8b5d6e1bb938a8dd0651e6e9737fdc916bae387eLa línea del paisaje se curva, amarillea, baja hasta disolverse en la distancia, y ahí estamos al fin, detenidas y resoplando bajo el cielo inmóvil. Es febrero y todavía hace frío. El aire corta la respiración, ataca los pulmones de la Poquita, que está enferma desde hace semanas.

Nunca habíamos llegado tan lejos. Tenemos los zapatos chorreando de pisotear la hierba fangosa, por evitar los caminos.

Esperamos que la Poquita nos alcance y hacemos asamblea:

–¿Desayunamos ya? –pregunta Valen.

Le tiemblan las mejillas regordetas. Valen siempre tiene hambre. Pero las demás protestamos. No es hora de comer. Si hemos parado aquí es para decidir hacia dónde continuar a partir de ahora. No hay tiempo que perder; desayunaremos más adelante, mientras caminamos. O no desayunaremos en absoluto.

Las dos opciones son: remontar la colina hasta la carretera o bajar la cuesta de la derecha tratando de encontrar el río. Decir río es quizá exagerar. La memoria nos devuelve una estría pintada de marrón que es, como mucho, arroyo. La memoria tampoco nos define su lugar exacto. Hace años que nadie pasa por aquí.

–Yo iría a la carretera. Luego hacemos autostop y hasta donde nos dejen.

Osada cuando habla y cobarde cuando actúa, Marina no nos convence. Me elevo:

–¿Autostop? ¿Estás loca? Nos llevarían de vuelta al instante.

–El río es más seguro –dice Cristi.

–¡Pero si no sabemos dónde está! –dice Marina.

Cristi se encoge de hombros. Valen insiste, llevándose la mano a la mochila:

–Podemos comer algo mientras pensamos.

–¿Qué dices tú, Poquita? –le pregunto.

Levanta la cabeza. Sus ojos legañosos bizquean. Tiene los cristales de las gafas empañados. Tose de nuevo; tose y bizquea sin parar. Moquea. Está llena de humedades la Poquita. Yo ni siquiera espero a que responda. Hablo por ella:

–A la Poquita le da igual lo que hagamos, siempre que hagamos algo pronto. Estar aquí paradas con este frío va a terminar de matarla.

–Creo que comer le sentaría bien –dice Valen.

–Calla, gorda grasienta –dice Cristi.

Se pelean. Primero con insultos, luego se echan sobre la tierra mojada a revolcarse, teatralmente, como sin ganas. Marina las jalea; no se sabe bien de qué parte se pone. La Poquita y yo esperamos; ella sin pensar en nada y yo tratando de pensar en todo.

De nada vale. Los veo llegar en el todoterreno, por el estrecho camino polvoriento. Vienen hacia nosotras y nosotras estamos ahí, detenidas, tan detenidas como el tiempo. Mi vanidad se siente espoleada: pensar en una bronca de la Culo o en un castigo del Director hace que me sienta mejor.

Una perdiz piñonea a los lejos. Valen y Cristi se levantan, se sacuden la ropa, me miran a los ojos. Ninguna dice nada, pero sé que me culpan.

 

Sara MESA, Cuatro por cuatro

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