda de flores, y encima encima de todo una rápida “sonrisa insolente y cómplice”, lo mismo, en todo caso. Cabello pelirrojo, más sano que el mío, y se pone verde y ella arranca por su propio pie. La piel blanca y quizá pecosa de los pelirrojos, no llegué a verlo. Fui hasta el café de todos los días de la semana, no cerraba ni los domingos. El domingo es la semana siguiente deshaciéndose de la antigua, raspa que te raspa.

Dos tres días después estoy en el café de todos los días, las bolsas en el suelo y en la barra un montoncito de rascas, a ver si dan suerte. No a ver si hay suerte, a ver si la dan. Un aguardiente encima. Se rasca la afable tarjetita, y después, una moneda al aire. Ha caído del lado bueno algunas veces, pero, vaya racha, todavía me deben dinero los señores de la santa casa de empeños. Quejas cero, forma parte, y forma parte del juego. Solo el que quiere.

Creo que ella entró, me volví hacia la puerta y la vi mirando, hum, hacia mí. Avanzó y se colocó cerca, pidió “un descafeinado con sacarina”. Un detalle en su contra, todo sea dicho, no pegaba con la sonrisa rápida, de nuevo:

-Yo ya lo he visto.

Se detuvo.

-Creo que ya sé dónde.

Cerré los ojos. Me quedé concentrado en las tarjetas. La primera persona que lo sabía. Mi intención era mirarla, pero ya se estaba dando media vuelta y yo seguí raspando. Ahora que lo pienso, tenía los antebrazos llenos de pecas, sí. Lo vi cuando dejó lo que debía en la barra.

Hum. En realidad, todo lo que he descrito acerca de mí me vino entonces, en la mirada de ella. Eso es algo un poco nuevo. Yo no habría tenido esa facilidad para pensar en mi paso y en mi aspecto exterior, el tiempo es tiempo precioso, que se encuentren las piedras, las perlas, las herraduras o lo que sea. Corazonadas. Y rascas premiados, ¡arriba las manos, se acabó el juego!

Salí del café ese día ni más rico ni más pobre, forma parte del juego y aun así se queda uno satisfecho.

Me había quedado capaz de volver a casa satisfecho, también con la súbita subida del tirante alto sobre el pie repitiéndose (¡una pelirroja!) en los “diarios imaginarios del día” que unas veces escribo y otras garabateo.

Pero incluso esos estaban todos “¡Aquí!”, como decía, con el dedo en la frente, mi antigua y muerta mujer cuando hablaba de lo que se acordaba y de lo que olvidaba. “¡Aquí, en mi cabeza!”.

 

[Principio del relato “El sintecho, vida doble”, de Sérgio Godinho, del libro Vidadupla]

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