Un corazón es para gastarlo.
Stephen Dunn

Podría sucederle a todo el mundo.

Comer una ensalada equivocando

la dosis de confianza en la otra dosis

(insecticida, desinfectante o al contrario

la del agua corriente que se los lleva), que

te traicione un diminuto hueso

de pollo al masticar, el jamón, su gelatina

difícil de arrancar de la garganta

que se cierra, el inocente pez,

su inofensiva espina, la seta mal seleccionada,

la mayonesa que te sirve Saturnino un día

tranquilo de verano, la lata deformada

de judías, un pez globo cortado

defectuosamente, un poco

de vidrio (tanta urgencia) de ese plato

que se rompió y guardaste, el repentino

descubrimiento de una alergia nueva,

o al fin la lenta,

sencilla acumulación de los metales

del atún, los aditivos, el E-250,

el aire reciclado, las continuas

dosis de muerte que algún día

nos pararán el corazón.

 

aquetación 1

 

De Mantener la cadena del frío, de Andrés Catalán y Ben Clark

 

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