Ben Clark, el escritor con el que inauguramos esta noche el nuevo curso del Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y Galán», pertenece a una generación que no conoció a Franco, ni la Transición, ni el 23F, ni a Naranjito, que nació cuando nuestro país estaba a punto de convertirse en europeo y de lanzarse optimista hacia la gloria de las olimpiadas y la Expo’92, y que comenzó a tomar, quizá, conciencia de la realidad en los años del «España va bien», el preludio de la era en la que José María Aznar estuvo a punto de convertirnos en toda una potencia planetaria. La quinta de Ben Clark llegó a este mundo cuando, al parecer, habíamos alcanzado el final de los tiempos, cuando todos nuestros problemas estaban solucionados, y eso hacía que –según algunos– nadasen en la abundancia, que viviesen sin preocupaciones, sin carencias, sin sufrimiento, unas circunstancias más que discutibles y, en cualquier caso, no elegidas por ellos, pero que, a pesar de todo, les echaban en cara una y otra vez en tono de reproche.

Esto explica en buena medida el título y el tono del primer libro de poemas del autor, Los hijos de los hijos de la ira –ganador del premio Hiperión, el primero de una larga lista de galardones prestigiosos-, en el que, haciéndose portavoz de su generación, afirma, refiriéndose sin duda a esos reproches, a esas rencorosas ganas de amargarles la existencia, que «debíamos vivir y dar las gracias» o que «para poder vivir, nos exigieron / abandonar las ganas de estar vivos», un tema que se repite en unos versos plagados de nosotros que a ratos me recuerdan, por el tono, a medio camino entre la ironía y la protesta, al de nuestros víctor, Víctor Peña y Víctor Martín Iglesias, compañeros de generación de Ben Clark e integrantes de lo que Álvaro Valverde dio en llamar hace unos años la plaga lírica placentina.

ben_clark_655o

Esta voz que podríamos llamar generacional se mantiene en varios de sus libros posteriores. Así, podemos escucharla en el «Omenage a la geografía» de Memoría, en los poemas «24 Hour Party People» o «Piso de estudiantes» del libro Mantener la cadena de frío –escrito a medias con Andrés Catalán–, o en «El embajador» de La Fiera, y alcanza incluso su penúltima entrega, Los últimos perros de Shackleton, que incluye dos poemas, «Desde la isla sin trenes» e «Isla elefante», que, partiendo de la realidad biográfica, singular, del poeta –ambos comienzan con los mismos dos versos, «Nací al nivel del mar y fui educado / en una escuela pública», que ya son toda una declaración de principios–, enseguida se decantan por lo plural, lo colectivo, y aunque el primero de ellos pueda parecer más limitado y anecdótico, circunscrito a la realidad de los nacidos en Ibiza, una isla sin trenes, en el segundo, más rotundo en este aspecto, afirma, refiriéndose a su educación, a su infancia, que «allí se procuraba que entendiéramos / que cualquier dirección para nosotros / sería cuesta arriba», y concluye que su historia, la de su generación, es «el testimonio oscuro de jóvenes que nunca / llegaron a albergar una esperanza».

Al llegar a este punto, mientras preparaba esta presentación, me quedé de repente bloqueado, pues me entró la duda de si al presentar a Ben Clark como la voz de una generación, la que quedaba más o menos al medio de la de los llamados millenials y la mía, no estaría haciéndole de menos, si no estaría dando a entender que lo que le caracterizaría, como poeta, vendría a ser la ausencia de una personalidad propia, la de encarnar sin disonancias la voz de todo un grupo, la de ser una especie de Zelig de los nacidos en torno al año 85, cuando nada más lejos de mi intención y de la realidad, pero enseguida me di cuenta de que se trataba, más bien, de lo contrario, de que lo que define a alguien, como Ben Clark, capaz de convertirse en altavoz de toda una generación es, precisamente, el estar dotado de una fuerte voz propia, de una primera persona del singular lo suficientemente potente como para que muchos se sientan identificados con sus palabras, como para convertir su voz en la de todos esos muchos.

¿Y cuáles serían las características de esa potente voz propia, de la imponente singularidad de Ben Clark? Yo diría que claridad, vehemencia, distancia crítica, ironía, dominio de los metros clásicos –que es capaz de trenzar con agilidad y frescura, haciéndolos sonar indiscutiblemente modernos– y una enorme capacidad para construir metáforas, no tanto metáforas a pie de verso como grandes metáforas, libros enteros que se convierten en metáfora, como Los últimos perros de Shackleton respecto a las vicisitudes del amor o La policía celeste, su última entrega, que, además de sobre el amor, trata también sobre la pérdida, aunque me temo que me estoy acelerando y adelantando acontecimientos, con lo que será mejor volver atrás, a las marcas generacionales, y destacar, en sus poemas, ese cierto tono de reivindicación y de denuncia del que antes hablaba y que no se limita al trato injusto recibido de sus mayores ni a su primer libro, Los hijos de los hijos de la ira, sino que protagoniza otro de sus primeros libros, el titulado Basura, en versos como «yo no sabía entonces -no explicaron- / que pronto embargarían cada cuenta, / que sólo los residuos eran nuestros», del poema «Quiero que me devuelvan mi basura», en los que se vislumbran de fondo la crisis económica y la creciente desigualdad social, y que persiste incluso en poemas de libros más recientes, como «Soylent Green is people!», de Mantener la cadena de frío, o «Revolución», que, después de sucesivas reescrituras, acabó apareciendo en Los últimos perros de Shackleton.

Pero, más allá de denuncias o de generaciones, quizá el gran tema en la poesía de Ben Clark sea el amor, yo diría que con mayúsculas, incluyendo, además del amor de pareja (al que dedica poemas tan extraordinarios como «Mantener la cadena de frío», «Quizá» o «Los últimos perros de Shackleton»), la amistad (y mencionaría «Traduciendo “The Sun Used to Shine”»), la fraternidad (por ejemplo en «La fiesta»), el amor de los padres (asunto de fondo de «Mi hijo, el poeta») e, incluso, el amor hacia los hijos, en un escritor que ha renunciado expresamente a tenerlos pero que, en su afán de exploración, no duda en dedicarle un poema a «La hija que no ha nacido». Esta «búsqueda constante de amor» es, como ha afirmado, la que más le interesa, «indagar –según sus propias palabras– en lo que nos hace bondadosos, en el sentido más amplio, y en aquello que nos hace tener empatía hacia los demás». Por eso, porque le interesa, no se cansa de abordarlo, pero quizá también porque, como afirma en el poema «La fascinación de lo difícil», de Los últimos perros de Shackleton, «de amor he escrito mucho y de amor sé / poco, por no decirte casi nada», y porque puede que lo que de verdad le importe en todo este asunto –el de la poesía, el de la vida, si es que una cosa y otra pueden separarse– sea la búsqueda en sí, la búsqueda sin más, una búsqueda que parte de la propia escritura del poema y que le puede llevar a dar vueltas en torno al amor, pero también a indagar, como en La Fiera, sobre el lugar que ocupan los impulsos más primitivos, libérrimos y salvajes en una sociedad encorsetada como la nuestra, o a reflexionar sobre la propia condición humana en versos como éstos del poema «50», de Memoría, en los que afirma que «el hombre ya no ocupa ningún centro. / El hombre no es el centro de su vida. / Ni tampoco es el centro de su muerte», lo que da buena muestra de esa sabiduría y esa objetividad que destacó el jurado al conceder a La policía celeste el prestigioso premio Loewe, señalándolo como «libro de madurez de una persona que todavía es joven» y calificándolo de sencillo y muy transparente, una sencillez, una transparencia que caracterizan a un escritor, como Ben Clark, cuya intención ha sido siempre, según ha manifestado, «alejarse del hermetismo sin renunciar al misterio», capaz de cargar de sentido, y de significados, a las palabras más cotidianas, capaz de hacer que todos nos reconozcamos en un poema según él tan trivial como «El horno», capaz, en definitiva, de romper las barreras de las generaciones y de convertirse, sin artificios, sin imposturas, sin trampa ni cartón, en un poeta de todos, en todo un poeta.

 

Juan Ramón Santos

Anuncios