1421240086_125087_1421240747_noticia_normalAvanzada la novela, el narrador de Lo que a nadie le importa declara: “No recreo una época, sino que la creo desde la nada. Estas supuestas memorias familiares son lo más fabuloso y ficticio que he escrito nunca”. En realidad lo que difunde esa declaración es la intención de sustraerse de la sociología, por no decir costumbrismo, que podría contagiar la novela, una protesta anticipada ante el apremio de que pueda ser leída con la rémora de una crónica familiar, sin atender a su indagación, a su potencia literaria. Sergio del Molino se previene también así del peligro de ensimismamiento en lo privado, pero hay que decir que no sólo lo soslaya, sino que confiere a su relato un tratamiento infrecuente del padecimiento de la historia.

Todo lleva a considerar que esta novela se desglosa de su libro anterior, La hora violeta, o en todo caso ha propiciado un nuevo recorrido con un proceder similar de exploración de la materia que conforma la autobiografía. Aquí se trata de averiguar qué hay detrás de una frase ciertamente brutal, aunque de espléndida retórica, que el octogenario José Molina, rodeado de familiares, a punto de morir, dirige a su mujer: “Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos”. Esa invectiva, tan sorprendente en un hombre ordinariamente callado, trastorna al nieto de tal modo que el autor llega a confesar: “Toda mi literatura se expande a partir de ese instante primordial”.

Francisco Solano

Babelia, 14 de enero de 2015

 

(Puedes leer la reseña completa en Babelia.)

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