ect94470El agua deja sobre la burbuja de corcho gotas muy pequeñas, de forma ovalada, que apenas resisten el vaivén imperceptible con el que la niña procura mantenerse a flote.

Está el deseo de que las gotas brillantes de sol no acaben resbalando sobre la superficie del corcho, pero es tremendamente difícil permanecer inmóvil, en primer lugar porque la burbuja se hunde un poco, y luego, una vez descartado este método, porque cualquier movimiento resulta excesivo para las gotas, que se deshacen a ambos lados dejando una estela de motitas demasiado imperceptibles para ser dignas de contemplarse.

Un estrecho cartel a la entrada del recinto advierte de que la piscina es para uso exclusivo de los habitantes de los chalets. Más allá, a la sombra de unos eucaliptos, dos mujeres están sentadas en unas hamacas. Una de ellas tiene la cabeza cubierta con una redecilla, y mira con angustia la quietud de la niña, imaginando tal vez que el asunto estriba en descubrir las fantásticas formas sugeridas por el trazado del agua en la burbuja. En todo caso toma por concentración lo que sólo es una desesperada tentativa de suprimir el movimiento, y se siente francamente alarmada; no es posible, musita, estarse quieta sin coger frío, y además la niña no sabe nadar bien, y con la burbuja desabrochada puede ahogarse. ¿Cómo obligarla a que se abroche la burbuja? A lo largo de los días, la mujer ha tomado franca aprensión a interrumpir los juegos de la niña, y cualquier decisión al respecto se presenta como una tarea humillante. La niña acostumbra a huir de ella, y se esconde por todos sitios obligándola a dar innumerables vueltas. Ella está gorda, hace calor y desde hace diez años envejece sin remedio.

Ahora la niña, que se sabe observada desde hace largo rato, con ese instinto del momento oportuno ha dado la vuelta a la piscina hasta colocarse en un pequeño recodo donde no es vista, y sin hacer ya caso ni a la burbuja ni a las gotas espera el paso renqueante de la tía, la cual, como siempre que se ve envuelta en tales dilemas, ha consultado con Estrella.

—La niña sabe nadar, Adela —obtiene por toda respuesta.

Adela no le hace caso. Se pone en pie y se acerca allí donde la piscina describe una caprichosa curva, que es donde la niña la espera a pesar de no levantar ni una sola vez la mirada hacia ella. Con cuidado de no resbalar va metiéndose poco a poco en el agua por la escalerilla, y comienza a nadar alrededor de la sobrina con cautela, alejándose de cuando en cuando para no levantar sospechas, y con el deseo no sólo de vigilarla, sino también de recibir alguna invitación para participar del juego. La niña, agarrando con fuerza la burbuja, ya se aleja hacia la otra punta, y la tía la sigue durante un rato, siempre como a hurtadillas y sin abandonar la esperanza de la invitación, hasta que finalmente, resentida, acaba por aguantarse con su baño solitario y con vigilar desde la distancia.

Se acerca la hora más espantosa del día: la del regreso a casa. Subir la empinada carretera, sentir la frialdad de las paredes en la tela mojada y en los dedos de los pies, y unas manos que arrancan el bañador, secan con una toalla áspera y la visten con una camiseta y unos pantalones cortos hasta la noche. Las imágenes se suceden en su cabeza con rapidez, produciendo primero una leve desazón, y luego un goce consciente de sí, al que la niña se abandona, como muerta; el brazo dejado caer por encima de la burbuja para evitar cualquier esfuerzo, en un placer comparable tan sólo al del inicio de la mañana, cuando sus miembros vuelven a tomar contacto con el agua. El detenimiento del mediodía confiere al pequeño cuerpo un carácter irreal. La tía observa largo tiempo, ya fuera del agua, atontada por el sol; cuerpo flotante a punto de hacerla estallar, y se dice: se hace la muerta a propósito, ¡a propósito! Detiene este pensamiento y a continuación se echa la culpa: la loca soy yo. Vuelve a detenerse, confundida, hasta que finalmente se acerca a la niña y, sobre ella, grita. La niña reacciona con rapidez sacando la lengua a la tía, un poco insegura, basculando entre la mirada acusadora y perturbada, el pudor de haber sido sorprendida en semejante comunión con el agua y el nuevo placer de la huida, concentrado en los brazos y las piernas, que se agitan velozmente imitando los movimientos de una rana.

—¡Croac, croac! —exclama, desafiante.

El ritual es el mismo todos los días de la semana. Adela se acerca; cuerpo gordo en convulsión como consecuencia del pavor producido por el contacto con el cuerpo infantil que rechaza, que obliga a mandar desde el borde de la piscina. La niña no se mueve; de repente está sorda, o chapotea con todas sus fuerzas. El miedo no es advertido por la tía, que se queda siempre perpleja ante el espectáculo de la desobediencia, llevado hasta el límite terca e inconscientemente. Adela vocifera, y su voz, de tono demasiado bajo, se quiebra bajo la potencia del grito, nunca alcanzado del todo, nunca con la autoridad necesaria para ser acatado. Es exactamente la debilidad de la mujer lo que hace que la niña se asuste, y lo que a la vez provoca el rechazo, más cuanto que no existe nada que la haga comprender esa situación odiosa: la de la tía al borde de sí misma a causa de una asquerosa pequeñuela mimada. Ese poder es todavía demasiado grande e insufrible. Demasiado grande sin palabras.

Estrella hace por fin su triunfal aparición, que consiste en colocarse al lado de Adela y mirar a la niña con cara de no hagas sufrir a tu tía, anda. La diligencia que la niña pone en obedecerla entra en el juego de la desobediencia, y cuanto más perfecta es la puesta en escena; cuanto más rápida la salida del agua y más devota es la mirada que dirige a Estrella, más le tiembla el labio a la tía, horrorizada por la farsa. La niña mira por un solo instante a la mujer, justo antes de que ésta emprenda el camino hacia el chalet sin esperarlas, buscando tal vez un ojalá te ahogues, pero no encuentra más que la misma expresión dolorida y reseca. La victoria adquiere entonces tintes amargos. Todo sin palabras, ahora ella es sucia, aunque por la carretera empinada enseguida se olvida; mira las villas y se entretiene deseando todas aquellas disposiciones espaciales, de leves y abismales diferencias.

La zona residencial la conforman unos veinte chalets estilo años setenta, modestos, que ascienden por la ladera de la montaña y que tienen todos un gran jardín reseco, lleno de jara y otros arbustos. En el chalet de Adela sólo los arriates que rodean la casa están primorosamente cuidados, repletos de jazmines, geranios, pensamientos y begonias por la parte delantera, y por la trasera de árboles frutales y de una increíble mimosa rebosante de flores amarillas que despide una fragancia muy densa, y que constituye el olor por antonomasia del lugar. En la parte de monte, a la que se accede bajando unas escaleras muy empinadas, hay una mesa enorme y redonda de piedra, con cuatro bancos también enormes. Al fondo se apila leña, y todo está limpio de matorral. Es aburrido jugar allí, y la niña sólo baja cuando quiere mirar el monte a través de la alambrada, pues más allá del chalet de la tía nada se interpone entre ella y la montaña. Es el último chalet y el más alto.

La imagen más fascinante es la de la carretera, apenas una raya en la calima borrosa, surcada por el reflejo del sol en los coches, que avanzan a gran velocidad. Su sonido se vuelve nítido durante la noche, y mientras el sol gobierna es sólo un suave zumbido, a pesar de que ninguna estridencia preside las jornadas. La niña a veces permanece muy atenta al paso de los automóviles. Cuando alguno se acerca, espera con una …

 

Elvira NAVARRO

La ciudad en invierno

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