Después de cenar su padre habló con la vieja en la cocina mientras Chi-Huei les espiaba desde el jardín. Su padre le entregó un sobre a la tía y Chi-Huei sintió un escalofrío similar al de la pesadilla que le acometía con frecuencia, mezcla de tifones, hojas con cuentas y uñas largas y rugosas clavándose en la piel de alguien que parecía ser su madre. De aquel sueño se despertaba siempre mirando hacia la puerta: una sombra agazapada en la penumbra del corredor, cuyas paredes estaban empapeladas y olían a refrito, estaba a punto de entrar. Su tía Li contó los billetes y los metió en un bote, y su padre salió de la cocina. De los matorrales ascendía un coro de grillos, monótono y preciso, ahogando el ronroneo del tráfico y el trasiego de voces vecinales disparadas desde las ventanas abiertas. El bochorno de la atmósfera estival rezumaba el olor entre dulce y ácido de los nísperos, y a Chi-Huei le gustaba pararse debajo del árbol aspirando la extrañeza de la noche, si bien ahora no estaba atento a su muda vibración. Se había quedado suspendido del dinero que la tía acababa de contar, de la vieja y de su padre reunidos en la cocina como si asistieran a un conciliábulo.

Aquella mañana la tía, que siempre le había cortado el pelo en casa con una maquinilla, lo había llevado por primera vez en su vida a la peluquería. El camino se le hizo eterno y excitante, a pesar de que la zona norte de Y., al pie de la montaña, estaba casi vacía. El cielo lucía gris, y al cabo de la cuesta interminable, a lo lejos, se levantaba imponente la montaña, de un intenso verde oscuro, que Chi-Huei miraba todos los días cuando cruzaba la calle para ir a la escuela. La sensación de estar caminando hacia ella fue por un momento tan fascinante que sintió que se ahogaba. Tirando de la mano de la tía, mientras señalaba a lo lejos, dijo:

original–¿Vamos a ir allí?

–No –respondió la tía–. Te he dicho que vamos a la peluquería.

Pero a Chi-Huei le parecía imposible no alcanzar aquella maravilla que se alzaba sobre ellos, casi podía tocarla ya con las manos, y preguntó que si la peluquería no estaba allí, en la montaña.

La peluquería era un pequeño establecimiento atendido por un señor de mediana edad, vestido con una bata blanca salpicada de pelos, que le sentó en una silla de escay azul frente a una pared de espejo y le hizo esperar quince minutos. La tijera le provocó escalofríos en la nuca, y cuando terminó quiso reclamar los mechones negros esparcidos sobre la losa, que el peluquero barría ya con una escoba. Todo el camino de vuelta se lo pasó mirando hacia atrás, interrumpiendo continuamente los andares ágiles de la vieja, que le espetaba «¡Vamos!», y con una sensación insoportable de pérdida e impotencia, pues ya nunca podría subir a la montaña. No concebía irse para siempre de allí sin haber satisfecho aquel deseo, que en ese momento le pareció la realización definitiva de su corta vida. Cabizbajo, se dedicó a levantar la tierra de los arriates del patio, cuyo declive evitaba las inundaciones del monzón. Los arriates, debido a las frecuentes lluvias, estaban siempre húmedos, y a veces Chi-Huei se entretenía haciendo bolitas de tierra que luego dejaba secar al sol. Pero esta vez no hacía bolitas; tan sólo escarbaba con un palo mientras pensaba en la montaña que jamás volvería a ver, y que de repente era más importante que la vieja y el orden diminuto y estático de los días que lo habían hecho feliz sin saberlo, porque todavía no tenía noción de lo que era la felicidad. La montaña se erigía como símbolo de lo que deseaba y jamás haría. Cuando la vieja se percató de sus pantalones perdidos de tierra a punto estuvo de pegarle una paliza, pero se contuvo. La amenaza que se cernió sobre él durante aquellos breves instantes hizo que se olvidara de la montaña. Comió en calzoncillos, silencioso y contrito, y después la tía lo metió en la bañera. Repeinado y con ropa limpia, esperó sentado en una silla del patio, muy quieto, atento a las sombras del otro lado de la puerta, que lucía grietas portentosas, a través de las cuales, y hasta hacía medio año, Chi-Huei se había dedicado a espiar a su vecino, el viejo señor Chao Li. El señor Chao Li tenía una casa más grande que la de la vieja, a la que se accedía por un patio separado de la calle mediante un muro bajo con rejas. En mitad del patio el tío Chao Li, que era como lo llamaba Chi-Huei, tenía una inmensa jaula con gallinas. Hacía ya medio año que el tío había muerto, y su casa había sido demolida. Un edificio tan gris como los que se construían en esa calle y en las adyacentes, y más lejos aún, por toda la ciudad edificios grises, iba a ser levantado en el solar, todavía lleno de escombros.

–¿Puedo jugar ya? –preguntó Chi-Huei.

–No. Tu padre tiene que estar a punto de llegar –respondió la vieja.

Pero su padre no llegaba, y para que no se pusiera nervioso y empezara a dar la lata, la tía le dejó ver los dibujos animados. En unos cuantos minutos Chi-Huei se olvidó también de la espera, sumergiéndose con una sensación de absoluta paz en los movimientos de los muñecos en la pantalla.

A las cuatro de la tarde sonaron tres golpes. La vieja se había quedado dormida en el sofá, frente al televisor, y Chi-Huei se deslizó del sillón y salió al patio. Los cristales le devolvieron una imagen borrosa de la vieja en el sofá, y convencido de que no iba a despertarse ni con cien golpes más, se sentó tranquilamente en el suelo, muy cerca de la puerta. A través de una rendija observó los pantalones de paño azul marino y la camisa blanca, algo deslucida, del hombre que, se suponía, era su padre. No tenía sensación alguna de estar ante un padre. Se quedó muy quieto; volvieron a caer más golpes, cinco esta vez, sordos e impacientes, y luego aquel extraño miró por la cerradura. Chi-Huei pudo seguir el movimiento de su ojo, que enfocaba la casa y le pasaba por alto. No fue capaz de permanecer en el suelo; de un salto se levantó y echó a correr, mientras el hombre de la calle pronunciaba su nombre con una energía que le resultó odiosa. Pasó como un rayo junto a la vieja, despertándola, y se encerró en su habitación. Todavía podía oír, lejanos, los gritos del hombre de la calle, que disparaba alternativamente su nombre y el de la vieja, con autoridad, y también con cierta alegría. «¡Ya va!», decía la vieja. No escuchó nada de la conversación que su padre y la tía mantuvieron en el salón, ocupado como estaba en esconderse en algún sitio. Lo que sí oyó fue: «Chi-Huei ha salido corriendo», y luego el sonido de la puerta al abrirse. Se hizo el dormido sobre la cama.

–¿No quieres saludar a tu padre, niño tonto? –le dijo la vieja. Chi-Huei se puso en pie, y sin responder, con la vista clavada en el suelo, se acercó. Miró el cuello delgado y el rostro macilento, parecido al de las fotografías, y por ello mismo profundamente extraño, turbador. Su padre se agachó. Estaba muy delgado y le olía mal el aliento.

–Se ha enfadado porque no ha venido su madre –se disculpó la vieja.

Estaba apoyada en la cómoda. Su padre lo observó durante largos segundos; lo tenía agarrado del brazo, con fuerza, como si temiera una estampida. Trató de soltarse y su padre le dijo:

–¿Te has acordado de mí?

Su voz era parecida a la del teléfono.

–Claro que se ha acordado –soltó la vieja–. ¿O no has estado todo el tiempo preguntando por tu padre y tu madre?

Chi-Huei se encogió de hombros.

Después de que su padre se lavara, cenaron. La tía había preparado una barbaridad de comida, y estuvo todo el tiempo levantándose para traer los platos, que se fueron sucediendo sin tregua en la mesa: la bandeja con carne y verduras frías, los salteados, los mariscos, los bocadillos dulces y la sopa con los tazones de arroz. Ella y su padre comían de las bandejas y los platillos, mientras que Chi-Huei lo hacía en su tazón, esperando cada vez que lo terminaba que la vieja le pusiera más. Su padre le invitaba todo el tiempo a pescar de un caldero que hervía sobre una hornilla portátil los mariscos más grandes, pero Chi-Huei, a pesar de que le resultaba atractivo ponerse a cazar bichos en la olla, se negaba a participar del falso bullicio familiar, en el que de repente la tía parecía estar al lado de ese ser extraño, tan delgado y con el pelo, al igual que él, formando un champiñón grasiento alrededor del rostro demacrado. Su padre había empezado a hablar del restaurante, con cierta lentitud, quedándose a veces bloqueado cuando la tía le preguntaba algo. Aun así, conforme avanzaba, transmitía una sensación de enorme exhaustividad, como si no quisiera dejarse atrás un solo detalle, o como si huyera de las preguntas de la tía describiendo más y más. Las tarjas de lavado, los fogones, la campana de extracción de humos, la plancha, el horno, las freidoras, la cámara de congelación, las vitrinas, las repisas, la cafetera, la vajilla, la mantelería, las sillas, las mesas, las lámparas, las sartenes y las ollas, la decoración, las paredes cubiertas con aglomerado de madera para atenuar el ruido, el luminoso de la entrada, la comida. Todo fue descrito con una minuciosidad que daba vértigo. También habló de cómo se repartían el trabajo, de las horas a las que abrían, de que tenían muchos clientes habituales porque la comida era barata, de que había turistas. Chi-Huei lo miraba como si hablara en una lengua extranjera. Absorbía el rostro de su padre, seco, anguloso, con las aletas de la nariz vibrantes, y gracias a que nuevos bocados llegaban raudos a su tazón su mudo acecho no traspasaba el umbral de la estupidez. De vez en cuando su padre le hacía comentarios intrascendentes como: «Está bueno el pepino, ¿eh?». Para él no parecía haber transcurrido demasiado tiempo, tal y como demostraba aquella sencillez con la que le hablaba, en la que no había gran cosa que decir no porque llevaran tres años separados y se comunicaran sólo por teléfono, sino porque, aun habiendo vivido juntos, las preguntas habrían sido exactamente las mismas. Lo único que llamaba la atención de su padre era su estatura, y le dijo cuando la tía se levantó a por la sopa: «Ponte de pie para que vea otra vez lo que has crecido». Chi-Huei obedeció. Alrededor de su boca, sonriente, había restos de aceite. «Ya puedes sentarte», y Chi-Huei se sentó, mientras la vieja repartía los tazones con el líquido caliente. Su padre se había puesto rojo, chorreaba sudor y le faltaba el aliento. «Es el asma», dijo. Tras sorber sonoramente la sopa y acabar con el té, se quedó dormido durante unos cuantos minutos en la silla, respirando de la misma forma entrecortada, histérica, y la tía comentó que tenía que estar muy cansado para dormirse en mitad de aquel ahogo. Su padre se despertó de golpe, y fue entonces cuando se levantó y sacó de una mochila el sobre que Chi-Huei, desde el patio, vio entregar a la tía, y que contenía un voluminoso fajo de billetes. Luego, alegando no haber dormido nada en treinta y dos horas, se acostó.

 

 

Elvira NAVARRO

La ciudad feliz

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