Desde que estudiaba idiomas me gustan las palabras que no tienen traducción en castellano, las que carecen de un equivalente directo en nuestra lengua y nos obligan a utilizar sinónimos más o menos próximos o a explicarlas con perífrasis, eso cuando no nos vemos obligados a dejarlas tal cual en el texto, entrecomilladas o en cursiva, en toda su extranjería, aclarándolas a pie de página por medio de notas explicativas. Me gustan esas palabras porque su carácter único e intraducible pone en evidencia, en último extremo, que el lenguaje es limitado, que no alcanza para describir con exactitud todo lo que pasa en el mundo, pero sobre todo porque intuyo que de algún modo encierran, o condensan, el alma de un pueblo, su forma de mirar la realidad, su peculiar punto de vista, un punto de vista para el que en unos casos se pueden encontrar explicaciones más o menos claras, como sucede con la multitud de formas distintas con las que –según dicen– los esquimales pueden nombrar la nieve, pero que en otros, como, por ejemplo, el de la palabra portuguesa saudade, son necesarios profundos estudios históricos, sociológicos o antropológicos que a menudo no llegan tampoco a aprehender del todo su significado.

Cuento esto porque con los fenómenos culturales pasa algo parecido, que muchas veces resultan imposibles de traducir, de trasladar de un lado a otro de la frontera. Así, por ejemplo, es complicado explicarle a un extranjero –y, si me descuidas, también a un compatriota joven– lo que supusieron en nuestro país un fenómeno tan célebre como la Movida madrileña, un programa tan popular como el “Un, dos, tres” o, peor aún, comprender y hacerle comprender el éxito hace veinte años –con consecuencias nefastas, po cierto, para nuestro idioma– de un humorista tan absurdo, extraño y delirante como Chiquito de la Calzada. Al final la única forma medianamente eficaz de intentarlo es buscar en su país un fenómeno social equivalente, algo que se le parezca, pues es la única manera de que se haga la luz y entienda, aunque solo sea por aproximación, fenómenos tan extraños, tan extranjeros, a veces –vistas las cosas con la debida distancia– tan marcianos.

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Debido a estas dificultades, me resultó afortunado, y muy revelador, que, hablando de la programación del Aula de Literatura de este año, un amigo describiese de un plumazo a Sérgio Godinho, el escritor que nos acompaña esta noche, como el Luis Eduardo Aute portugués, pues aunque su traducción no sea del todo exacta, sí es, en buena medida, adecuada, ya que ambos autores comparten no sólo un cierto estilo musical y unos temas y preocupaciones comunes sino también, y sobre todo, una sensibilidad artística que rebasa el estricto ámbito de la música. Es verdad que uno escucha los discos de Godinho y hay canciones como “É terça feira”, “Emboscada” o “Às vezes o amor” que le recuerdan mucho a Luis Eduardo Aute, aunque, si lo piensa bien, el título de este último tema suene también un poco a Serrat, algo que también sucede con “Sr. Marquês”, tan parecido, en su intención, a “Disculpe el señor”, pero es que, si nos ponemos así, “Dias úteis” o “Espalhem a notícia” recuerdan a la sentimentalidad intimista y familiar de José Luis Perales y “O Porto aqui tao perto”, “O elixir da eterna juventude” o “Bem-vindo Sr. Presidente”, al tono entre irreverente y gamberro de Javier Krahe y el resto de la Mandrágora, lo que al final nos devuelve al punto de partida, a la imposibilidad de traducir a nuestra lengua y a nuestra cultura, en este caso concreto, lo que suponen y han supuesto la obra y la figura de Sérgio Godinho en el país vecino, aunque espero que el merodeo, que este rápido salto de cantautor en cantautor, no haya resultado del todo inútil, que haya servido al menos para que se hagan una idea de quién es y de qué canta.

Un buen ejemplo de la relevancia, y del calado, de la música de Sérgio Godinho en Portugal lo encontramos en una noticia del diario Público de febrero del año pasado que cuenta cómo durante el debate parlamentario en torno a los presupuestos del Estado diputados de distinto signo se increparon mutuamente utilizando frases entresacadas de sus canciones, algo, por otra parte, normal, que los políticos tengan en cuenta las letras de Godinho, pues los problemas políticos, en sentido amplio, han sido desde el principio tema fundamental de muchas de sus obras, algo evidente, y casi necesario, en sus primeros álbumes, Os Sobreviventes, Pré-História y À Queima-Roupa, en canciones como “Maré alta”, “Barnabé” o “Liberdade” marcadas por el fin de la dictadura, la Revolución de los Claveles y la complicada –también– transición a la Democracia, pero que se prolonga, además, hasta hoy en discos posteriores con temas como “Cuidado com as imitações”, sobre las mentiras y sobornos de los políticos, “Coro das Velhas”, rotundamente de actualidad por sus alusiones a la austeridad y al sistema sanitario, o “Domingo no Mundo”, en el que lleva a cabo una desoladora denuncia de la explotación infantil.

Pero nos hemos acelerado y hemos dado un salto demasiado grande en el tiempo, pues en el origen de todo esto lo que hubo fue un muchacho nacido en plena dictadura en el seno de una familia de enorme sensibilidad cultural, con unos padres socios, desde el primer momento, del Teatro Experimental de Oporto y una abuela alfarrabista –otra hermosa palabra intraducible y que viene a significar librero de viejo– que tenía, además, un programa de poesía en la radio, un muchacho criado en una casa en la que no dejaban de sonar música clásica, música francesa, standards americanos o precursores de la bossa nova y que, con apenas veinte años, decide huir de Portugal para librarse, desde luego, de la guerra colonial, con intención, en teoría, de estudiar una carrera, pero, sobre todo, para vivir nuevas experiencias, y ello movido, como le revelaría años más tarde su amigo, el extraordinario escritor Manuel António Pina, por la lectura de un libro crucial para más de una generación: En la carretera, de Jack Kerouac.

Sérgio Godinho se echa, pues, a la carretera y su viaje le lleva primero a Ginebra, donde estudia Psicología, y luego a París, donde vive el Mayo del 68, forma parte del elenco del musical Hair y donde, lo más importante, acaba por encontrar una voz propia, al comprender, después de mucho cantar en francés a lo José Afonso, que debe hacerlo en su lengua materna y hablar de sí mismo, de su país, de la guerra, del momento social y político que estaban viviendo, lo ue le lleva finalmente a publicar su primer disco, Os Sobreviventes, de 1972, con el que triunfa en Portugal a pesar del exilio y la censura. No acaba ahí, sin embargo, el periplo de Godinho, que aún necesitaba vagabundear algún tiempo más, para acumular más experiencias, y eso le llevará hacer autostop por toda Europa, a atravesar el océano trabajando en un barco, a conocer la cárcel en Brasil o a emigrar a Canadá antes de regresar a su país en 1974 aprovechando el estallido de libertad del 25 de Abril.

El resultado de esa odisea, y de más de cuarenta años de carrera artística, veintiún álbumes originales, numerosos recopilatorios, colaboraciones y directos y un puñado libros, es Sérgio Godinho, poeta, instrumentista, compositor, actor, performer, director de cine, dibujante y, por encima de todo, escritor de canciones, que es como a él le gusta llamarse.

En este ámbito –que es, por lo demás, el más destacado de su polifacética carrera–, uno de sus principales intereses ha sido siempre el de reflexionar sobre los otros, intentar comprenderlos, ponerse en su piel, “describiendo –como dice la letra de “As certezas do meu mais grande amor”– lo que he visto, / hombres y rostros y sus gestos como escrituras / del bien, del mal, la paz, la calma, el frenesí”, de ahí que sus canciones estén a menudo pobladas de nombres propios, de personajes como Maria, Rita, Casimiro, Etelvina o Carolina a los que retrata desde un punto de vista que parece hacer expreso en otro tema, “2º andar direito”, cuando dice que “es necesario explicar que soy el vecino / y de noche vivo solo en este cuarto / el cuerpo cansado, la cabeza desaliñada / y el bloque entero abierto a mis oídos”, un punto de vista, pues, cercano, cómplice, solidario del que podemos poner como ejemplo, aparte de esas canciones con nombre propio que hemos señalado, el enternecedor retrato de un hombre viejo y cansado en medio de la ciudad que hace en “O velho samurai” o la mirada no menos enternecida sobre el sueño y el descanso de los que trabajan en canciones como “Lá em baixo” o “Lisboa que amanece”, pero también la colección de relatos en primera persona de su libro de cuentos Vidadupla.

Con la mirada repartida entre el otro y todos nosotros, entre el ciudadano de a pie y la colectividad, en sus canciones, poemas y cuentos Godinho se pone en la piel del verdugo, del falso culpable, del soldado que regresa de la guerra, de la mujer cuyo marido emigró a otro país sin volver a dar señales de vida, de la muchacha que vende esperanzada cachivaches en el rastro, del niño que despierta al mundo al probar por vez primera un gajo de mandarina, de los que se acuestan, de los que se levantan, de los que aman, de los que se desaman, de los que buscan, de los que andan perdidos y de todo un país, Portugal, al que recomendaba, hace cerca de cuarenta años, que no se dejase vestir por otros y del que hace diez, en los albores de esta última crisis, en un tema del disco Ligação Directa, decía que “(…) aún tiene futuro / es verde y maduro / [y,] como la fruta / a veces brota / y a veces, oh desconsuelo, / se seca en el suelo”.

Él nos dirá si, depués de estos diez años de dificultades y hombres de negro, Portugal tiene futuro, si lo tenemos nosotros, si lo que tenemos por delante es progreso o regreso, si volveremos al pasado y qué canciones y relatos y poemas le inspira el presente, nos contará cómo ve hoy a la gente, en su país, en el mundo, cómo se ven y se oyen las cosas desde el piso de al lado, pero para eso es necesario que yo antes termine, que le ceda el micrófono, y por eso, aunque tenga la impresión de no haberles contado lo bastante, de haber dejado aún muho por decir, les dejo con Sérgio Godinho, este artista total, extranjero y cercano, intraducible, imposible de resumir en tan solo unas palabras.

Juan Ramón SANTOS

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