La cabaña estaba en un prado salpicado por grandes manchas marrones que desde la ventana, mientras desayunaban, les causó extrañeza. ¿Era barro, tierra removida? Inés arrugó el entrecejo con orgullo; aquello no era barro ni tierra removida, sino mierda de vaca. Al poco rato, once enormes vacas llegaron a pastar al prado, y ya no se movieron de ahí en todo el fin de semana.

erf37360Había una chimenea de verdad con leña de verdad. Los troncos estaban apilados en el recibidor, e Inés se había pasado toda la cena preguntándose si habría pequeños animalitos escondidos en aquella pila que casi llegaba hasta el techo, animalitos que más tarde irían a asaltarles entre las sábanas. Hubo que cerrar bien la puerta antes de acostarse para no amanecer llenos de picaduras de arañas y entre cacas de ratones. A Clara le pusieron una cama supletoria muy pequeña en el salón, y a punto estuvo de pedirles que la dejaran dormir con ellos en el dormitorio. Para eso había que doblar la cama, lo que era tentar demasiado al humor de su madre, un humor que había sido espléndido cuando, al preguntarle a un amigo psicólogo, éste le dijo: «No estaría mal que llevarais a la niña a pasar el fin de semana a algún sitio que sea de su agrado»; templado veinticuatro horas más tarde, al levantarse Clara cual bella durmiente y toparse con sus padres justo en la puerta de la habitación, decidiendo si despertarla para preguntarle dónde quería que la llevaran (y ella gritó, entusiasmada: «¡A una cabaña en mitad del bosque!»), y negro dos días después, en el desvío de la carretera secundaria donde se bajaron para comprobar que lo que indicaba el cartel era nada menos que un camino de tierra. Ahora estaban en la cabaña, y miraban las vacas, e Inés, con todo el buen humor del que fue capaz, sacó al exterior sillas, una mesa plegable y un par de hamacas para hacer un patio-búnker alrededor de la puerta y poder tomar el sol tranquila, mientras Clara huía al fondo del salón, sentándose en un sillón forrado de raso beige. Observó su cuaderno de dibujo, que estaba apoyado en la pared. «Creo que es mejor que eso lo dejes en casa, cariño», le había dicho Pepe ayer, antes de salir. Clara había contestado que se lo llevaba sólo por si le apetecía pintar la cabaña, y era un deseo tan inocente y saludable que su padre no había querido contradecirla, aunque no se ahorró una mirada asesina al cuaderno; una mirada con la que fue sentenciado para siempre como monstruo. Clara había sacado el monstruo de la maleta nada más llegar y lo había colocado junto a la chimenea. Sentada en el sillón, esperaba el momento de hacerlo desaparecer mientras se esforzaba en no pensar en nada, pues a cada rato la asaltaba el recuerdo de la funesta noche, y la culpa, la culpa a pesar de su cuaderno y la mochila, y sentía que una creciente y terrible angustia se le agazapaba en el pecho, y que no podía llorar.

En su habitación tenía una postal de 1945 en blanco y negro de un paisaje de Alsacia, y secretamente había esperado despertarse en mitad de un fabuloso bosque de coníferas. Lo había esperado incluso cuando ya estaban a punto de llegar, ayer por la noche, una noche tan cerrada que era imposible distinguir las siluetas de los árboles, aunque por la ventanilla abierta se colaba un elocuente y delicioso olor a pino. Clara salió al exterior y deambuló un rato por los alrededores. Como siempre que iba al campo, llevaba su guía de Árboles y arbustos de Europa. Tenía que dejar de pensar en aquello, y se obligó a leer la definición tantas veces leída. «Pino carrasco, de hasta veinte metros de altura y de copa globosa o piramidal con hojas aciculares de color verde claro cuyo fruto son las piñas oblongo-cónicas pediculadas castaño-rojizas.»

 

Elvira NAVARRO

El invierno y la ciudad

 

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